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Por cauces y laderas

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POR CAUCES Y LADERAS
Por cauces y laderas

No son pocos los “cotos” que, ante el alarmante y frustrante merma de las demás especies menores, como la liebre y la perdiz, mayormente, han optado por volver a cazas a este pequeño “rabón”, ya que no podemos dejar de lado el hecho de que el conejo es un animal muy prolífico y por tal origina una gran abundancia en aquellos lugares en los que la terrible “peste” los respeta.

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Si miras desde arriba, puedes ver como la parte del “tocón” que sobresale del agua, se mueve, ¿lo has visto? Tres o cuatro veces he intentado pescarla varios días, pero resulta, muy difícil, la cueva debe de estar cerca de los dos metros de profundidad, y resulta complicado colocar el cebo de forma natural, ya que la corriente lo arrastra casi de inmediato hacia el pozo.

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'Lady Marian' una ninfa de ensueño.

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Por cauces y laderas

Y ahora, acaso sin el menor atisbo de primavera aún, tira mi cuerpo y mi pensamiento hacia el río, hacia unos ríos determinados, hacia las truchas que me esperan en ellos. Y es como si de pronto todo cuanto a la caza atañe se me distrajera, se me quedara ausente, o al menos distante, y cobrara especial realidad y relieve este agua de los ríos trucheros, este pez, y también todos esos “aparejos y demás” que habían quedado en casa olvidados en un rincón del viejo armario.

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Hablar de la situación actual y poblacional de la becada, no ya sólo en nuestra comunidad, sino en toda su área de distribución, es algo sumamente complejo dadas las características de la especie. Si tenemos en cuenta que su área de distribución es muy amplia y que se encuentra directamente relacionada con las condiciones climatológicas, rápidamente nos haremos una idea de la dificultad de observar a estas aves en sus migraciones otoñales.

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Los aficionados de hace unas décadas solían llevar al campo ropa usada y calzarse con unas botas de lona con suelo de goma “las Barreiros”, a las cuales se les daba grasa para que no se calaran con el rocío de los amaneceres pero tan sólo se conseguía retrasar la mojadura. No faltaba en su atuendo la gorra y el inolvidable morral en el que iban la comida, la bota de vino, cuerdas, navaja y papel para encender fuego.

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El cazador moderno, el cazador del nuevo siglo, ya no concibe la caza como un medio de vida. Pasaron los tiempos en los que en muchas zonas de nuestra península, de nuestra comunidad y de nuestra provincia, la abundancia de especies, sobre todo de caza menor hacía pensar a un gran número de cazadores que aquello era una fuente de recursos inagotables. Nada más incierto; en el medio rural las modernas prácticas agrícolas, al evolucionar hacia una producción más competitiva, han envenenado nuestros campos.

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A últimos del mes de junio y primeros de julio, podremos ir haciendo las primeras estimaciones de cómo ha ido el año en lo referente a la cría de la perdiz. Una señal positiva será el observar las polladas con buen número de perdigones. Si hacemos un seguimiento y control, veremos cómo “actúa” la ley de la naturaleza; el número de pollos del bando va disminuyendo por factores naturales tales como predadores aéreos y terrestres, o por falta de alimento en los primeros días de vida.

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Existen pocas cosas más gratificantes que enseñar a alguien a pescar. Lograr transmitir nuestra afición en alguno de nuestros hijos produce una inmensa satisfacción, porque yo lo he conseguido. Considero que tal vez no fue difícil, ya que a la facultad de saber pescar, hay que añadir otra tal vez más importante; la docencia, saber enseñar lo que uno sabe y esto con infinita paciencia.

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Uno ha escrito ya demasiadas cuartillas en torno a las motivaciones que para el aficionado puede entrañar la pesca de la trucha, esa pesca tan concurrida y entrañable. El pescador de truchas, en las atardecidas del verano y en las frías amanecidas de marzo, no es un escultor de grandes obras, sino un minucioso creador de atractivas y bellas imitaciones. Es lo suyo, ir sabiendo recoger de la naturaleza con detalle y minuciosidad, recogerle al “campo” un fruto que hay que saber ir entresacando sin excesiva paz y sin excesiva violencia

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Pocas formas de caza existen tan deportivas y tan primitivas como la caza de la liebre con galgos. Sin embargo, sobre el pecho de atleta de estos animales brilla una medalla, cuyo revés es el fango, ¡si el fango!. Porque la velocidad que lo lleva en volandas a la gloria, lo arrastra cuando le falta, cuando no puede, cuando no corre, a una ciénaga de olvido o al áspero abrazo de esparto de una soga al cuello.

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El Grito de ¡ahí va la liebre! resuena jornada tras jornada en esta temporada de caza, que, en este mes de enero, dará los últimos coletazos en nuestra comunidad. Miles y miles de cazadores se han decantado por una forma de caza, en la que el hombre pierde parte de su protagonismo venatorio en favor de sus perros, esos galgos de figura alargada, más musculosa, línea aerodinámica, que componen en los campos la viva imagen de la velocidad.

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Parece como si quisiéramos deshacernos de nuestras tradicionales creencias y devociones, para sustituirlas por otros cultos más “paganos” que resulten menos comprometedores y sea más fáciles de llevar, para nuestros intereses y del mundo de la caza en la actualidad. No insistiré en reclamar el patronazgo de los cazadores para San Eustaquio, porque entre otras cosas está plenamente probado que la leyenda de San Huerto, famoso obispo de Maastricht; fallecido en el 727, y proclamado como patrón de los cazadores por casi todas las sociedades de caza en la actualidad, es un “plagio popular” de nuestro patrono San Eustaquio.

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Es la hora de espiar a la naturaleza, compartir con los corzos momentos inolvidables, de fundirse con nuestros propios pensamientos, de cumplir, en suma, con el legado de nuestros ancestros. Cualquier ungulado cinegético, por raro que nos pueda parecer, puede capturarse a rececho. Bien es cierto que no todas las especies presentan la misma dificultad. De entre todos ellos quizá sea el corzo uno de los más difíciles por su entorno vital, el bosque, por lo impredecible de sus costumbres y por la grandeza de sus sentidos.

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A estas alturas nadie discute ya que la brava perdiz que siempre pobló páramos y montes esté en franca regresión y que entre muchas de las causas de esta alarmante disminución es el deterioro del hábitat y las malditas sequías. Parece evidente entonces, que si en un terreno donde no pueden vivir unos pájaros nacidos y criados en él, soltamos unos de granja, su supervivencia será un milagro, pero lo que es seguro es que se habrá perjudicado a las autóctonas.