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POR CAUCES Y LADERAS

De difuntos y bártulos

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Actualizado 02/11/2017 10:48:38
Por cauces y laderas

Yo creo que la culpa, en parte, es de autores como Bram Stoker o Juan Rulfo, que mandaron al conde Drácula y a Juan Preciado a negociar sus aventuras con los muertos.

TELLO ANTOLÍN

En Transilvania o en Comala, igual que aterrorizan los fantasmas, y el miedo a todo lo que habita más allá de la muerte, ha sido y será el pan negro del que comen nuestras pesadillas; y también, todo hay que decirlo, el que alimenta nuestra curiosidad más tenebrosa, que el hombre parece no tener bastante con los terrores propios de la vida, ¡que no son pocos! Noviembre es el mes de los Difuntos, curiosamente se rememora a los que ya se han ido en un mes, que es puerta de salida para el otoño y sirve de entrada al invierno, meses de brumas, nieves y lluvias. A nadie se le hubiera ocurrido celebrarlo en mayo. Lo apunto como curiosidad. El caso es que a mi “bendita” y fallecida madre, por aquellos entonces, no le gustaba que saliera a cazar el día de los difuntos. Decía, que salir al monte ese día era tentar a la suerte, y en cierta forma, una falta de respeto, aún sabiendo que el puchero del día después estaba asegurado ¡qué tiempos! En casi todos los pueblos existe la leyenda de un “fulano” a quien ese día precisamente se le disparó la escopeta de forma accidental, pisó un cepo o sufrió un ataque al corazón ¡joder que mala suerte, ¿no?!

Las leyendas negras tienen una ductilidad asombrosa en sus circunstancias de lugar y tiempo. Y, aunque una gran mayoría, entre los que me encuentro, hace caso omiso de estas supercherías y en día tan señalado sólo ve uno marcado como hábil para ceñirse la canana y lo mismo tira uno al monte que al páramo. Sí es cierto que en nuestro gremio existe una gran dosis de supersticiones. No hablo de espejos ni de saleros rotos, sino más bien al revés, de objetos, que si no concurren los días de caza, parecen que traigan mal fario.

El más común es la gorra o el sombrero; casi todos los cazadores tenemos uno que hace de talismán y nos lo enroscamos en la cabeza como un acto litúrgico, aunque esté gastado de años y lleno de medallas de mugre. Pero hay más: morrales, cananas, botas y calcetines. De igual modo, para los que usamos paralelas, superpuestas o repetidoras, el orden en el que metemos los cartuchos o el color de los mismos. También el empeño de usar aquellos con los que tuvimos una mañana gloriosa, aunque sepamos a ciencia cierta que la mayoría, mal que bien, cumplen con igual acierto su función letal, porque el que mata, todo hay que decirlo, no es tanto la flecha como el indio que dispara. La caza mayor tampoco se escapa a las conjuras contra la mala suerte. Las reses de una mancha, mucho antes que el ruido de los motores y la barahunda de la suelta de perros, escuchan cómo los cazadores rezan la Salve Montera para espantar accidentes y conseguir, por intercesión divina, que la montería dé su fruto sólo de muerte animal. Luego está la del sorteo, donde más de uno —¡por lo bajo!— cruza hasta los dedos de los pies al sacar su papeleta para que le toque la traviesa donde el año anterior hubo más tiros que en El Álamo.

En fin: sinceramente, creo que estas llamadas a la suerte o a la mala suerte, tienen su porqué en que la caza tiene un tanto de riesgo y es terreno abonado para la incertidumbre; en cómo se fuerce ésta para que nos resulte propicia es cosa de cada cual. Yo, por lo pronto, seguiré cazando el primero de noviembre, eso sí, con el gorro marrón que me regaló mi hijo Humberto.

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