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LAPUNTADELDICHOSO

Ayelén (II)

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Actualizado 19/04/2017 13:35:26
Redacción

"En vano se echa la red ante los ojos de los que no tienen alas"

Para desgracia de la joven, sus aletas de pez no le permitían abrir la gruesa portada del libro, lo que le produjo una enorme tristeza. A diferencia del resto de muchachas de la isla, que disfrutaban de lindos y finos brazos, ella poseía unas inútiles y feas aletas con las que ni tan siquiera podía nadar. ¡Qué desdichada se sentía!

Sobreponiéndose a la pena, pensó en la manera de acceder a los tesoros que, a buen seguro, contenía el misterioso libro. Pediría ayuda a alguien; eso es lo que haría. Cogió a Pali en su regazo y emprendió el regreso hacia la salida del bosque.

Durante el camino de vuelta, fue pensando a quién podía confiarle su descubrimiento. Cuando hubo regresado a la llanura, lo tenía decidido: iría al encuentro de la vieja adivina. Seguro que ella podría ayudarla.

Ayelén se dirigió sin descansar ni un segundo hacia uno de los pocos lugares de la isla que aún no estaban cerrados por la gran malla y descendió de modo resuelto hacia la playa.

Durante horas, estuvo buscando sin éxito a la maga entre las rocas, hasta que el cansancio se apoderó de su cuerpo y se durmió tendida sobre la arena. Al despertar, Inara se hallaba sentada frente a ella. La anciana poseía una preciosa melena larga y blanca que arrullaba su rostro moreno en el que destacaban dos grandes y brillantes ojos negros. Su mirada estaba llena de vida. No fue necesario decirle nada; era como si hubiera estado esperándola toda la eternidad.

La muchacha se puso en pie y juntas se dirigieron de nuevo hacia el bosque. Curiosamente, Inara iba delante. No parecía necesitar las instrucciones de Ayelén. Cuando estuvieron de nuevo frente al libro, la muchacha se sintió paralizada por la emoción. La anciana tomó el Libro de Tawahé entre sus manos y fue pasando hoja tras hoja durante unos minutos que a la joven le parecieron siglos.

Al fin, se detuvo y, con la profundidad silenciosa de su mirada, invitó a la muchacha a observar la página elegida.

La cuartilla escogida por la maga estaba decorada con una maravillosa florecilla de fino tallo y vaporosos pétalos morados, entre los cuales refulgían unos estambres de un color amarillo intenso y exuberante. En ella, aparecía escrita la siguiente oración:

“En vano se echa la red ante los ojos de los que tienen alas”

Ayelén dudó:

¿Y si se equivocaba?

¿Qué esperaba la anciana que hiciera?

¿Cómo podría pasar la página con su torpe aleta de pez?

En ese preciso instante, se armó de valor y acercó su aleta hacia el libro sagrado, justo en el lugar indicado por Inara. Al posarla sobre él, la aleta se fue tiñendo de un resplandeciente color dorado, que se extendió de manera repentina también a la otra. Ambas extremidades comenzaron entonces a hacerse más y más ligeras, hasta convertirse en dos largas alas.

Entonces, Ayelén levantó su vista hacia el cielo y comenzó a volar.

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