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CERRATO INSOLITO

Duendes en Alba de Cerrato (II)

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La casa de Alba aludida en el artículo
Actualizado 23/06/2017 11:45:25
Fernando Pastor

Será que los duendes en Alba de Cerrato son como las brujas en Galicia. Que nadie los ha visto pero, haberlos, haylos.

Muy cerca de la casa que comentábamos en Alba de Cerrato hay otra sobre la que planeó la sospecha de albergar duendes. En ella se alojaba los veranos una familia sevillana que venía de temporeros a recoger la paja que se generaba en la recolección del estío. La compraban, la empaquetaban y se la llevaban para venderla. Para ello alquilaban esta casa y en ella se alojaba toda la familia, pues mientras los hombres iban al campo a recoger la paja las mujeres atendían la casa y preparaban la comida.

Un día las mujeres comentaron a los vecinos un tema que les tenía aterrorizados: “qué miedo pasamos algunas noches, tiene que haber duendes en el desván pues cuando estamos en la cama y está todo en silencio les oímos correr por el mismo. Hemos subido con una linterna pero no vemos nada; sin embargo cuando nos volvemos a la cama otra vez se les oye”. Dos vecinos, Juan José García y Alfonso Mélida, cogieron una linterna y subieron al desván de la casa a ver si veían algo. En principio no vieron nada, pero finalmente percibieron en un recóndito rincón del desván una familia de lechuzas, la madre y varias crías, y les dicen “asomaros y mirad, ahí están los duendes que decís”.

Precisamente estos andaluces venían a Alba porque les conoció Juan José García cuando iba a Andalucía a recoger remolacha. Trabaron amistad y les dijeron que en Alba podían venderles paja. Esa casa ya tiene nuevos propietarios, no se alquila en verano, pero de vez en cuando aparece la puerta del desván abierta pese a haberla dejado cerrada, o el ventanuco abierto cuando le dejan cerrado, o cerrado incluso con pestillo cuando le dejan abierto. Y se siguen oyendo ruidos. Seguro que alguna explicación existe.

Como seguro que alguna explicación también existe, pero que sin embargo nadie ha encontrado, para otros episodios como los siguientes.

Hace años, Alfonso Mélida hacía la matanza solo al no disponer de ayuda. Para ello cogía a los cerdos y les colgaba de una pata de la pala del tractor para poder clavarles el cuchillo. En una ocasión el cochino al atarle pataleó y le tiró las gafas. Ante el peligro de que las gafas se rompieran o incluso se le pudieran clavar los cristales en los ojos, a partir de entonces Alfonso cogió el hábito de quitarse las gafas antes de coger al cerdo y dejarlas encima de un frigorífico que tenía en la nave y que usaba para guardar las medicinas de uso veterinario para los animales.

En una ocasión se quitó las gafas, las dejó como siempre ya de forma instintiva encima del frigorífico, mató al cerdo y cuando fue a coger las gafas no estaban encima del frigorífico. Las buscó por todos los sitios. Miró bien detrás del frigorífico por si se habían caído o las había tirado algún gato. Miró por la rejilla para el gas que tienen los frigoríficos en su parte posterior. Miró por los alrededores. Pero nada de nada. Confiaba en que algún día aparecieran, pues en algún lado tendrían que estar, por lo que estuvo un mes sin gafas esperándolo, pero finalmente tuvo que comprar otras. Hasta que cinco o seis años después aparecieron las gafas… encima del frigorífico, a la vista —donde las había dejado— y las faltaba un cristal.

En la misma nave ocurrió otro suceso inexplicable: su hijo, Alberto, le preguntó a Alfonso que por qué había quitado un grifo que tienen allí para el suministro de agua. Ante la insistencia del niño, miró y efectivamente el cabezal del grifo estaba en el suelo. Pensó que la rosca que sujeta el cabezal estaría oxidada y podrida y con el peso se habría caído, pero miró y se encontraba en buen estado. De hecho lo volvió a enroscar y ahí sigue, sin problemas muchos años después.

Será que los duendes en Alba de Cerrato son como las brujas en Galicia. Que nadie los ha visto pero, haberlos, haylos.

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