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POR CAUCES Y LADERAS

El primer cazador y su legado

mamut
Actualizado 29/12/2017 11:09:03
Por cauces y laderas

El periodo de la caza, en la nebulosa de la prehistoria, constituyó un verdadero planteamiento socioeconómico, como ahora tanto se cacarea decir. Se trata de una verdadera transición del antecesor primate eminentemente frugívoro e insectívoro, al “homo” aficionado a la carne.

El periodo de la caza, en la nebulosa de la prehistoria, constituyó un verdadero planteamiento socioeconómico, como ahora tanto se cacarea decir. Se trata de una verdadera transición del antecesor primate eminentemente frugívoro e insectívoro, al “homo” aficionado a la carne. Parece ser que el cambio obligado se ocasionó con la llegada de las primeras glaciaciones que hicieron desaparecer muchos bosques y crearon extensos pastizales que fueron escenarios del primer cazador. Así, nuestro antepasado vegetariano contemplaría con codicia la carne del bisonte y del ciervo o la de un ave posada y que nunca lograba alcanzar.

Su mente rudimentaria comprendió que con las más simples armas que tenía a mano, un palo, una piedra, podía abatir esas presas que ponía a su alcance el instinto aún tan aguzado como el de los animales. A esto unió la ventaja de su técnica, que hacía más mortíferas sus armas, afilando o endureciendo al fuego la punta del palo y sacando lascas a la piedra para hacerla hiriente. Pasaron otros miles de años y nacieron la lanza y el hacha y, posteriormente, la flecha con punta de pedernal. A todo lo largo del paleolítico o antigua edad de piedra, tanto la economía como la sociedad primitiva estuvieron basados en la caza. Nuestra península de la edad de piedra fue una buena tierra de caza y de cazadores.

El hombre de Neanderthal añadió a la rudimentaria lanza una eficaz punta de sílex, y en grupos así armados, clavaban al gran mamut. Más tarde con la aparición del arco y la flecha, completaría su arsenal de armas defensivas y ofensivas. Las condiciones climáticas en tan largos periodos y la falta de alimentos obligaban al hombre a emigrar hacia nuevos terrenos de caza. Según esos periodos glaciales o interglaciales que duraron centenares de miles de años, en los bosques espesos, en las abiertas praderas, coexistía la fauna forzosamente cazable, necesaria y enemiga. El tigre de “diente curvo”, el búfalo, elefantes, antílopes y hienas habitaban templados cazaderos.

En las regiones frías, el mamut, que alanceaba el hombre de Cromagnon, el rinoceronte lanudo, el oso de las cavernas, caballos, bueyes, bisontes y lo que pudiéramos llamar “caza menor”, zorros, linces y lobos, etc. De aquella, el hombre primitivo no sólo cazaba para alimentarse con la carne cruda o hacer esos grandes asados, que era una inevitable manera de ganarse el sustento de cada día.

En la otra mitad de los casos, el hombre se defendía. Porque en aquella época, la caza se le venía encima tratando de ver quien cazaba a quien. El pedernal marcó esa edad de la caza, y aún resucitó con la aparición de la esquirla que incendiaba la pólvora de las escopetas de chispa. Pero, en el paleolítico, no existían la ganadería ni la agricultura. La caza era buscar el diario sustento. Era, sencillamente matar el hambre. Por eso, cuando el hombre prehistórico entregó su hacha de piedra al hombre histórico que llevaba una escopeta al hombro, le entregó el legado que le permitiría ejercer la caza como un deporte y no como una necesidad…!

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