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OPINIóN

Cuestión catalana: primero psicología, después política

Bandera-doble
Actualizado 10/11/2017 10:54:12
Redacción

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? A mi modo de ver no nos hallamos únicamente ante un problema político, es más, me atrevería a afirmar que el problema político es fruto de un problema muy anterior, sutil e invisible, que se ha cocido a fuego lento durante décadas.

JORDI NEGRE MELÉNDEZ

Es difícil describir la indignación e impotencia que uno siente cuando, desde la distancia, recibe información constante de sus propios familiares y amigos que se encuentran a las puertas de un colegio electoral, legal o no, con la duda de si va a haber carga por parte de la Guardia Civil o la Policía Nacional. Anticipo que no es en modo alguno la intención de este artículo el analizar la actuación de dichos Cuerpos. No tengo la menor duda de que la mayoría de esos policías, por no decir todos, jamás hubiesen deseado tener que llevar a cabo una tarea como la que se les encomendó. Tampoco pretendo analizar el referéndum, ni si el mismo cumplía con los estándares legales, ni la legalidad o no de la convocatoria, ni siquiera la acción de la Justicia o del Gobierno de Rajoy.

Es evidente que llegados a este punto queda constatada la absoluta incapacidad de la política de todo el Estado (incluyo Generalitat) para encontrar un adecuado encaje en España de aproximadamente la mitad de la población catalana. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? A mi modo de ver no nos hallamos únicamente ante un problema político, es más, me atrevería a afirmar que el problema político es fruto de un problema muy anterior, sutil e invisible, que se ha cocido a fuego lento durante décadas.

Erich Fromm, en su libro “El miedo a la libertad”, describió en su día el motivo por el cual la sociedad alemana pudo aceptar y abrazar el advenimiento del nacionalsocialismo. Describía el sustrato psicológico de dicho pueblo alemán, de su sociedad, hasta fundamentar el motivo por el cual el discurso político posterior se afianzó. En modo alguno pretendo formular un símil, ni siquiera ínfimo, entre lo ocurrido en Alemania y lo que está ocurriendo ahora en Cataluña y España. Demasiadas veces oímos de uno y otro lado la fácil apelación a modo de insulto al nazismo o fascismo. De ninguna manera considero los actos del Gobierno Estatal y de la Generalitat asimilables al fascismo, pero sí creo que cabe y es necesario efectuar un análisis parecido al que en su día llevó a cabo el Sr. Fromm. ¿Por qué hay dos millones de catalanes que secundan el independentismo, incluso aunque ello suponga saltarse la legalidad?

Creo poder afirmar que el motivo es, sin duda, que la psicología colectiva de la sociedad catalana se encuentra en una situación propicia para abrazar el independentismo. Pensar que ello es debido a la crisis económica, a una supuesta manipulación de los medios, a la educación recibida en las escuelas o a la ley de política lingüística me parece un análisis reduccionista. Muchas de las personas que se han colocado a modo de barrera humana en los colegios electorales fueron educadas mucho antes de la entrada en vigor de la Ley de Normalización Lingüística, incluso únicamente en lengua castellana. Muchas de esas personas, quizá la mayoría, estudiaron la historia de España, la contada antes o muy reciente la democracia, y conocen mejor las provincias de España que las comarcas de Cataluña, ¿por qué entonces se sienten tan fervientemente independentistas?

Me decía un catalán hace aproximadamente treinta años: seré español el día que me dejen ser catalán. En ese sentimiento entiendo se explica el motivo básico por el cual nos encontramos en la situación actual. Con razón o sin ella, muchos catalanes han venido en considerar que es imposible ser catalán en España. Mejor dicho quizás, es imposible ejercer de catalán en España.

¿Qué ha movido realmente a esa gran parte de la sociedad catalana que, por decirlo gráficamente, se ha echado al monte por un sentimiento que, en muchos casos, ha sentido desde su infancia?

Recuerdo que siendo preadolescente, hace más de treinta años, ya escuchaba los cánticos independentistas que se han oído el 1 de octubre ante las cargas policiales. En esa época uno tenía la sensación de que lo catalán no era querido en España, que la lengua catalana, en concreto, era algo que molestaba en el resto del estado.

