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LAPUNTADELDICHOSO

La matrioska

matrioska_by_martinatroise
FOTO: Martinatroise
Actualizado 27/07/2017 19:33:06
Máximo Hermano

"El secreto de la felicidad es saber desenvolverla"

Érase una vez, en un reino muy lejano, una hermosa princesa que vivía en un majestuoso palacio. Su padre era el dueño y señor de un enorme imperio, que gobernaba con mano de hierro. Su alteza, a punto de cumplir dieciocho años, había sido criada, desde su nacimiento, con todos los cuidados y los lujos que pudieran imaginarse.

Sus habitaciones eran cálidas, amplias y luminosas. Poseía un grandioso vestidor repleto de maravillosas ropas. Cada día, elegía las comidas que le apetecía degustar de entre un sinfín de sabrosos platos cocinados con esmero.

Tenía a su servicio a nueve doncellas para su atención personal y a tres institutrices que se encargaban de su exquisita educación, además de una profesora de canto, un maestro de piano, un mayoral que cuidaba de sus caballos y un cochero que la transportaba allá donde deseaba en cualquier momento del día, acompañada por su dama de mayor confianza y escoltada siempre por los doce mejores soldados de la guardia del rey. Acostumbraba a mandar a su corte de asistentes con un tono de voz imperativo que no admitía contraposición alguna.

La muchacha era alta y esbelta. Su voz era firme y su rostro poseía una belleza inigualable.

Sin embargo, la princesa no era dichosa; se sentía vacía y sola. No sabía dónde encontrar la felicidad.

Con la intención de mitigar su tristeza, una mañana, el rey llamó a su secretario y le encargó que anunciara a lo largo y ancho del reino que el domingo siguiente se celebraría en palacio una fiesta en honor a la princesa, a la que no podría faltar ninguno de sus vasallos, que deberían asistir cargados de sus mejores ofrendas.

Entre los vasallos del feudo, vivía un viejo y humilde maestro carpintero, que era muy querido por todos por su generoso corazón. Tallaba sencillas muñecas de madera que vendía en ferias y mercados. Trabajaba sus figuras en silencio, pacientemente, acompañado siempre de una sincera sonrisa dibujada en su rostro, pues amaba el oficio con toda su alma. Cuando el artesano tuvo noticia del evento que se celebraría en pocos días, tomó entre sus manos la más linda y pequeña de sus muñecas de madera y pidió ayuda a su amigo, el orfebre, para que adornara su regalo con cuatro envolturas diferentes, con la intención sincera de satisfacer la necesidad de la princesa.

Llegado el día de la celebración, la princesa, sentada en su trono, recibió a los vasallos uno por uno. Todos le trajeron fabulosos presentes: ropajes de finas sedas, alhajas de piedras preciosas y delicados perfumes. La princesa recibió los regalos con desgana, abandonándolos a sus pies sin dedicarles mayor atención. Su tristeza iba en aumento.Cuando llegó su turno, el carpintero se acercó despacio al estrado y, en silencio, le ofreció su figura a la princesa. La joven entrecerró los ojos escudriñando el obsequio, lo tomó en sus manos y en su rostro se dibujó una mueca de desprecio.

— ¿Acaso crees que esta vulgar muñeca es adecuada a mi dignidad? — Interpeló en tono amenazante la princesa.

— Alteza, os aseguro que mi regalo es lo que vos buscáis. Esta muñeca representa el secreto de la felicidad. — Contestó el artesano, empleando su habitual tono tranquilo.

— ¿Osas burlarte de mí?— Replicó la joven, a punto de perder los estribos.

—Nada más lejos de mi intención, mi señora; — repuso el maestro, manteniendo la serenidad. — Con vuestro permiso os explicaré: esta muñeca es igual que cualquiera de nosotros, Alteza.

A medida que hablaba, el maestro fue retirando las diferentes envolturas de la figura.

—Su cubierta, adornada con el metal más reluciente, representa nuestro ego: ese impulso incontrolado de deseo que toma de los demás lo que necesita para calmar su sed, sin ni tan siquiera pedir permiso. Es la más bonita, pero la más frágil.

Debajo de ella, se encuentra otro revestimiento, cuyo brillo se apaga con el paso del tiempo. Es nuestro cuerpo, que pide lo que quiere para sí buscando la eterna juventud, pero que, irremediablemente, envejece con los años.

La siguiente capa más profunda es nuestra mente, que intercambia sus favores con otras mentes, logrando un equilibrio que nos permite aproximarnos a la paz.

Un poquito más dentro de nuestro ser, están nuestras emociones, que son más bellas cuantas menos vestiduras portan y que crecen y relucen a medida que son compartidas con otros seres. Y, por último, en lo más profundo de nosotros, está nuestra alma, que esconde el secreto de la felicidad: amar y dar sin esperar nada a cambio. En ese momento, deshojadas las cuatro capas de metal, el carpintero le ofreció la última muñeca, una pequeña y sencilla talla de madera, que, de manera sorprendente, refulgía con una luz más poderosa que cualquiera de los suntuosos presentes que descansaban a los pies de la muchacha.

La princesa estaba embargada por la emoción y no pudo contener el llanto. Lloró desconsoladamente apoyando su cabeza en el hombro del viejo carpintero, que la sostuvo con ternura y compasión, ante los estupefactos ojos del rey. Al cabo de unos minutos, cuando la muchacha hubo desahogado su volcán de emociones, preguntó al maestro:

—Entonces, ¿dónde puedo encontrar la felicidad que busco?

El carpintero le contestó con dulzura:

—Princesa, la felicidad está dentro de cada uno de nosotros; el secreto consiste en saber desenvolverla.

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