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CERRATO INSOLITO

Fiscalía de tasas en las casas

Valbuena_de_Duero_Fernando_Medrano_Nieto
Actualizado 01/02/2018 10:27:28
Fernando Pastor

El racionamiento dio lugar a dos figuras jurídicas muy presentes en la vida cerrateña de postguerra: la Fiscalía de tasas y el Fielato, controladas por la Comisaría de Abastecimientos y Transporte (CAT).

El racionamiento dio lugar a dos figuras jurídicas muy presentes en la vida cerrateña de postguerra: la Fiscalía de tasas y el Fielato, controladas por la Comisaría de Abastecimientos y Transporte (CAT).

En los pueblos del Cerrato —eminentemente agrícolas— los vecinos tenían que entregar en el Servicio Nacional de Productos Agrícolas (SENPA) la parte de su producción que excediera al cupo asignado, donde les era pagado a un precio ínfimo. Quien no tuviera medios para llevarlo al SENPA podía solicitar que se lo llevara el ejército, pero pagando ellos el porte.

Cada vecino tenía una ficha en la que debía figurar lo recolectado o producido y lo que le correspondía quedarse. La Fiscalía de tasas recorría los pueblos (en coche o en moto con sidecar) para controlar que ningún vecino se quedara con una cantidad superior a la asignada, requisándosela y multándoles si ocurría. En teoría era para evitar el estraperlo, aunque en la mayoría de los casos no lo vendían al estraperlo sino que era para consumo familiar ya que el cupo estaba en niveles de miseria y hambre.

En estas situaciones surge el humor popular, quizás como mecanismo de autodefensa mental. Así, en Torquemada se popularizó una cancioncilla, parodia de una famosa canción de la época, “Salud, dinero y amor”, pero adaptando la letra, para decir “el que tenga un jamón, que le cuide, que le cuide; y el tocino y los huesos que no los tire. El que tenga un jamón que le coma, que le coma; que viene la fiscalía y te lo raciona”.

Ello también dio lugar a que los vecinos agudizaran el ingenio para ocultar los cereales, legumbres, vino, cerdos, lechazos, conejos, etc. que producían. Lo escondían en pozos, en bodegas, en cuevas, en los huecos de las escaleras, en el desván de los abuelos (la fiscalía no solía inspeccionar a las personas que no hacían cosecha), en las camas sustituyendo los colchones por talegas de harina, en los cubos de basura debajo de la bolsa, enterrado en el pajar, haciendo fosos en el suelo de las cuadras y de las naves y cubriéndolos con tierra y maquinaria, haciendo cuchitrillos (paredes falsas de adobe) en habitaciones y alcobas, haciendo dobles fondos en armarios o huecos en la pared tapados con los armarios a veces sin fondo para poder entrar a por ello a través del propio armario (como en casa de Fernando Medrano, en Valbuena de Duero, que tenían que entrar los niños porque los adultos no cabían).

En Cobos de Carrato, el señor Urbano traía de estraperlo zafras de aceite en un camión. Para que no se lo pillaran, hizo un hoyo en una tenada, metió el aceite y echó lana de las ovejas por encima para taparlo. Pasado un tiempo sustituyeron las ovejas por cerdos, y los hijos del dueño del corral, Vicente y Rogelio, que no sabían lo que había allí, fueron una noche a echar de comer a los cerdos y al pisar en el hoyo se cayeron en él. Encendieron una cerilla para ver, y encontraron las zafras.

En Castrillo Tejeriego estando Vicente Sancho arando en el pago La Estrella, el mulo cayó en un socavón lleno de barro rojo. Así descubrieron que había silos subterráneos, probablemente de la época árabe, que conectaban internamente con el arroyo y que en la posguerra pudieron servir también para esconder productos burlando a la Fiscalía de tasas.

Los productos de la matanza también eran objeto de decomiso. Por ello en Torresandino les ponían a los cerdos una cebadera de los mulos atada en la boca, para que se oyeran menos los chillidos. Para que no saliera olor de las morcillas, las hacían a las 4 de la mañana y previamente rociaban toda la casa con Zotal (aunque a veces delataba más el olor del Zotal que el de la sangre del cochino).

En Villafruela ocultaban la propia existencia de los gorrinos, metiendo un saco en la boca para evitar los gruñidos.

Generalmente unos vecinos avisaban a otros cuando veían acercarse al pueblo a los agentes de la Fiscalía de tasas, que a veces se escondían para no ser vistos. Aunque también ocurría lo contrario: vecinos que delataban a otros. Y lo que era inevitable en muchas ocasiones eran los enfrentamientos entre los vecinos, tratando de ocultar, y los agentes, tratando de descubrir.

Y también la picaresca. En Olivares, la Fiscalía de tasas precintó una nave para inspeccionarla bien el día siguiente. El dueño, avisado por unos parientes y sabiendo que allí tenía mucho más trigo del permitido, fue a la nave, entró por una ventana y puso un embudo en la gatera para sacar por ahí el trigo, meterlo en sacos y llevárselo de allí.

En Población de Cerrato la Fiscalía de tasas visitó la casa de Florentino “El Narices” y él comenzó a tocarse el cuerpo gritando “ay que dolor, ay que dolor”. Los agentes creyeron que estaba muy enfermo y se marcharon sin requisarle nada. Además estaba prohibido inspeccionar las habitaciones en las que hubiera personas enfermas.

En esta misma localidad, los agentes de la Fiscalía de tasas entraron a comer en el bar de Wenceslao Aragón “El Tacones”, y éste les acompañó en la mesa comiendo con ellos. Cuando estaban ya en los postres llegó una chiquilla llamada Fe, sobrina de El Tacones, diciendo “tío, tío, mi padre está cogiendo los sacos de trigo y los está escondiendo entre la paja del pajar”. Los agentes se miraron y rápidamente le preguntaron “¿qué dices, niña?”. Y El Tacones salió al quite: “déjenla, que no sabe lo que dice”.

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