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CERRATO INSOLITO

Gregorio Ruíz

Gregorio_Ruiz
Actualizado 16/03/2018 12:37:23
Fernando Pastor

Un episodio que refleja el miedo que infundía la Fiscalía de Tasas lo vivió en primera persona Gregorio Ruiz. Natural de Castroverde de Cerrato, en los años cuarenta se trasladó a vivir a Valladolid para estudiar perito mercantil. Los fines de semana solía regresar al pueblo, ya que tenía la novia en Torre de Esgueva a tan solo 2 km.

Un episodio que refleja el miedo que infundía la Fiscalía de Tasas lo vivió en primera persona Gregorio Ruiz.

Natural de Castroverde de Cerrato, en los años cuarenta se trasladó a vivir a Valladolid para estudiar perito mercantil. Los fines de semana solía regresar al pueblo, ya que tenía la novia en Torre de Esgueva a tan solo 2 km.

Así, un fin de semana se disponía a coger el coche de línea que le llevara de Valladolid a Castroverde, junto con otros cuatro amigos del pueblo, pero ya no quedaban plazas libres en el autobús, y en aquella época solo había un autobús al día que recorriera esa línea. Decidieron coger un taxi entre los cinco, pero solo hasta Castronuevo de Esgueva, pagando un duro cada uno, pues esperaban que allí se bajaran viajeros y ya hubiera plazas libres en el autobús, más barato que el taxi, para hacer el resto del trayecto. Pero al llegar a Castronuevo la diferencia entre los viajeros que bajaron y los que subieron posibilitó que quedaran solamente dos plazas libres. Se montaron dos en el autobús y los otros tres, entre ellos Gregorio, no tenían ni plaza ni dinero para poder seguir en taxi.

Entonces, tenían dos opciones, y ambas pasaban por caminar. Una era volverse a Valladolid (14 km.) y la otra seguir hasta Castroverde (33 km.). Gregorio no quería pasarse el fin de semana sin ver a su novia, así que les convenció para ir andando hasta Castroverde. Al llegar a Villanueva de los Infantes, uno de los tres andarines se quedó allí, aprovechando que en esta localidad vivía su hermana. Los otros continuaron un camino que cada vez se les hacía más penoso. Nada menos que a las 11 de la noche llegaron a Piña de Esgueva, con el voraz apetito que la caminata y la hora les había provocado, así que preguntaron por la panadería. Les indicaron y allí fueron. Estaba cerrada, pero vieron que había gente dentro trabajando, por lo que llamaron. Los de dentro dieron la callada por respuesta. Desfallecidos por el hambre, insistieron llamando una y otra vez, hasta que escucharon una voz desde el interior del establecimiento: “¿quiénes son ustedes?” al tiempo que se asomaron y vieron a Gregorio con libros, carpetas y apuntes de sus estudios de perito mercantil, por lo que pensaron de que eran de la Fiscalía de Tasas, y dada la hora que era no pensaron en otra posibilidad. En la panadería se solían quedar hasta las tres de la mañana trabajando guardando harina, por lo que temían siempre una inesperada visita nocturna de la Fiscalía de Tasas. Pero Gregorio aclaró la situación diciendo “somos de Castroverde, a ver si nos hacen el favor de vendernos un pan”.

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