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POR CAUCES Y LADERAS

La llamada de la trucha

RUBEN-PEQUENO-GRAN-PESCADOR
Actualizado 02/04/2018 11:40:50
Por cauces y laderas

Uno ha escrito ya demasiadas cuartillas en torno a las motivaciones que para el aficionado puede entrañar la pesca de la trucha, esa pesca tan concurrida y entrañable. El pescador de truchas, en las atardecidas del verano y en las frías amanecidas de marzo, no es un escultor de grandes obras, sino un minucioso creador de atractivas y bellas imitaciones. Es lo suyo, ir sabiendo recoger de la naturaleza con detalle y minuciosidad, recogerle al “campo” un fruto que hay que saber ir entresacando sin excesiva paz y sin excesiva violencia

TELLO ANTOLÍN

Ese hombre al que tanto gusta volver a la naturaleza, que es el cazador y el pescador, por menos de nada se empapa en música celestial. Se ve empapado, porque lo suyo es una llamada, o como se decía antes, una vocación. Ortega y Gasset habló de “un modo de felicidad”. Le llama un día la montaña, otro el marjal, hoy la orilla del río, el encinar o la rastrojera, pero no es la suya una llamada estática del paisaje en sí y por sí, sino del “campo” como contenido de vida. Y, como cada “campo” tiene su hora, aquí entran en juego las estaciones y las veleidades meteorológicas, las cuales, modifican el mismo paisaje que se contempla como sitio en que va a entretenerse y, por eso, mientras que D. Miguel Delibes habla de “la llamada del Campo”, a mi me gusta más hablar de “la llamada del tiempo”. Ese tiempo es el que ahora, en marzo, casi a las puertas de esa fecha en que comienza la primavera oficial, golpea en nuestras puertas, en las ventanas de esa especial sensibilidad que tenemos los cazadores y pescadores a flor de alma y a flor de piel, y tira de nosotros hacia el río de las truchas.

Pero lo curioso es que las truchas ahora se mueven más en chorreras y pozas, esa simple poza es su verdadero “campo” que ahora reclama como antaño las míticas sirenas al pescador. A este hombre que piensa en las truchas, le ocurre que siente su proyección hacia un escenario complejo hecho de ríos largos y de aledaños montaraces. Esta es la llamada que siente hoy, con la desveda de la trucha, el pescador y está la agreste montaña, el cauce pedregoso, el salpicado de la cascada, la mosca o la abeja que intenta posarse a beber. La transparencia de un recodo, un destello de sol, la última nube gris bajo el azul del cielo, la corriente, el remanso, la visera del aliso o el tupido carrizal y, acaso la sombra de una trucha subitánea que al barruntarnos huye a esconderse. Es el día abrileño de lluvia con nidos de pájaros maltrechos, rezumando charcos de agua el impermeable y la nariz de nuestro hombre, desmadejando por la ribera vegetación que rezuma, sin espejos en el agua, sobre ríos ocres y embarrados, opacos y tumultuosos, que a pesar de todo agazapan dentro vidas de plata, la moteada plata de esas truchas bellas y salvajes. Uno ha escrito ya demasiadas cuartillas en torno a las motivaciones que para el aficionado puede entrañar la pesca de la trucha, esa pesca tan concurrida y entrañable. El pescador de truchas, en las atardecidas del verano y en las frías amanecidas de marzo, no es un escultor de grandes obras, sino un minucioso creador de atractivas y bellas imitaciones.

Es lo suyo, ir sabiendo recoger de la naturaleza con detalle y minuciosidad, recogerle al “campo” un fruto que hay que saber ir entresacando sin excesiva paz y sin excesiva violencia. Y ya lo otro no cuenta, porque ¿qué más dará el tiempo ponderado de un cebo puesto ahí, o el tacto de un señuelo que puede culminar en la suave caída de una pluma sobre la superficie del agua? Ahí está la trucha y está llamándonos. Llamándonos a que vayamos a llamarla.

Su campo, su escenario, su paisaje, ella misma ante todo, están ahí pidiendo de nosotros una sola cosa ¡sensibilidad y respeto! En fin: empezaremos pescando en mi preferido río Carrión, ese río que me vio crecer y que tantos días de felicidad me ha regalado. Pescaré en mi rincón y ¡cómo no! con la ninfa de mis sueños…. La Lady Marian…. ¡Suerte a todos!

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