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LAPUNTADELDICHOSO

Ayelén (I)

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Actualizado 29/03/2017 12:33:11
Redacción

"En vano se echa la red ante los ojos de los que tienen alas" Gabriela Mistral

Érase una vez una doncella, llamada Ayelén, que vivía en un lejano reino, en compañía de Pali, su perrita. El reino se hallaba en una pequeña isla, ocupada casi en su totalidad por una vasta llanura, que acababa en escarpados acantilados hacia el mar infinito.

Era la última criatura de una asombrosa especie, pues, en vez de brazos, había nacido con dos toscas aletas de pez. Pese a ello, la muchacha nunca había aprendido a nadar. La razón era que, desde hacía mucho tiempo, todos los habitantes de su reino, excepto Inara, una anciana adivina, vivían en la meseta, alejados del mar.

Existía una ley dictada por el rey, para proteger a sus súbditos, por la cual en todas las familias, las mujeres, al casarse, se cortaban el pelo y comenzaban a tejer una red con su propio cabello. Era el único entretenimiento de las esposas de la isla.

Cuando acababan su red, cada familia la entrelazaba con la red de la familia vecina y juntas las colocaban al final de la meseta, creando entre todas una malla enorme que ya casi ocupaba la totalidad de la isla. El rey decía que, de este modo, nadie podría despeñarse por el acantilado y ahogarse en el mar.

Aunque las cosas no siempre fueron así. Inara, que vivía a solas entre las rocas de la playa, contaba a quien quisiera escucharle que, en tiempos inmemoriales, las esposas no tejían redes, sino que ocupaban sus momentos de descanso leyendo el Libro de Tawahé.

Sin embargo, hacía ya muchos años que el libro sagrado había dejado de ser leído y, poco después, había desaparecido sin dejar rastro.

Una mañana, mientras Ayelén paseaba con Pali por el bosque, de repente se cruzó en su camino un ratoncillo; inmediatamente, la perrita empezó a perseguirlo y se perdió entre unos arbustos que se encontraban en la base de una majestuosa Araucaria. Entonces, la muchacha, sin dudarlo, se introdujo entre los mismos en su busca.

A los pocos metros de avanzar por la espesura, el follaje se volvió tan denso que la luz del sol apenas traspasaba hasta sus hombros. Aunque sentía miedo, siguió avanzando con decisión en la penumbra.

Minutos después, cuando ya pensaba que todo estaba perdido, desembocó súbitamente en un claro del bosque cuyo suelo estaba totalmente tapado por las hojas, señal de que nadie había pisado esa tierra desde hacía mucho tiempo.

Pali se había detenido al fondo del claro, donde se levantaba una gigantesca roca tapizada de musgo. A la altura de la cintura de Ayelén, excavado en la piedra, resaltaba un humilde altar en el que descansaba un viejo libro cubierto de polvo.

La joven, conteniendo la respiración, se acercó lentamente y, alargando despacio su gruesa aleta, limpió con dulzura la cubierta de cuero oscuro. En ese instante, emergió un resplandeciente círculo amarillo cortado en cuatro partes iguales por dos rayas verdes perpendiculares; de cada porción, nació un precioso dibujo de un rojo intenso: dos estrellas de siete puntas y dos soles. Ayelén notó como su alma se sobrecogía.

Continuará…

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