Disponible en
Ir a la versión móvil App para iOS App para Android en Google Play
Síguenos en twitter Estamos en Facebook
Compartir:

CERRATO INSOLITO

Lo lleva entre las piernas

carro
Actualizado 16/04/2018 11:12:07
Fernando Pastor

El Fielato que controlaba la entrada en Valladolid de las mercancías procedentes del Valle del Esgueva (Cerrato vallisoletano) le llamaban “la puerta” y estaba situado en la calle Madre de Dios, en el edificio que luego sería prisión y actualmente un centro cívico.

El Fielato que controlaba la entrada en Valladolid de las mercancías procedentes del Valle del Esgueva (Cerrato vallisoletano) le llamaban “la puerta” y estaba situado en la calle Madre de Dios, en el edificio que luego sería prisión y actualmente un centro cívico.

Un vecino de Villarmentero llegó allí con un pollo, y como no quería o no podía pagar el tributo correspondiente, no se lo dejaron pasar. Prefirió soltarlo, algo en lo que no estaba muy de acuerdo la “tía Kika” (una mujer que le acompañaba), por lo que se fue corriendo tras el pollo. En la alocada carrera, el pollo cayó en un pozo que había sin tapar, pero sin agua, y la tía Kika cayó también.

También llevaba pollos en un carro un obrero asalariado de Honorato Sanz Bargueño, un adinerado e influyente hombre de Villabáñez. En el Fielato le pidieron el correspondiente tributo, pero no tenía dinero. Sin pagar no le permitían entrar en Valladolid. Así que, no sabiendo qué hacer, le puso la cebadera al burro que tiraba del carro y se quedó allí, a las puertas del Fielato. Hasta que hablando con el consumero salió a relucir que los pollos no eran suyos sino de Honorato Sanz. El consumero se quedó lívido, le dejó pasar inmediatamente y pidiéndole perdón temiendo ser despedido por no haber dejado pasar sin pagar una mercancía de Don Honorato Sanz.

Se dice, quizás exageradamente en algunos casos, que había quien tras discutir con el consumero acababan comiendo o bebiendo las mercancías que llevaban, para no pagar. Eso haría el señor Tomás, de Castronuevo, con un garrafón de vino. Y también los padres de Justino, joven de Renedo que vivía en Valladolid por estar allí estudiando y al que le llevaban carne guisada y vino; al pasar por el Fielato discutieron con el consumero sobre si esa mercancía estaba sujeta o no al pago del arbitrio, y como no llegaban a un acuerdo el padre se comió la carne y se bebió el vino y dijo “¿ahora qué, esto pasa o no pasa sin pagar?”, y el consumero, indignado al ver que no les pudo hacer pagar, no tuvo más remedio que dejarles pasar, aunque Justino no pudo catar la carne y el vino que le llevaban sus progenitores.

De Renedo también eran quienes idearon una estratagema para no pagar en el fielato. En una ocasión que escaseaba el abono suministraban el nitrato racionado, asignando una cantidad determinada para cada pueblo, por lo que tenían que ir todos los vecinos del pueblo a la vez a Valladolid a recogerlo. Eso provocó que se formara una gran reata de carros. Al regresar con el nitrato, según llegaba cada carro al Fielato le decían al consumero que el jefe era el que cerraba la comitiva y que él se encargaría de liquidar el impuesto de todos. Cuando llegó el último carro el consumero le dijo que había contado 40 carros y que en función de ello salía el importe que tenía que pagar, a lo que él contestó que no tenía nada que ver con los carros que le habían precedido, por lo que solo estaba dispuesto a pagar lo suyo, sin que el consumero pudiera hacer ya nada por cobrar al resto. Al llegar todos a Renedo lo celebraron con una merienda.

Siguiendo con Renedo, en otra ocasión varias mujeres iban a Valladolid a vender un conejo. En el Fielato el consumero les preguntó qué llevaban. Una de las mujeres, muy jovencilla, respondió “un conejo”, a lo que el consumero dijo sonriendo “pues déjele que se críe”.

En Castronuevo tenía una tienda el señor Dimas, por lo que casi todos los días iba a Valladolid con un carro, a comprar o a vender. Aprovechando esa circunstancia siempre había alguien en el pueblo que le decía “Sr. Dimas, ¿me puede bajar a Valladolid con usted?”. Así, un día bajó con él en el carro una mujer, Dionisia, para llevar embutidos y legumbres a un familiar que vivía en Valladolid. Para que no se lo vieran en el Fielato lo metió en un atillo, se lo ató a las piernas y lo tapó con la falda. Al llegar al Fielato, el consumero se subió al estribo del carro para revisar todas las cajas y apuntar lo que llevaban. Y cuando ya se iban, el señor Dimas le dice al consumero “oye, que no le has mirado a ésta, que lo lleva entre las piernas”, y Dionisia saltó “ay señor Dimas, siempre está usted pensando en lo mismo”, ante la sonrisa del consumero.

Esta web utiliza 'cookies' propias y de terceros para ofrecerte una mejor experiencia y servicio. Al navegar o utilizar nuestros servicios, aceptas el uso que hacemos de ellas. Puedes cambiar la configuración de 'cookies' en cualquier momento.

AceptoMás información