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LAPUNTADELDICHOSO

El arma más poderosa del mundo

mariposa
Actualizado 17/03/2017 13:51:17
Redacción

"El amor es la fuerza más humilde, pero la más poderosa de que dispone el ser humano" Mahatma Gandhi

MÁXIMO HERMANO

Érase una vez un lejano bosque en el que vivía un orgulloso y temible gigante. Era el dueño del lugar desde hacía tantos años que ya nadie recordaba aquellos tiempos felices en los que sus habitantes corrían y jugaban libres de las férreas normas del coloso.

Entre los muchos animales que habitaban el bosque, destacaba una diminuta mariposa que vivía dentro de un grandioso ciprés, de cuyas hojas emanaban misteriosos destellos de luz fulgurante. Volaba en silencio, de flor en flor, pintando el bosque de fantásticos colores.

- ¡¡¡Pom, Pom, Pom!!!

Un día, cuando el aterrador ruido de las pisadas del gigante retumbó entre los árboles, todos los animales del bosque huyeron despavoridos a esconderse lo más lejos posible. Todos menos la valiente mariposa, que se quedó revoloteando suavemente a su alrededor.

El gigante no entendió el proceder de la mariposa, igual que la roca no comprende a la brisa. Le enfadó tanto el hecho de que no le tuviera miedo, como su aspecto alegre y sus delicados modales. Intentó espantarla agitando sus monstruosos brazos, una y otra vez, sin conseguirlo. Impaciente, cogió del suelo una gran piedra, tomó impulso y, con toda su fuerza, la lanzó contra la mariposa, que la esquivó con facilidad.

Sin embargo, el gigante había puesto tanta furia en su intento por golpear a la mariposa que, al fallar, perdió el equilibrio y fue trastabillando torpemente hasta caer en una ciénaga repleta de lodo.

- ¡Plof!

Lleno de rabia, se puso en pie con dificultad. Había quedado enfangado casi hasta el pecho. Sus gritos de rencor se oyeron en todos los confines del bosque. De repente, el barro se fraguó, dejándolo atrapado. El gigante se quejaba amargamente de su desgracia, pero cuanto más se quejaba, más se endurecía el barro que lastraba sus enormes pies.

La mariposa acudió a socorrerlo. Se posó sobre una gran hoja al borde del pantano y estudió la situación con paciencia. Pensó en pedir ayuda al resto de los animales del bosque, pero todos habían huido. ¿Cómo conseguiría sacarlo del barro? Sus delicadas alas no tenían la fuerza necesaria para poder ayudarlo.

Tras varias horas de inútiles lamentos, el gigante por fin se rindió a la evidencia y aceptó que nunca podría salir de allí. En su rostro, se dibujó una mirada de profunda tristeza.

En ese instante, la compasión nació en el corazón de la mariposa y comenzó a llorar. Sus lágrimas formaron un mar de ternura y desbordaron la hoja donde se hallaba posada, derramándose a los pies del gigante. El lodo comenzó a ablandarse ligeramente. El gigante recuperó la esperanza y, mirando hacia donde se encontraba la mariposa, le dijo simplemente:

- Gracias.

El barro se derritió como se derrite el hielo a la luz del sol y, en pocos segundos, el gigante pudo liberar sus pies y salir del agua pestilente. Cuentan que, desde ese día, el gigante pasó de ser el dueño a ser el sirviente del bosque y de todos sus habitantes, a los que, a partir de entonces, trató siempre con respeto y cariño.

Pocas semanas después, cuando ya todo el bosque brillaba con vivos colores, la mariposa murió. El gigante cogió con delicadeza su pequeño cuerpo entre sus manos y entró en el ciprés para que reposara para siempre. No pudo evitar que la emoción lo embargara ante el maravilloso espectáculo que contemplaba.

En la pared interna del árbol, escrita con polvo dorado, desprendido de las alas de la mariposa durante las semanas que había vivido en su interior, podía leerse la siguiente frase:

“Cuando todos nos hayamos ido, cuando ya no existan ni los árboles, ni los animales, ni tan siquiera la luna y el sol; solo quedará el amor que hayamos dado”.

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