Ese sentimiento, el de no ser querido, el de no ser aceptado a no ser que se diluyera la catalanidad de uno, y muy en especial por lo que hace a la lengua, es a mi modo de ver lo que poco a poco y sin ninguna duda ha ido generando el caldo de cultivo para esa desconexión de la población del resto del Estado. No es que la clase política catalana esté manipulando a la sociedad catalana, sino que esa propia clase política tiene el mismo sustrato sentimental, ha bebido de las mismas fuentes y por ello le es tan fácil apelar a “los suyos”. Después vienen sin duda intereses económicos y políticos, crisis y casos de corrupción. Acciones concretas que han sido vividas como verdaderas descalificaciones. La singular y difícilmente calificable recogida de firmas contra el Estatut, declaraciones de cepillado por parte de pirómanos como Alfonso Guerra y la Sentencia del Tribunal Constitucional, significativa no por su fondo jurídico (me atrevería a decir que la inmensa mayoría de catalanes no conocen su contenido), sino por la interpretación que desde parte de esa población se ha dado a la misma. Refrendando todo ello, a criterio de parte de esa Comunidad, la certeza de que el encaje en el Estado es imposible.

La emoción, el sentimiento, es previo a la razón, que suele hilvanar el discurso necesario para justificar a aquélla. El sentimiento original y primigenio en el independentismo es que España no quiere lo catalán. Cierto es que, el mismo sentimiento se vive desde el resto del Estado, pero a la inversa. El análisis de dicho sentimiento será fruto de estudio por mi parte en un futuro artículo.

Desde el Estado Español, durante cuarenta años, no se ha sabido transmitir una idea pluricultural de sí mismo, ni el amor real a algo tan importante para la cohesión de la sociedad como el respeto a sus múltiples lenguas. Hablo mucho de la lengua. Efectivamente, me atrevería a decir que el fracaso básico del Estado Español, que está erosionando la convivencia en la actualidad, es el no haber sabido configurar un Estado en el que, a pesar de existir lógicamente una lengua común, el castellano, lograra transmitir a todos sus ciudadanos la importancia de todas las lenguas habidas en el mismo.

Decía Bernard Lievegoed en su libro “Las etapas evolutivas del niño” que la lengua materna tiene gran importancia a la hora de estructurar nuestra personalidad, ya que la experimentamos como parte de nuestro propio ser, y puesto que participó en nuestra formación personal no podemos aceptar que la amenacen. Desde que tengo uso de razón y antes de emigrar de Cataluña he oído hablar de la amenaza constante a que estaba sometida la lengua catalana. Y con ello no pretendo decir que la amenaza fuera real, ello no es objeto de este artículo, ni tengo los datos ni el conocimiento para sustentarlo, pero sin duda así ha sido sentido. A ello cabría añadir el chascarrillo constante a la tacañería catalana. A la peyorativa y diferente visión de esa sociedad con respecto a otras, como por ejemplo la vasca, que siempre pareció caer mejor. En España ha sido siempre más fácil decir un Agur que un Adéu. Cuando uno vive fuera de Cataluña aprende a ver que estas afirmaciones son muy matizables, aunque no totalmente inciertas. Pero desde ahí esto es lo que se percibe. Definido una vez más, de forma gráfica. Hace ya muchos años, recién instalado en un pueblo de Castilla, en una conversación telefónica con un pariente residente en Cataluña, éste me preguntó: ¿Y te tratan bien siendo catalán? La frase es literal.

Este es, a mi modo de ver, el sentimiento de base que, alimentado por una parte y refrendado por otra, nos ha llevado al momento actual. Cualquier futuro encaje de Cataluña en España, si aún es posible, cosa que veo harto difícil, deberá pasar por el ánimo de intentar conseguir que se transmita un sincero interés y respeto por la realidad pluricultural del Estado, por la importancia de todas las lenguas que conviven en el mismo. La política debería beber en ese aspecto del mundo de la cultura, donde esas sinergias llevan mucho tiempo interactuando con honestidad.

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