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CULTURA

In memoriam: Félix de la Vega

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Actualizado 16/05/2018 11:07:12
Redacción

El pintor palentino, nacido en 1959, falleció el pasado 8 de mayo a los 59 años. Todos los presentes somos tus valedores, los albaceas de tu memoria, los huérfanos de tu compañía y no podemos decirte otra cosa que hasta luego, compañero, nos vemos en la próxima exposición. Sabemos que no nos vas a fallar. Nunca lo hiciste y ahora, que estás tan dentro de nosotros, menos que nunca.

Querido Félix:

No hace mucho, en una de nuestras últimas conversaciones, recuerdo que con un aplomo que yo nunca tendré, me confesaste que te quedaba poco tiempo de estar con nosotros, que ni siquiera sabías si estarías presente para acompañarnos en tu última exposición y yo, aparte de las típicas frases hechas de quien no sabe qué decir, te confesé que admiraba tu entereza. Eso es lo primero que se me vino a la cabeza el 8 de mayo por la tarde, cuando nuestro común amigo Ángel —Cuesta— me dio la noticia de tu marcha, no por esperada menos demoledora: “acaba de morir Félix” me dijo con toda la emoción del mundo. Y en ese momento, al igual que ahora, se agolparon en mí tantos recuerdos que ya no sabía dónde ponerlos.

Han sido muchos años, amigo. Fíjate, nada menos que desde 1978, tú repartiendo dibujos en “La Buhardilla”, yo refugiado en mi “Cueva”, ambos y todos los demás jóvenes entusiastas que entonces ya nos queríamos comer el mundo, compartiendo alegrías, inquietudes y luchas.

Y ahora estamos aquí, para despedirte y nunca olvidarte, muchos de los que te queremos, empezando por tu familia, de la que tan orgulloso estabas: Raquel, como tu otra mitad indivisible, pero, sobre todo, Tello, en quien tantas esperanzas pusiste, y Alicia, esa “niña de tus ojos” de quien nos hablabas últimamente con tanto entusiasmo, que nos lo contagiaste. Seguro que no nos van a defraudar. Aquí están, como estamos todos, empeñados en no olvidar al artista, pero, sobre todo, al compañero, al padre y al amigo.

Nos dejas una tarea, la de honrar tu memoria, ciertamente sencilla, porque tu persona y tu obra no son fáciles de olvidar y no me cabe ninguna duda de que cuando cualquiera se pare a contemplar uno de tus cuadros, va a pensar que en él se conserva un pedazo de Félix de la Vega y no se va a equivocar, pues quienes bien te conocemos, y te queremos, sabemos de qué manera te implicabas con tus “criaturas” y cómo no dabas ni una sola pincelada al azar.

Por eso, aunque tu presencia física nos falte, no nos vamos a sentir nunca solos. Hay mucho que nos va a recordar las horas compartidas en tu compañía, pero si alguna vez tuviéramos la tentación de olvidarlas, eso no será posible, porque estarán para acompañarnos todos esos personajes tan tuyos y tan vivos que, cuando nos crucemos con ellos por la calle o en las escaleras de nuestras casas, harán que nos encontremos contigo.

Son los “torerillos sin gloria”, como tan acertadamente los bautizó otro de tus buenos amigos, Marcelino García Velasco. Son esos “tiernos canallas”, como yo mismo califiqué una vez a los individuos tristes acodados a la barra del bar, perdedores profesionales, de vuelta de todas las idas, cuyas historias singulares tan bien conocías y hacia los que declarabas preferencia. Los chulos de verbena y tupé bailando con sus novias de ropa ceñida, los viejos verdes, los tertulianos, las damas que ocupaban los palcos de tu particular teatro del mundo para contemplar tu irrepetible bululú y hasta los “ciudadanos cabreados”, que tan sospechosamente se nos parecían —tú sonreías y callabas— a Vicente Mateo, otro de tus antiguos amigos, compañero de fatigas con quien quizás ahora, al menos en nuestro recuerdo común, vuelvas a compartir de nuevo vino, tabaco y conversación.

Dicen que el tiempo todo lo cura, que ninguna persona querida se marcha del todo, pero querido Félix, si pudiera me gustaría preguntarte por qué nos has dejado tan a destiempo, cuando comenzabas a recoger los frutos de tu genialidad, a disfrutar del merecido reconocimiento de ese don que los dioses sólo dan a sus elegidos, aunque de sobra sabemos que el reconocimiento que más apreciabas era el de quienes te queremos bien y nunca disfrutabas tanto como cuando juntos nos embarcábamos en proyectos colectivos llenos de monstruos, piratas o detectives, cuando jugabas al ajedrez pictórico con Cuesta o intercambiabas con él esos palos de vuestra particular baraja que va a quedar inconclusa.

El tiempo, como bien sabías, juega siempre con las cartas marcadas y es a veces un tahúr tramposo, pero siempre estará al quite alguno de tus toreros descalzos para hacerle una larga cambiada a la muerte y llevarla a los “medios” de tu plaza, allí donde, desnudo de todo adorno, firme sobre la arena, entero como permaneciste hasta tus últimos momentos, seguirás ofreciéndonos la más memorable de las faenas, la del hombre que persiguió un sueño de artista, lo tuvo bien amarrado y lo repartió a manos llenas para el gozo común del pueblo y la admiración y el cariño de quienes tuvimos la gran suerte de compartir tantas horas contigo y de quienes sin conocerte, supieron o sabrán de tu obra.

Todos los presentes somos tus valedores, los albaceas de tu memoria, los huérfanos de tu compañía y no podemos decirte otra cosa que hasta luego, compañero, nos vemos en la próxima exposición. Sabemos que no nos vas a fallar. Nunca lo hiciste y ahora, que estás tan dentro de nosotros, menos que nunca.

JULIÁN ALONSO

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