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POR CAUCES Y LADERAS

El río de la vida

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Trucha prendida con una "Lady Marian"
Actualizado 06/06/2017 19:56:39
Por cauces y laderas

"El río entonces, asume más que nunca su condición de santuario. Son instantes de magia"

En 1992, Robert Redford dirigió “El río de la Vida”, una película con un protagonista indiscutible, y no estoy hablando del guapo Brat Pitt, sino del “Big Black Foot River” de Montana, en Estados Unidos, que con su espinazo de agua y espuma vertebra toda la trama, y soporta 120 kms. de aguas transparentes de sus pozos, corrientes y tablas, todo el peso del largometraje. Casi lo de menos es lo que ocurre en el argumento, todo lo puede el paisaje brutal y limpio que enmarca el vaivén en arco de la cola de rata, que se ondula sobre la superficie del agua con las idas y venidas de un baile de apareamiento.

Los que no manejamos el “arte de la mosca seca” no pudimos dejar de sentir una envidia “insana”; la envidia sana no existe, que por eso se llama admiración, viendo al rubio de Brat Pitt manejar la caña como si tensara las cuerdas de un violín. Esa armonía de formas nos falta a los que pescamos truchas con anzuelos cubiertos de brillos y plumas, o con lavas mártires y, al menos en lo que a mí me toca cuando les veo bailar sobre el agua el engaño de un anzuelo camuflado, siento el mismo velado rencor con el que miro un bailarín en la apoteosis de la función a o un torero sacado a hombros por la puerta grande.

No se me asusten los pescadores de cebo y chapas ondulantes, yo soy uno de ellos, no van en su crítica mis halagos a los que dominan la destreza de hacer bailar una falsa mosca engallada. Lo que ocurre, es que yo imagino que de pescar una trucha con cola de rata, a hacerlo con ninfa o cucharilla, debe de haber la misma insoldable distancia que existe entre los besos robados y los que nos dan de balde. Algo así, no sé si me explico.

Pescar con mosca seca tiene una puesta en escena muy hipnótica, cuando les veo manejar la caña parece que cimbrean con ella el río, y les miro con la misma fijeza atónita con la que observo los ejercicios de los que practican el “Taichí”, ensimismados en un ritual de una ceremonia milenaria, parando en seco con sus movimientos lentos y firmes. Parece que, cuando el pescador con su mano izquierda, y según va dando hilo, fuera ensanchando los límites del tiempo haciendo más anchos y más profundos cada uno de los segundos que emplean en dar a la mosca la distancia y el baile adecuado. Si además, al final de esa conjura armoniosa de brazo, caña, hilo y mosca, una trucha se ofrece como sacrificio del río, el milagro ocurre, y para el pescador ya no hay nada más en el mundo que esos segundos de sedal tenso y anzuelo quebradizo.

El río entonces, asume más que nunca su condición de santuario, de mosca que se nos prende dulcemente y para siempre en el paladar. Son instantes de magia en los que las aguas se sacan de la chistera un conejo con escamas y pintas rojas en los lomos, sólo por ver la cara incrédula y ojialegre del pescador, que se siente río y agua transparente y huidiza; son apenas unos segundos en los que todo se hace uno; los árboles, los pájaros y la trucha, el pescador, hasta las piedras del fondo convergen como metidos en un embudo imaginario para hacer del río un manadero de sueños …!

En algún momento de la película, una voz en “off” nos susurra esto al oído: “De vez en cuando, todas las cosas se funden en una y un río fluye a través de ella”. De esta frase, Robert Redfor casa el título en inglés: “A river runs through it”

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