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POR CAUCES Y LADERAS

Empezando a soñar

PA76
'Lady Marian' una ninfa de ensueño.
Actualizado 02/04/2019 12:51:44
Por cauces y laderas

Y ahora, acaso sin el menor atisbo de primavera aún, tira mi cuerpo y mi pensamiento hacia el río, hacia unos ríos determinados, hacia las truchas que me esperan en ellos. Y es como si de pronto todo cuanto a la caza atañe se me distrajera, se me quedara ausente, o al menos distante, y cobrara especial realidad y relieve este agua de los ríos trucheros, este pez, y también todos esos “aparejos y demás” que habían quedado en casa olvidados en un rincón del viejo armario.

A uno se le hace inevitable separa la caza y la pesca, pero las vive por parejo y así, ocurre que acaba asistiendo a la rueda de las estaciones, la rueda del año, con mirada de continuidad, de algo que sucede a todos con entera naturalidad. Pasó el otoño de los hayedos, del encinar, de las viñas con sus sones rasgados en el viento, del rastrojo segado y arado y del cerro con espliegos, y sintió la arrancada del vuelo de la perdiz, el salto de la liebre, las negras nubecillas de estorninos una vez que ya pasó el azul de las palomas, el silbido del zorzal, los patos chapoteando el agua, la becada de la “umbría”, los gazapos del “majano”, el jabalí canoso delante del ladrido de los perros…! Y también, esos otros animales grandes que tienen, garbo, aureola de cuernos en su testuz. Uno irremediablemente, todavía más que los periodos “legislativos”, vive al animal, y todavía más que al animal vive al paisaje, y todavía más que al paisaje vive el tiempo. Delibes, escribió que existe “la llamada del campo” y yo me inclino a decir, que todavía más existe “la llamada del tiempo”. Es un tiempo que, se siente, se experimenta y tira de uno, tira hacia “la llamada del campo”. Bueno, al menos a mí me pasa. Y ahora, acaso sin el menor atisbo de primavera aún, tira mi cuerpo y mi pensamiento hacia el río, hacia unos ríos determinados, hacia las truchas que me esperan en ellos. Y es como si de pronto todo cuanto a la caza atañe se me distrajera, se me quedara ausente, o al menos distante, y cobrara especial realidad y relieve este agua de los ríos trucheros, este pez, y también todos esos “aparejos y demás” que habían quedado en casa olvidados en un rincón del viejo armario. Ahora resulta que la trucha, es otro gran sueño del año, ya está ahí. Para mí, que ahora, con marzo, se cierra una larga y variada etapa y abre otra, no menos variada, si bien tan distinta de aquella. Esta es otra etapa, distinta, es tiempo de pesca, es tiempo de sueños. Es la pieza reina “la trucha”, su agua y su paisaje, agrestes y escrupulosamente limpios, cautivan ya tanto como las propias cualidades del pez. En cuanto al tiempo ya se sabe, el asomo de la primavera y sus empellones, hasta que dé la cara

sobre el ras pedregoso de los ríos y el sofoco agosteño de los estiajes. Hay ahora todavía frío en las aguas y corren ellas de color verde, a veces con el barro de las fuertes lluvias que hace de ellas una tromba de leones. El pescador de la ninfa, la irá dejando profundizar para que el agua la recule contra el resguardo de una piedra y el hombre de la cucharilla, la hará rodar aguas abajo, haciendo luego ella un arco, imitando un pececillo, jugando con la chapa de metal brillante. Hasta que los hielos remotos se amortigüen ya en la mañana y asome el pedregal musgoso, transparente el agua del chorro, de la poza, la trucha ahí quieta y “puesta”, dispuesta a cazar, preparada para salir en embestida contra ese intruso viviente. Horas más tarde en que la trucha saltará tras la mosca al mediodía. Días de suave frescura, de soles moderados y acaso nieve en los ríos del norte, días de grises nubes que encapotan de pronto el techo del paisaje y sueltan perdigones de lluvia sobre el ras del agua. La trucha sabe entonces que las gotas abaten insectos sobre el río, insectos que caen y se hunden, diferentes a aquellos otros que nacen en el fondo del río, emergen a la superficie, y luego se lanzan a volar …! ¡la trucha lo sabe! Como lo sabe en los días de poniente, entrado ya el verano, cuando la hormiga alada sale gregariamente a volar y luego cae borracha a la atardecida. Pero ya son otros días, días de pesca al atardecer, a medio crespúsculo ya sin fuerza del sol, ya sólo con hilos de corriente entre poza y poza, ya con la pura sorpresa y la media luz, para el posible engaño a este pez. Los días enteros de la pesca de la trucha son ahora, cuando la primavera, desde estos inicios de marzo aún fríos, destemplados, puro preámbulo, puro anuncio de la llegada de la primavera, para este pescador de las

botas altas, la cesta en bandolera, la caña más o menos larga, la pluma, el metal o el “bichito” y, sobre todo, portador de esa otra ilusión, pasión y amor, que cabe dentro de la pesca. En fin: ahí la tenemos ya, para nosotros. La trucha y la primavera, a ellas y buena suerte, amigos…!