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OPINIóN

Cuestión catalana: primero psicología, después política (II)

Opinion
Actualizado 14/11/2017 13:34:41
Redacción

Existe en nuestro Estado y en concreto en la relación entre Cataluña y España, entre España y Cataluña, un gran déficit de conocimiento, de mirada mutua con ganas de ver lo bueno que hay en cada uno; lo común para reconocerlo; lo distinto para disfrutarlo. Todo ello a parte de la estructura de Estado adecuada a nuestra realidad, que merecería un debate sosegado y sin apriorismos imposible en estos momentos

JORDI NEGRE

- Papa, ¿Los catalanes sois malos? – Me pregunta mi hijo en la lengua castellana con que siempre se dirige a mí. - No hijo, claro que no, ¿quién te ha dicho eso? - le contesto en la lengua catalana en que siempre le hablo -Un niño de la escuela - contesta. Doble pinchazo. Uno. Constatación de lo que suponía algún día iba a pasar. Dos. Es la primera vez que mi niño se refiere a lo catalán con la segunda persona del plural, en lugar de la primer - No pasa nada - me digo - No es la primera vez. Años ha ya me comentó que otro niño le había espetado - Mi padre dice que habría que quemar Cataluña entera - No pasa nada – me digo de nuevo. - Son casos aislados - Esto pasará. En el fondo dudo. Agradezco que mi mujer insistiera en poner nombre bilingüe a nuestro hijo. Sabiduría femenina.

Pienso entonces en los hijos de guardias civiles, policías nacionales, fiscales, jueces, políticos… de aquellas personas y colectivos que son representantes o simplemente cercanos ideológicamente a la postura unionista, término con el que no me siento muy cómodo (tampoco con el de separatistas) que cojo prestado del conflicto del Ulster. ¿Cómo se sentirán los padres de estos niños? ¿Habrán empezado sus hijos a usar la segunda forma del plural? - No pasa nada- me digo - Esto pasará - Volverá la calma y el entendimiento, por encima de lo político. En el fondo dudo.

Difícil ejercicio el de ponerse en el lugar del otro. Empatía. Maravillosa palabra. Participación afectiva de una persona en una realidad ajena a ella, generalmente en los sentimientos de otra persona. No conozco bien otras culturas. Quizá la dificultad sea universal. El caso es que en España, esa dificultad parece estar consolidada. Deporte nacional. En palabras de Carles Francino, comentando una cita a Bertolt Brecht, “un país, empezando por la política, saturado de convencidos sólo de lo suyo”.

Ello me lleva al propósito que expresé en mi artículo publicado el 2 noviembre pasado en el periódico Carrión, en el que planteaba que el origen de lo que está ocurriendo en Cataluña se encuentra no en un proceso político, como pudiera parecer, sino en la sensación histórica que ha tenido una parte de la población catalana, la que nació y ha vivido siempre con esa lengua, de que lo catalán no es realmente querido en España. De suerte que deviene imposible ejercer la catalanidad en el resto del Estado sin renunciar, o a la sumo diluir la misma. Propósito que expresé en ese anterior artículo de intentar ofrecer la visión del otro lado, a saber, cuál es a mi entender el sentimiento que impera en una buena parte del Estado hacia Cataluña, hacia lo catalán. Desde la privilegiada atalaya que supone el que la mitad de mi familia sea castellana, así como el haber vivido un lustro en tierras castellanas y más de dos años en tierras cántabras. Sentimiento que, anticipo, entiendo coadyuva al desencuentro obrante entre ambas sociedades, que se ha acrecentado de forma exponencial con el llamado Procès. Excluyo de este estudio las sociedades que habitan en los territorios que conforman las otras nacionalidades históricas reconocidas en la Constitución, por tener, al menos en una buena parte de su población, una idiosincrasia política totalmente distinta al respecto de los sentimientos nacionales.

Más allá de lo político, del concepto de Nación Estado, o Estado Plurinacional, dos son los sentimientos que, de forma transversal, alientan el ánimo de los ciudadanos del Estado con respecto a Cataluña y sus habitantes. Uno de ellos es, por calificarlo para su mejor comprensión, positivo; la concepción de la dinamicidad de la sociedad catalana, de su capacidad asociativa, de su incansable emprendimiento, su laboriosidad. En palabras de Mariano Rajoy: “Me gustan los catalanes porque hacen cosas”. Una cierta admiración, me decía hace tiempo un integrante del ejército español. Una sociedad en la que reflejarse y tomar ejemplo en cuanto a las susodichas energías y capacidades. Este sentimiento ha quedado históricamente constatado por la cantidad de gentes de todo el Estado que se desplazaron a Cataluña ayudando a su crecimiento y mejora. Mención especial merecen los ciudadanos andaluces que con su trabajo, su integración y su quehacer diario, ayudaron a moldear Cataluña y convertirla en lo que es.

Existe pero otro sentimiento muy distinto al anterior, que ha aumentado en los últimos años. Un sentimiento que, lejos de propiciar las posibilidades de mutuo entendimiento, ofrece la base necesaria para alentar la controversia ante cualquier reivindicación de asimetría por parte de Cataluña. El ciudadano español, el castellano en concreto, se siente mirado por encima del hombro por parte de los catalanes. Estas palabras no son mías. Las he oído en muchas ocasiones en los últimos años. Los catalanes se creen superiores, me dicen. El nacionalismo catalán, como todos los nacionalismos, parte de la base de la dualidad entre ciudadano superior, más apto, más inteligente, más espabilado, con otro inferior, con menos capacidades, más holgazán, menos vivo… continúan los más detallistas. Éste es el sentimiento que subyace en parte de la sociedad y no resulta extraño que, con estos mimbres, cualquier reivindicación de singularidad y diferenciación avive la hoguera que reconvierta ese inicial sentimiento de reconocimiento y admiración en el desprecio tan bien descrito por Antonio Machado en “Campos de Castilla”.

