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OPINIóN

Camino de futuro

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Actualizado 16/04/2018 12:05:52
Redacción

8 de marzo de 2018. Inédita manifestación de mujeres. Un soplo de aire fresco. Para muchos, la esperanza de inicio de un camino hacia la igualdad; hacia la corrección de la injusticia de género que lastra a este país; a Europa, al mundo entero. Para otros también la esperanza de que sea el embrión de una nueva manera de hacer, de concebir la vida, de sentido de comunidad. De que integremos todos en nuestro quehacer diario el sentimiento, la calidez, el cariño, la preocupación por los demás. Poco a poco; los cambios son largos y difíciles.

Jordi Negre Meléndez/ Abogado I.C.A Cantabria

8 de marzo de 2018. Inédita manifestación de mujeres. Un soplo de aire fresco. Para muchos, la esperanza de inicio de un camino hacia la igualdad; hacia la corrección de la injusticia de género que lastra a este país; a Europa, al mundo entero. Para otros también la esperanza de que sea el embrión de una nueva manera de hacer, de concebir la vida, de sentido de comunidad. De que integremos todos en nuestro quehacer diario el sentimiento, la calidez, el cariño, la preocupación por los demás. Poco a poco; los cambios son largos y difíciles. Para que acojamos todos, en especial los hombres, aquello que históricamente identificamos únicamente como femenino, a pesar de formar parte también del ser humano masculino; muy aplastado empero bajo capas diversas. Feminismo. Una señal, una frontera, una esperanza.

Un miedo también. Que las reivindicaciones de igualdad se truequen en uniformización a lo masculino. Que a la postre acabemos remando todos en la misma dirección a la que los hombres han llevado a este mundo; competitividad, dureza, carencia, negación de emociones. Algunas de las medidas recientemente propuestas no son un buen augurio. En especial por lo que respecta a la maternidad y conciliación familiar. Miedo a que se camine hacia una mayor separación de la mujer de sus hijos, en lugar de acercar al hombre y facilitar la conciliación a ambos. Miedo a que queden todavía más solos, con sus pantallas.

Hace más de siete años dejé mi solvente empresa sita en una próspera capital de provincia para, entre otras cosas, poder vivir una paternidad presente. Algo extraño, muy extraño en el que era mi mundo. Un cambio también fruto del hartazgo del estrés, la competitividad, la agresividad inherente a mi trabajo. Masculinidad en estado puro. En esos siete años de austeridad e intenso vínculo familiar he podido degustar lo que supone estar presente, ser un padre, un marido también, que participa activamente a la hora de formar familia; de cuidar y mantener el nido; de ofrecer tiempo, no sólo tiempo de calidad; construcción falaz en pro del capitalismo. He podido descubrir las inmensas posibilidades meditativas que ofrecen ciertas y denostadas labores domésticas; de ver cómo lavar la ropa de tu hijo, ver cómo va cambiando de talla, prepararle la comida… hace crecer una semilla interior de vínculo con él. Un vínculo indescriptible. La emoción de compartir tantos y tantos momentos de su vida. Los más grandes y los más pequeños, los más importantes. Y lo mismo, con su propia idiosincrasia, cabría decir en relación a la pareja.

Vínculo, sentimientos, que se nos han prohibido, cuanto menos dificultado a los hombres, desde siempre. Porque créanme, el reclamo del éxito, el reconocimiento, el dinero… vuelve de vez en cuando a llamar a la puerta. Una lucha constante, quizás para siempre. Los estereotipos inculcados a fuego, transmitidos de generación en generación, son un enemigo poderoso e implacable. Decía Thomas Merton que el drama del ser humano es que cree que sólo vive en la mirada del otro. El ser humano varón vive ahí constantemente, aun no sabiendo que lo hace.

Esperemos que el movimiento de las mujeres se transforme con el tiempo en un caminar unidos guiados por esos valores femeninos que han faltado históricamente en nuestra sociedad, sin que parte de los mismos se pierdan por el camino. Y que a una futura manifestación pueda decirle a mi mujer: cariño, a esta voy yo, por los dos, y también por él.

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