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LAPUNTADELDICHOSO

El reencuentro

punta_dichoso1
Actualizado 30/08/2017 12:46:26
Máximo Hermano

Si quieres ayudar al mundo, ayúdate a ti misma.

«¡Qué hastío!», dijo Victoria para sus adentros.

Estaba terriblemente cansada, sin fuerzas. La televisión le producía sopor, cada noche era lo mismo. Ya no recordaba cuándo había dejado de divertirla.

Apagó el aparato e intentó levantarse del sofá. Sentía una pesadez espantosa. ¡¡¡Crash!!!

El plato se hizo añicos contra el suelo. Victoria ni tan siquiera fue consciente de cómo se le había resbalado de las manos.

Rompió a llorar. Su llanto era un torrente sin control, su pecho subía y bajaba como un caballo desbocado. Respiraba aceleradamente y de manera entrecortada.

Con no poca dificultad, llegó hasta su habitación y se tumbó boca abajo en la cama. Sollozó durante horas.

Igual que la lluvia purifica el cielo, sus lágrimas fueron destapando sus pulmones hasta que consiguió respirar de modo pausado.

Lentamente, se sentó sobre la cama, contemplando su cuarto.

Sus ojos se toparon con la foto de su graduación de la escuela primaria.

Allí estaba Vicky: esa muchacha vital, de mirada transparente y sonrisa sincera.

«¿Cuánto tiempo había pasado?»

Recordaba aquella fiesta con nitidez. Se había disfrazado de libélula fosforescente y había jugado sin parar durante toda la tarde. Revoloteaba entre sus compañeras y, como si fuera un hada mágica, les insuflaba vida con solo posar sus delicadas alas sobre ellas.

Curiosamente, Victoria veía a la pequeña Vicky gigante y poderosa, pese a que, por aquel entonces, apenas tenía once años. Quizás fuera porque entonces no temía al fracaso; aún no le habían instalado el filtro de la desconfianza.

«¿Qué había sido de aquella niña? ¿Acaso se había marchado?»

Victoria estiró su brazo muy despacio, alargando los dedos hasta el infinito. Esperó unos segundos que se le hicieron eternos y… Vicky le ofreció su mano.

Sin soltarla y retirando de sus ojos la venda del miedo, pudo observar a la pequeña en todo su esplendor. Seguía viviendo dentro de ella, era su esencia más profunda.

—Yo creo en ti —le dijo la niña.

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