En realidad no creo que se esté aludiendo a una especie de definición de sociedad con corriente anímica criptonacionalista en la línea de la concepción Orwelliana del término. No me interesa tampoco hablar de ello, ya que en ese caso nos hallaríamos en un estudio de estadio pre-político o político, lejano en cronología al estado psicológico que mantengo es el origen primigenio del mutuo desencuentro entre Cataluña y el resto de España.

Se trata más bien de una sensación de cierto chovinismo; una especie de sentimiento de orgullo por lo catalán, con tendencia a minusvalorar, en el mejor de los casos, o incluso menospreciar, en el peor, lo que venga del resto de España. Chovinismo parecido, por lo que he podido constatar durante estos años, al que uno pueda sentir procedente desde Francia y sus habitantes con respecto a todo lo español, incluyendo lógicamente lo catalán. Generalizar es odioso. Caso de existir realmente ese sentimiento, hay múltiples zonas grises que dependen de la vivencia personal de cada uno, de sus vínculos familiares y afectivos y, muy en especial, del conocimiento que tenga de la realidad española. Sentimiento que nuevamente, de existir, no sería patrimonio de este Estado, sino que en mayor o menor medida, parece ser reproducible al menos en varios estados europeos entre norte y sur de su territorio patrio.

Cataluña ha tenido siempre la mirada puesta en Europa. Quizás por su bilingüismo ha sentido especial interés, quizás mayor facilidad, para aprender otras lenguas, convirtiendo a veces este interés en una deficiencia de conocimiento hacia lo español, hacia el resto el Estado. Ejemplo claro de lo expuesto es el propio que suscribe este artículo, que viajó mucho antes a Londres o París que a Madrid, ciudad que quizás apenas hubiese visitado si no hubiese sido por nuevos vínculos familiares adquiridos.

Así pues, en mi modesto modo de ver, ese sentimiento existente en parte de la sociedad española, real o no, es actor importante en el desencuentro entre ambas sociedades. El avivarlo, aumentarlo, y convertirlo en agravio, es otra cuestión de la que lamentablemente se nutren demasiados políticos de uno y otro lado.

Ese sentimiento se troca en muchos casos en oprobio y sensación de rechazo cuando, ante el desplazamiento a diversas zonas de Cataluña, se constata, por citar un ejemplo, que en algunos locales abiertos al público, las cartas y los menús se encuentran escritas en varias lenguas, exceptuando el castellano. Sea o no puntual esta práctica, lo cierto es que no incluir la lengua castellana se concibe como un posicionamiento político de exclusión al resto del Estado y a la lengua común. Un posicionamiento que es vivido como agresión, la cual genera el mismo sentimiento que describí en el anterior artículo al citar “Las etapas evolutivas del niño” de Bernard Lievegoed. Repito. La lengua materna tiene gran importancia a la hora de estructurar nuestra personalidad, la experimentamos como parte de nuestro propio ser, y puesto que participó en nuestra formación personal no podemos aceptar que la amenacen. Ni que lógicamente la desprecien. Los castellano parlantes, ante la exclusión de su lengua en ciertos ámbitos, sienten la misma agresión que los catalanes por parte del resto del Estado. El fomento de una lengua, su protección, nunca debe ir pareja al detrimento de otra. Encontrar el equilibrio entre ambas, y me refiero en todo el Estado, no sólo en Cataluña, es lo difícil. En cualquier caso nunca debería quedar en manos de políticos. No al menos de forma exclusiva. Lamentablemente la cuestión lingüística siempre ha sido usada para hacer campaña política. Esa pugna política en no pocas ocasiones cala en la sociedad y se convierte en una fina lluvia que encharca la convivencia en aspectos donde, a priori, podría hallarse un consenso.

Un último sentimiento, extendido por toda la geografía. Cataluña es insolidaria. Su origen, sin duda, la constante reivindicación catalana de más poder económico, de más autogestión de sus arcas. En su versión agresiva: "España nos roba". Difícil análisis el derivado de la cuestión económica, cuando los discursos mantenidos desde uno y otro Gobierno son radicalmente opuestos. A uno le cuesta saber qué hay de verdad en los datos económicos que se facilitan desde uno y otro lado. Si Cataluña sale perjudicada en inversión e infraestructuras, o si es todo lo contrario. Si es una especie de territorio mimado por el Estado y todos sus problemas vienen de una errónea gestión, de un gasto inadecuado. Difícil saberlo. Imposible sin conocimiento directo.

Pero resulta obvio que la constante apelación a mayor autogobierno y sobre todo a mayor autogestión económica genera indignación en personas de todo el Estado, que se sienten agraviadas. De ahí a considerar insolidaria a la sociedad catalana hay un paso.

Sin el contacto humano adecuado, muchas de las opiniones que tenemos acaban siendo una proyección de lo que escuchamos, no de lo que conocemos y vivenciamos. Ello es predicable en el caso que nos ocupa en ambos sentidos. La colectividad exige conocimiento mutuo. Sólo desde el conocimiento nace el cariño y por ende el respeto.

Existe en nuestro Estado y en concreto en la relación entre Cataluña y España, entre España y Cataluña, un gran déficit de conocimiento, de mirada mutua con ganas de ver lo bueno que hay en cada uno; lo común para reconocerlo; lo distinto para disfrutarlo. Todo ello a parte de la estructura de Estado adecuada a nuestra realidad, que merecería un debate sosegado y sin apriorismos imposible en estos momentos.

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