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POR CAUCES Y LADERAS

Lebreles de viento y olvido

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Actualizado 01/03/2018 11:26:59
Por cauces y laderas

Pocas formas de caza existen tan deportivas y tan primitivas como la caza de la liebre con galgos. Sin embargo, sobre el pecho de atleta de estos animales brilla una medalla, cuyo revés es el fango, ¡si el fango!. Porque la velocidad que lo lleva en volandas a la gloria, lo arrastra cuando le falta, cuando no puede, cuando no corre, a una ciénaga de olvido o al áspero abrazo de esparto de una soga al cuello.

TELLO ANTOLÍN

Un galgo es un golpe de viento, una flecha mamífera, un guepardo vestido de perro. La leche de las galgas amamanta halcones de cuatro patas, morro afilado y mirada inocente. Pocas cosas hay tan bellas como un galgo en carrera. Pocas formas de caza existen tan deportivas y tan primitivas como la caza de la liebre con galgos. Sin embargo, sobre el pecho de atleta de estos animales brilla una medalla, cuyo revés es el fango, ¡si el fango!. Porque la velocidad que lo lleva en volandas a la gloria, lo arrastra cuando le falta, cuando no puede, cuando no corre, a una ciénaga de olvido o al áspero abrazo de esparto de una soga al cuello. Un galgo mediocre o viejo es un candidato firme al abandono o a la muerte.

A diferencia de lo que ocurre con otras razas de perros, la manga para estos lebreles es muy estrecha y los afeites que reciben los campeones, se vuelven ortigas para los que no dan la talla, en los labrados o en los páramos. Consten aquí mis respetos por los muchos galgueros que cuidan y miman a sus perros no solo en su primera fase de oros veloces, sino también en otoño y en el invierno de sus velas sin viento. Puestos a acusar recibos, figure también mi desprecio más amargo hacia todos los que explotan la juventud veloz de estos animales de mirada dulce, para hacer carne de liebre cortando la alambrada de las vedas para furtivear los cotos y después darles el paseillo de abandono o de muerte, cuando ya no valen, cuando no les queda más que dar. Todos los perros abandonados son un problema, pero si el errante es un galgo, el problema se hace doble porque, aunque cojo o viejo, a esta animal le sobran patas para cazar.

Estos lebreles sin suerte campean ¡en la mayoría de los casos, sin saberlo! por el corredor de la muerte, y ni el mismísimo Rick Perry, ex gobernador de Texas, sería capaz de conmutarles la condena, porque muchos guardas de cotos, han echado callo en el alma y disparan sobre ellos como si fueran dianas de cartón. Ya sé que las alternativas no son fáciles, que a estos animales no hay forma de acercarse, porque la vida les ha vuelto huidizos, comidos de un miedo que les galopa la sangre en su corazón de perro apaleado, de perro sin dueño. ¡Soledad de perro! Sería necesaria una paciencia de “caracol” en hora punta, un corazón tan grande como el suyo, para traerles a nuestro lado, para gestionar su jubilación a la vera de alguien a quien le baste su porte de anciano corredor, su hechura de atleta mediocre con ojos de pan ácimo y mano de mendigo. Quizá yo sea un cazador con alma de “cenicienta” pero sé de mis límites, de mi absoluta incapacidad para disparar entre los ojos grandes y mansos a quien el hombre ha traicionado. En fin; si consigo con este artículo que un solo dedo se paralice sobre el gatillo, que una sola mano se niegue a hacer el mundo de las sogas, ya me sentiré más que pagado.

Hoy no quiero ver cómo las hojas secas de estas palabras se las lleva el viento, probablemente el mismo que en el corazón de los –LEBRELES- ¡La vida tiene ironías que duelen como un disparo!

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