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POR CAUCES Y LADERAS

La caza escrita

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FOTO Tello Antolín
Actualizado 20/03/2017 11:24:01
Redacción

"La caza es material literario de grandeza"

TELLO ANTOLÍN

Voy a escribir una columna sobre caza sin llenarla de amaneceres fragantes, del ruidoso y seco vuelo de las perdices o de la salvaje arrancada del jabalí. Quiero evitar que el folio se manche de sangre y el bolígrafo de las plumas que guarda el anecdotario real o ficticio de cualquier cazador. Por eso voy a hablar de una modalidad cinegética que a diferencia del resto, tiene una enorme ventaja de que se puede practicar en plena ciudad, sin licencia y en tiempo de veda: (La caza escrita).

Los practicantes de la caza escrita leemos las revistas de caza a sabiendas de que no son más que un placebo de la afición que nos tiene agarrados por el estómago; buscamos en ellas un revuelo de recuerdos que nos lleve de la mano a una vega repleta de codornices o a los perdidos de un páramo, donde encama la liebre y descansan las perdices; y también un manejo de indicios de abundancia o de recuperación para la temporada venidera.

La caza escrita nos permite el lujo de hacer, a lomos de una revista, un viaje en el tiempo, hacia atrás y hacia adelante a la temperatura que pasó y a la que anda en ciernes, en un vaivén como de columpio en movimiento, los cazadores tenemos mucho de chavales en un parque. Por eso, al acabar la temporada nos fijamos más en las fotografías de los días que quedaron atrás, aun a sabiendas del pequeño brote de “envidia” que nos provocará” la henchida percha de perdices cimbreando una cintura ajena.

Y a últimos de Abril, andaremos tras las flechas que marcan sobre los mapas los movimientos migratorios de codornices y tórtolas, metidos de rondón a investigar, esperando que los expertos nos regalen nuestra imaginación visionaria con sus augurios de profeta.

En La caza escrita que se practica en las revistas y en los libros sobre caza abunda la buena pluma; Delibes, Ortega y Gasset, Foxa…etc.; porque la caza es material literario de grandeza. En ningún otro ejercicio, se manejan como en este, engranajes poéticos de primavera, palabras como, vida, muerte, sangre, huida, miedo, amistad, son andamiaje sobrado para llenar columnas y artículos con un caudal metafórico impagable.

Por si fuera poco, la caza tiene “ad lateres” de lujo, como el banquillo de los grandes equipos de futbol y cuando queremos dar descanso a los titulares, no tenemos más que sacar a la cancha, el café de madrugada, el trago de aguardiente y la bota a media mañana, o la partida de mus después de comer.

A la caza escrita se puede ir a leer o a escribir. Yo escribo de caza cuando no puedo ir al monte, y por otro lado, cuando estoy en los páramos o en las pendientes laderas, sé que al coronar un cerro estoy pergeñando un cuento, al seguir la guía serpenteante de mi perra entre las aulagas estoy ligando versos y que aguantar la tensa y temblorosa muestra es una metáfora de vida o muerte. Escribir y cazar, cazar y escribir, otra vez en el columpio de tiempo y espacio, el monte y el papel en blanco. A mí, esta versión de la caza, me ha llenado de satisfacciones inolvidables, tanto cuando ojeo “escribo”, como cuando voy de espera “leo”.

En fin: Me gusta practicar la caza escrita y a descubrir la madre selva literaria que rodea a la escopeta y a la canana, el jazmín de palabras, que da a la caza flores blancas como folios. Por eso, ojeamos las librerías tras los cazadores de pluma y damos, mes a mes una mano por los quioscos buscando el alivio de colgarnos un par de perdices aunque sea y sobre todo, si es, en tiempo de veda.

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