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CERRATO INSOLITO

Francisca Hernández y la Inquisición

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El Inquisidor General Pedro Arbués, condenando a la hoguera a una familia de herejes.
Actualizado 01/04/2019 19:31:20
Fernando Pastor

Nacida en Canillas (Salamanca), siendo beata franciscana conoce en 1517 en la capital charra al bachiller Antonio de Medrano, que estaba allí estudiando, iniciando con él una “estrecha relación”. Dado que el Santo Oficio castigaba las relaciones “escandalosas” entre las beatas y sus devotos, en 1519 incoa un proceso contra ella, citándola a comparecer ante el Tribunal de Valladolid el 15 de diciembre, quedando con arresto domiciliario en casa de don Bernardino Velázquez.

El pasado 31 de Marzo se cumplieron 490 años de la detención en Toledo de Francisca Hernández por parte de la Inquisición. Villavaquerín y Castrillo Tejeriego albergaron episodios de la vida de esta mujer que fue de las más famosas de la España de su época.

Nacida en Canillas (Salamanca), siendo beata franciscana conoce en 1517 en la capital charra al bachiller Antonio de Medrano, que estaba allí estudiando, iniciando con él una “estrecha relación”. Dado que el Santo Oficio castigaba las relaciones “escandalosas” entre las beatas y sus devotos, en 1519 incoa un proceso contra ella, citándola a comparecer ante el Tribunal de Valladolid el 15 de diciembre, quedando con arresto domiciliario en casa de don Bernardino Velázquez.

Antonio también fue detenido, acusado de poner las ideas de Francisca por encima de las de doctores teólogos. Ya por entonces el Santo Oficio sospechaba que ella tenía relación con los alumbrados o iluminados, secta de carácter místico relacionada con el protestantismo.

Dado que el Iluminismo no estaba aún perseguido, Francisca es absuelta, mientras a Antonio se le impone la prohibición de tener comunicación directa con ella. Pero la incumple, ya que Francisca se quedó a vivir en Valladolid en casa de Pedro de Cazalla y Leonor de Vivero (matrimonio luterano) y Antonio se instala en una vivienda cuya ventana da a la de ella, y con frecuencia la visita y pernocta con ella.

Este incumplimiento provoca que en 1522 Antonio sea desterrado a 5 leguas a la redonda de Valladolid, destierro que también incumple, por lo que es obligado a irse. Vuelve a Salamanca, donde es acusado de “deshonestidades” con mujeres y sospecha de herejía, por lo que también es expulsado de allí, yéndose a su pueblo, Navarrete (La Rioja), donde ejerce como sacerdote y clérigo beneficiado. Desde allí mantiene correspondencia con Francisca, y mediante mensajeros (unos familiares) le envía pañuelos y otras prendas.

Litigios con otros clérigos provocan su excomunión, y las denuncias de varias mujeres le llevan en 1526 ante el Tribunal de la Inquisición de Logroño. La falta de pruebas contundentes hacen que la sentencia sea leve: es obligado a adjurar de sus ideas, no predicar en privado (solo desde el púlpito), no dar la comunión a personas niñas, prescindir de su ama de llaves y pagar 100 ducados de multa.

Pero desde el Edicto de Toledo de 1525 la persecución del Iluminismo ya era oficial. Es considerado una secta herética por afirmar estar alumbrados o iluminados (de ahí el nombre) por la gracia de Dios, con quien tienen contacto directo a través del Espíritu Santo, lo que les llevaba a rechazar la autoridad y jerarquía de la Iglesia, así como sus dogmas. Siendo Dios quien dicta directamente su conducta, consideran que no es posible pecar, por lo que tampoco se someten a confesión.

En este contexto es detenido de nuevo Antonio de Medrano, acusado de epicureísmo y de cometer 35 delitos. Es condenado a tormentos, y las severas torturas que le son infringidas provocan que haga declaraciones referentes a Francisca: relata los goces “espirituales”, y “carnales, aunque con intención limpia”, así como conductas que los inquisidores consideraron perversiones: cocinar para ella, vestirla, calzarla, cortarle las uñas de los pies… En su descargo indicó que si Dios no se hubiera encarnado en Cristo lo hubiera hecho en Francisca, por lo que estar a bien con ella significaba estar a bien con Dios, cuando se enojaba era Dios quien estaba ofendido, y que en definitiva Francisca le hizo pensar que los gozos de la vida no eran incompatibles con las cosas de Dios, por lo que retozar con ella no lo tenía como pecado. Ello entronca con uno de los postulados del Iluminismo: la mezcla de una fe profunda con las pasiones de la carne.

Y es que Francisca Hernández sublimaba las pasiones y las fantasías de sus devotos, que se arrodillaban ante ella como si fuese una divinidad, pero a la vez ejercían con ella actividades libidinosas. Así, otro devoto suyo, Fray Francisco Ortiz, consejero de la Orden de San Francisco de Asís, “mamaba de sus pechos la leche del Espíritu Santo y vertía sobre ella el caudal de amor y ternura que sus votos le impedían dirigir hacia otras mujeres”, según relata Ángela Selke de Sánchez en su libro “El caso del bachiller Antonio de Medrano, iluminado epicúreo del siglo XVI”, del que están sacados los datos históricos.

Las acusaciones fueron en cadena y el 31 de marzo de 1529 es detenida Francisca. Encarcelada en Toledo, comienza un proceso inquisitorial contra ella que se prolonga hasta 1532, encontrando el Santo Oficio motivos para ajusticiarla.

Con ella cayó gran parte del grupo de erasmistas y luteranos de Valladolid, en el que estaba encuadrada.

Su gran amistad con Doña Catalina de Guevara, hija de los señores de Villavaquerín, propició que uno de los encuentros con Antonio de Medrano tuviera lugar en esta localidad. Además, Doña Catalina y su esposo, Don Bernardino de Velasco, señor de Castrillo Tejeriego, la acogieron en su casa de esta localidad en el verano de 1527 y allí vivió un año y medio para estar alejada de la epidemia de peste que sufría Valladolid.

Cuando fue apresada por la Inquisición, esta pareja de cerrateños la asistieron y se ofrecieron a depositar la fianza que fuese necesaria para librarla, según consta en la página web de Alfonso de la Fuente, www.castrillotejeriego.com.