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LAPUNTADELDICHOSO

Renacer

lapuntadeldichoso2
Actualizado 01/08/2017 19:44:53
Máximo Hermano

La vida es un continuo renacer

Ximena se acomodó en su asiento y se puso los auriculares. Carecía del ánimo necesario para hablar con nadie durante el vuelo. Los últimos dos años habían sido un infierno en el que, cada noche, sin fallar una sola, la tristeza le había visitado para comer de su mano. Se sentía exhausta, necesitaba liberar su cabeza de los ruidos que la golpeaban sin cesar.

Al principio del abandono, se había negado a asumir la situación, engañándose a sí misma, restando importancia al desastre e intentando convencerse de que no necesitaba reparar ningún daño. No estaba dispuesta a reconocer su debilidad. Sin embargo, lo cierto es que se le había partido el corazón, como se quiebra el tronco de un árbol calcinado por un rayo.

Así pues, con el paso del tiempo, la armadura que se había colocado sobre sus heridas sin sanar, se fue oxidando y estuvo a punto de asfixiarla. Por ello, finalmente aceptó la invitación de Lucía para irse a vivir junto a ella una temporada. Su hermana residía en Nueva York desde hacía casi veinte años, poco después de acabar la universidad.

Pese a que no albergaba muchas esperanzas, deseaba con toda su alma que el viaje le sirviera para empezar a cubrir ese hueco infinito que se había instalado en su pecho y que la laceraba día tras día, sin descanso. Así pues, metió en la maleta sus trozos rotos mezclados con la ropa y salió hacia el aeropuerto. Los meses pasados junto a su hermana fueron reparadores. A escasos minutos de su casa, se hallaba un acogedor jardín japonés, al que Ximena acudía todos los días.

El jardín estaba sembrado de piedras planas cubiertas parcialmente por musgos, helechos y hojas amarillas y ocres que caían de los arces. Su paseo principal, que se encontraba repleto de azaleas de vivos colores, desembocaba en un enigmático estanque, más allá del cual nunca había avanzado. En ese lugar de remanso y paz, dejó de autoengañarse y reconoció su dolor. Lloró durante horas enteras, limpiando su interior. Meditó en completa soledad hasta que dejó de maldecirse por su mala suerte y empezó a comprender lo sucedido y aceptar la nueva realidad. De este modo, fue recuperando la confianza en sí misma.

Una tarde, armándose de valor, Ximena decidió ir más allá del estanque, donde las cañas de bambú cantaban sus emociones mecidas por el viento. Atravesó el largo puente de madera pulida y llegó hasta una pequeña cabaña que parecía un templo, en cuyo frente figuraba la siguiente leyenda: “casa del té”.

Empujó con suavidad la puerta de la choza y traspasó el dintel. En su interior se hallaba un anciano sentado en el suelo. Vestía una sencilla túnica blanca que lo cubría por completo hasta sus pies desnudos. Alimentaba un fogón sobre el que descansaba una humilde tetera de metal.

Cuando percibió la presencia de Ximena, levantó la cabeza. Su semblante emanaba serenidad y sabiduría. Su limpia mirada cautivó a Ximena, que se descalzó y se sentó a su lado, sin mediar palabra. El anciano le contó que, antes de servir en la casa del té, en su Japón natal, había tenido un maestro de Kintsukuroi, del que había aprendido el oficio a través de sus enseñanzas en forma de parábolas. Aún recordaba una de sus lecciones:

—La vida, como la cerámica, es frágil y bella a la vez. Se nos puede romper en cualquier momento en mil pedazos pero, de la misma manera, la podemos reconstruir. Basta con tomar todos y cada uno de los trozos y unirlos con paciencia y armonía, dejando de lado la ira, el rencor y el resentimiento.

Dicho esto, el anciano se giró para tomar entre sus manos dos cuencos decorados de manera exquisita. El que le ofreció a Ximena era extrañamente bello: se trataba de un fabuloso tazón surcado por preciosos hilos dorados que unían las partes irregulares de cerámica que lo formaban, a modo de un puzle. Se apreciaba que el tazón se había roto y había sido recompuesto con amor y delicadeza, logrando una pieza de mayor belleza que la original y que emanaba una sensación de inusual resistencia.

Mientras tomaban el té en silencio, Ximena sintió que los ruidos de su cabeza le abandonaban y que el hueco de su pecho se llenaba de paz y optimismo. Por la noche, antes de acostarse, desnuda frente al espejo, pudo ver con claridad que las cicatrices de su alma estaban selladas con polvo de oro. Al instante, comprendió que ahora era una mujer más fuerte y más hermosa.

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