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POR CAUCES Y LADERAS

El declive de la perdiz salvaje

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Actualizado 01/02/2018 11:06:10
Por cauces y laderas

A estas alturas nadie discute ya que la brava perdiz que siempre pobló páramos y montes esté en franca regresión y que entre muchas de las causas de esta alarmante disminución es el deterioro del hábitat y las malditas sequías. Parece evidente entonces, que si en un terreno donde no pueden vivir unos pájaros nacidos y criados en él, soltamos unos de granja, su supervivencia será un milagro, pero lo que es seguro es que se habrá perjudicado a las autóctonas.

TELLO ANTOLÍN

No hace mucho leí en una revista “cinegética” un artículo firmado por Juan Delibes en el que manifestaba la importancia de cuidar las perdices salvajes, seriamente amenazadas, y la estrecha relación que hay entre la suelta de pájaros de granja y la desaparición de las “patirrojas” campesinas. El asunto parece serio si tenemos en cuenta que son más de cuatro millones por temporada de pájaros de granja los que se sueltan en nuestros campos, para que unos ávidos escopeteros colmen sus ansias de “Foguear” y más tarde presuman de su abultada percha. El padre de Juan, D. Miguel Delibes, ya escribía por los años setenta, en su libro “Con la escopeta al hombro” sobre la escasez de “patirrojas” en los terrenos libres de aprovechamiento, y con una acertada visión de futuro, afirmaba que era necesario, cazar con método y cautela.

A estas alturas nadie discute ya que la brava perdiz que siempre pobló páramos y montes esté en franca regresión y que entre muchas de las causas de esta alarmante disminución es el deterioro del hábitat y las malditas sequías. Parece evidente entonces, que si en un terreno donde no pueden vivir unos pájaros nacidos y criados en él, soltamos unos de granja, su supervivencia será un milagro, pero lo que es seguro es que se habrá perjudicado a las autóctonas, no solo por la frecuente transmisión de enfermedades, sino porque habrán sido un reclamo para los predadores alados y terrestres. O sea que la forma de recuperar la caza en el acotado es mejorar el medio y entonces veremos cómo aumenta la población de nuestras perdices. Naturalmente que, además de unas condiciones adecuadas para la vida de éstas, hay que gestionar razonablemente esos terrenos y no explotarlos en demasía; hay que conseguir un aprovechamiento sostenible, lo cual no es tan complicado, porque la naturaleza, a poco que se la ayude, termina por prevalecer. También es cierto que la disminución de cazadores de caza menor que se observa en los últimos tiempos, habrá sido por la pérdida de ese antiguo encanto, de ese matiz romántico y de pequeña aventura, de incertidumbre, que tenía la caza. No me arrepiento de ser un empedernido defensor de los antiguos usos y costumbres en la caza, partidario a ultranza de una forma de cazar que poco futuro tiene. Los cazadores que tenemos un sentido un tanto romántico y tal vez trasnochado de la caza —cada vez menos— pensamos que la actividad cinegética es un ejercicio en el que el cazador se enfrenta a un animal libre y salvaje, que tiene su oportunidad en el propio instinto de supervivencia y en sus facultades, cincelados en la especie a través de siglos de un duro aprendizaje. El problema ahora ya no es técnico; la dificultad no está en cómo recuperar la perdiz de antes, si no si existe voluntad de hacerlo. Y el veterano cazador tiene serias dudas sobre los propósitos de los que pudieron intentarlo, porque la administración no está poniendo demasiado interés y los que gustan de ese ejercicio al aire libre en que se ha convertido para muchos lo que era la caza, son cada vez más numerosos.

Juan Delibes invoca la ayuda de los cazadores en ese loable empeño de devolver a nuestros campos el vibrante vuelo de la brava perdiz, con una razonable abundancia que permita su aprovechamiento. Yo soy muy escéptico en ese campo y casi doy por perdida la partida. Mi percepción de la caza es, desde luego, romántica e idealista pero, inevitablemente ese idealismo está ribeteado de una cierta desesperanza, una desesperanza que ha venido a lomos de una experiencia de casi medio siglo cazando.

En fin, estoy seguro de que la solución será muy difícil, porque voces más autorizadas que la de este veterano cazador, ya clamaron en el desierto por lo que se ha visto, hace décadas, y no puedo evitar que un sentimiento de nostalgia y de tristeza me invada cuando pienso que algún día pueda desaparecer de nuestros campos y páramos el vuelo de nuestra incomparable perdiz roja. Sean estas líneas un merecido homenaje a un pájaro que nos ha proporcionado tantas satisfacciones y que merece todo lo que hagamos por seguir manteniéndolos como la Naturaleza nos los regaló…!

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