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MIRADA CRITICA

Agua

agua
Actualizado 22/06/2017 19:46:21
Jesús Diez Sánchez

"Nos parece normal que la posesión del agua se rija en nuestro mundo, como tantas otras cosas, por el principio del poder"

Ella crea y da forma a los paisajes. Ella riega, refresca y limpia. Ella hace posible la salud, la agricultura y la industria. Donde está hay vida. Donde no está no la hay. Tanta belleza y tanta vida hay en ella que las artes plásticas y la literatura están llenas de su presencia. Tan importante es que en todo tiempo los seres humanos la hemos mirado con respeto y cuidado. “Los ríos son nuestros hermanos, sacian nuestra sed. Los ríos cargan nuestras canoas y alimentan a nuestros niños. Si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben recordar y enseñar a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos, y los suyos también. Por lo tanto, ustedes deberán dar a los ríos la bondad que le dedicarían a cualquier hermano” decía el Jefe indio Seattle en su carta al presidente americano que quería comprarle las tierras a mediado del siglo XIX.

“Si el hombre es un pueblo, el agua es el mundo… si el hombre es un niño, el agua es París”, canta Juan Manuel Serrat. Tan necesaria, tan bella, tan amable. Y, a la vez, tan cotidiana, tan a mano, tan sencilla, que la hemos llegado a perder el respeto. La tenemos como un producto más que podemos usar y malgastar mientras tengamos dinero para pagarla. A veces parece que, por diversos caminos, vamos contra la sabiduría de ese viejo proverbio que dice “la rana no bebe toda el agua del estanque donde vive”.

Con esta mirada posesiva, no nos preguntamos cuánto agua requieren nuestros actuales estilos de vida. Sin embargo, lo cierto es que consumimos mucho y contaminamos mucho. Una parte importante del agua disponible en el mundo se emplea en la producción de bienes que consumimos los que tenemos dinero para pagarlos. De hecho, detrás de un litro de gasolina, detrás de un ordenador o de una camisa de algodón o de un rollo aluminio de cocina que llegan a nosotros desde cualquier parte del mundo, hay litros y litros de agua gastados en su fabricación o en la obtención de las materias primas. Y, a veces, litros y litros de agua que vuelven contaminados a los acuíferos. Pero el tema parece que no va con nosotros. Como tampoco parece que nos interese caer en la cuenta de que mucha del agua que se emplea en la producción de esos bienes tendría que haber sido dedicada al necesario desarrollo de los pueblos de la tierra de donde proceden.

Sin pensarlo mucho, hijos de la cultura imperante, nos parece normal que la posesión del agua se rija en nuestro mundo, como tantas otras cosas, por el principio del poder. Y nos parece normal que se cumpla esta “ley universal”: a más poder, más consumo de agua, a menos poder, menos consumo de agua. A más poder, saneamientos y agua limpia asegurada. A menos poder, penurias: actualmente unos 1.000 millones de habitantes del planeta carecen de acceso adecuado al agua limpia para el aseo o la comida y 2.400 carecen de servicios básicos de saneamiento. A más poder, lógicamente, más posibilidad de enriquecerse con ella; así lo han entendido algunas transnacionales que están haciendo del mercado en torno al agua uno de los negocios más boyantes a nivel planetario. A menos poder, por contra, más posibilidades de quedarse sin el elemental derecho humano al agua; es lo que pasa en tantos sitios donde el agua ha dejado de ser, para los efectos, un bien público y ha pasado a ser mercancía regulada por las leyes del mercado y a precios no asequibles para los que menos tienen.

Así, por unos y otros derroteros, el agua, fuente de vida, ha pasado a ser factor de pobreza, cuando no de violencia o de muerte. Por esto, cada vez es más fuerte en todo el mundo el clamor por la dignidad y la justicia en torno ella. El agua potable y segura, se reivindica, es un derecho humano básico, universal, fundamental. Sin ella corre peligro la supervivencia y con ésta, como no puede ser menos, los demás derechos. Sin agua para los cultivos de los 500 millones de familias que producen los alimentos que consume el 75% de los habitantes del mundo, no hay seguridad alimentaria posible para esta población. Por eso, son tantas las organizaciones y grupos humanos que luchan a lo largo y ancho del mundo por el agua: en Brasil, en Camerún, en Madagascar, en India, en Colombia… y en tantos y tantos países más.

Llegados a este punto, surge una pregunta: ¿no estaremos los países desarrollados en deuda con los países cuya agua consumimos o contaminamos? Cuestión de justicia.

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