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CRITICA DE CINE

El Bar

Alex_de_la_iglesia_El_Bar
Actualizado 17/04/2017 10:39:32
Redacción

Una obra menor de Alex de la Iglesia

Al bilbaíno Alex de la Iglesia le he seguido con interés: su primer largometraje Acción mutante (1993) me pareció una bocanada de aire fresco en el cine español. Aquel era un cine transgresor y un tanto provocador al que había que darle la bienvenida. Esta misma impresión volví a reconocer en sus posteriores El día de la bestia (1983) y Perlita Durango (1987). Incluso desde su Mirindas Asesinas (1991), corto que ganó la Muestra Internacional de Cine de Palencia, ya me había sorprendido con ese tipo de humor nada convencional con que construía sus historias muy violentas.

Con el paso de los tiempos De la Iglesia se ha venido convirtiendo en un realizador más convencional, menos catastrófico, más acomodaticio y en el que El bar marca el siguiente peldaño en la trayectoria descendiente del bilbaíno. La película no es graciosa, pero sí grotesca en su intención de serlo.

Arranca de forma brillante, con una propuesta que como espectador piensas que vas a disfrutar. Lástima que transcurrido un primer tercio de la película, tan enérgico como provocador, el caos fagocite casi todo el resto de la cinta. Y el caso es que a la falta de originalidad de la premisa se le suma un guion que se toma libertades narrativas con el fin de mantener la tensión a la par que los elementos grotescos.

Desde el punto de vista técnico, estamos ante un thriller coral irreprochable, pero cojo en el perfil de los personajes en una historia que comienza a las nueve de la mañana de un día cualquiera, donde un grupo de personas absolutamente heterogéneo desayuna en un bar en el centro de Madrid. Uno de ellos tiene prisa: al salir por la puerta, recibe un disparo en la cabeza. Nadie se atreve a socorrerle. Están atrapados.

Y el caso es que ver la película, como sucede con todo lo excesivo, resulta extenuante. Y es que hasta el buen plantel de actores y actrices que lo pueblan se ven incapaces para elevar siquiera un poco el anodino y disparatado nivel por el que De la Iglesia —con su guionista habitual, Jorge Gerricaecheverría— tratan de hacernos ver que un grupo de personas, incluso anodinas, en situaciones límite son capaces de afrontar cualquier actitud salvaje solo por sobrevivir.

Sigo prefiriendo aquel Alex de la Iglesia del principio, menos diestro con los aspectos más técnicos de su cine que éste de estos últimos tiempos donde los conocimientos adquiridos no son capaces de volver a crear un cine como aquel, transgresor y provocador, el de aquel realizador debutante y prometedor que nos hizo subir en una muy fría noche de noviembre de 1992 hasta los pies de nuestro Cristo del Otero y con una cámara de cine de plástico que había comprado en una tienda de esas de las cien pesetas nos hizo repetir una escena ficticia para regocijo de todos.

Hasta la próxima, Alex.

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