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Por cauces y laderas

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POR CAUCES Y LADERAS
Por cauces y laderas

Uno ha escrito ya demasiadas cuartillas en torno a las motivaciones que para el aficionado puede entrañar la pesca de la trucha, esa pesca tan concurrida y entrañable. El pescador de truchas, en las atardecidas del verano y en las frías amanecidas de marzo, no es un escultor de grandes obras, sino un minucioso creador de atractivas y bellas imitaciones. Es lo suyo, ir sabiendo recoger de la naturaleza con detalle y minuciosidad, recogerle al “campo” un fruto que hay que saber ir entresacando sin excesiva paz y sin excesiva violencia

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POR CAUCES Y LADERAS
Por cauces y laderas

Pocas formas de caza existen tan deportivas y tan primitivas como la caza de la liebre con galgos. Sin embargo, sobre el pecho de atleta de estos animales brilla una medalla, cuyo revés es el fango, ¡si el fango!. Porque la velocidad que lo lleva en volandas a la gloria, lo arrastra cuando le falta, cuando no puede, cuando no corre, a una ciénaga de olvido o al áspero abrazo de esparto de una soga al cuello.

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POR CAUCES Y LADERAS
Por cauces y laderas

A estas alturas nadie discute ya que la brava perdiz que siempre pobló páramos y montes esté en franca regresión y que entre muchas de las causas de esta alarmante disminución es el deterioro del hábitat y las malditas sequías. Parece evidente entonces, que si en un terreno donde no pueden vivir unos pájaros nacidos y criados en él, soltamos unos de granja, su supervivencia será un milagro, pero lo que es seguro es que se habrá perjudicado a las autóctonas.

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