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CERRATO INSOLITO

Racionamiento y estraperlo

Servidea_Arribas1
Actualizado 17/01/2018 10:11:22
Fernando Pastor

Recién finalizada la guerra española, la escasez de alimentos motivó una orden gubernamental estableciendo un régimen de racionamiento para productos básicos y de primera necesidad, con las correspondientes cartillas de racionamiento, primero familiares y desde 1943 individuales, formadas por cupones que sellaban o cortaban cuando se usaban, para controlar el consumo que de ellos hacían los ciudadanos.

Recién finalizada la guerra española, la escasez de alimentos motivó una orden gubernamental, de fecha 14 de mayo de 1939, estableciendo un régimen de racionamiento para productos básicos y de primera necesidad, con las correspondientes cartillas de racionamiento, primero familiares y desde 1943 individuales, formadas por cupones que sellaban o cortaban cuando se usaban, para controlar el consumo que de ellos hacían los ciudadanos. En ese consumo se establecieron categorías, de forma que los militares y los curas disponían de más cantidad, los hombres más que las mujeres, los niños menos aún y los adultos de más de 60 años se equiparaban a las mujeres, aunque también se tenía en cuenta el estado de salud, el tipo de trabajo que se desarrollaba e incluso la posición social de cada persona; también variaba en función del producto concreto racionado. Este régimen duró hasta mayo de 1952.

La compra-venta de productos racionados excediendo el cupo, burlando la norma, se llamó estraperlo. Este nombre proviene de una ruleta eléctrica denominada straperlo, que a su vez se deriva de la unión de la primera parte de los apellidos de tres empresarios holandeses, Strauss, Perel y Lowann, que en 1934 pretendieron sobornar al gobierno para que les permitiera introducir esa ruleta en el Casino de San Sebastián y en algunos hoteles de Mallorca. La ruleta straperlo estaba trucada, pues tenía un botón que posibilitaba que saliera la bola que la banca quisiera, por lo que la palabra estraperlo (ya castellanizada) sirvió para designar cualquier negocio realizado con fraude.

El hambre y la necesidad hacían que el estraperlo estuviera a la orden del día, y explican episodios como el ocurrido en Espinosa de Cerrato. Servidea Arribas Pascual, que desde muy pequeña había visto que en la panadería había que entregar un cupón para que les dieran pan, cuando tenía 9 años se encontró en la calle uno de estos cupones de racionamiento, que se le habría perdido a alguna vecina. Lo cogió y se lo enseñó a su madre, Priscila Pascual, diciéndole “esto sirve para comprar pan, ¿verdad?”, y su madre le respondió: “sí, hija, vete con él a la panadería y pides que te vendan pan, y si te preguntan quién te ha dado ese cupón dices que una señora que vive ahí arriba y te ha mandado a por pan, pero que no te acuerdas cómo se llama”. El panadero, viendo el número del cupón (estaban todos numerados), supo de quién era y le vendió el pan. Servidea lo cogió y lo llevó a su casa.

En numerosas ocasiones el estraperlo se enmascaraba en trueques, cambiando por ejemplo aceite por queso, u otros productos.

Muchos estraperlistas iban en bicicleta desde Valladolid a Villafuerte a hacer acopio de panes para luego venderlos al estraperlo. Hasta que les pilló la Guardia Civil, que multó también al panadero que se los vendía.

En Cubillas de Cerrato los guardias civiles pedían a los vecinos uvas, paja para la gloria, cebada para sus gallinas o sus cerdos si tenían, etc. El cuartel tenía jurisdicción también sobre Población de Cerrato y Alba de Cerrato, en las que hay mucho monte, por lo que a cada agricultor de estas dos localidades les pedían un carro de leña.

En Piñel de Abajo Florentino Perote iba clandestinamente al molino con un macho, y lo abrupto del camino elegido para no ser visto provocó que se le cayera la talega del macho, derramándose el trigo. Con tan mala suerte que le vio la Guardia Civil, que andaba por allí. Pero sorpresivamente no solo no le denunciaron sino que le ayudaron a cogerlo y volverlo a echar en la talega. Varios días después uno de los guardias civiles se presentó en casa de Florentino a comprarle una fanega de cebada para las gallinas; le preguntó cuánto le tenía que dar, pero no le cobró nada, se la regaló por no haberle denunciado cuando se le cayó el trigo yendo al molino. Todo lo contrario hizo Fermín Redondo: cuando el cabo de la Guardia Civil fue a comprarle una fanega de cebada para sus gallinas, se la intentó cobrar a precio de estraperlo. No le denunció, pero se la pagó a precio legal.

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