Disponible en
Ir a la versión móvil App para iOS App para Android en Google Play
Síguenos en twitter Estamos en Facebook
Compartir:

OPINIóN

Renovación

Actualizado 02/04/2019 12:24:09
Redacción

La generación que llega ahora puede que tenga una cierta experiencia política, y basta con seguir las trayectorias de Sánchez, Casado, Rivera e Iglesias para comprobar su soltura, pero se enfrenta a una serie de problemas de envergadura de los cuales el primero es el modelo territorial, el segundo el mantenimiento del estado de bienestar, el tercero su capacidad de diálogo, el cuarto la educación y el quinto el futuro de los ciudadanos a los que gobernarán en las próximas décadas… que es la gente de su edad y los más jóvenes. Y hay otros.

* Artículo escrito por ANTONIO ÁLAMO

Queda menos de un mes para que se celebren elecciones generales en España y la novedad más significativa es que la generación que sucedió a la que hizo la Transición desaparece completamente de la escena política. Los protagonistas iniciales –Suárez, González, Carrillo y Fraga, entre otros– dieron paso a un grupo de gobernantes –Aznar, Zapatero y Rajoy– cuyo ciclo se cerró definitivamente en aquella sesión del 1 de junio pasado en la que Sánchez ganó la moción de censura a Rajoy, su último representante. Ninguno de ellos, ni sus equipos, tiene ya un papel importante y menos todavía tras la renovación realizada por sus partidos. Quedan, eso sí, dos nexos de unión porque Aznar, gracias a sus vínculos con Pablo Casado, vuelve a ser un referente de la derecha española y Pedro Sánchez simboliza el relevo desde el instante en que, tras acceder al liderazgo del PSOE primero y a la presidencia del gobierno de España después, ha participado en las dos épocas.

En torno al tránsito del primer colectivo por la vida política española hay ya multitud de estudios aunque es lógico suponer que el caudal de información seguirá fluyendo en el futuro, pero de momento se reconoce que fueron los encargados de realizar la transición de un sistema autoritario a otro democrático y que elaboraron una Constitución, emprendieron un proceso de modernización, ofrecieron un par de décadas de estabilidad y soportaron algunos trances lamentables –típicos de un país bananero– como, por ejemplo, el levantamiento frustrado del 23-F que inmortalizara el periodista gráfico de EFE Manuel Barriopedro. Aquella generación, además, ofreció como singularidad un espíritu de concordia que apenas puede reconocerse en la siguiente y menos en la actual.

El colectivo aglutinado en torno a las figuras de Aznar, Zapatero, Pujol y Rajoy también será en su momento objeto de estudio aunque es muy pronto para que puedan obtenerse conclusiones. No obstante, todo indica que los resultados serán algo diferentes porque unos y otros gestionaron activos distintos ya que los primeros tuvieron que redactar una Constitución y los segundos se han encargado de administrarla aunque sin definir los parámetros que regularán el futuro de una sociedad, la española, en la cual el afloramiento de tendencias nacionalistas es evidenciable. Oportunidades tuvieron pero los resultados de su gestión no sobrepasaron el ámbito de los pronunciamientos y han abandonado el escenario político sin abordar cualquiera de las tres opciones disponibles que tenían para afrontar el modelo autonómico: cierre, evolución o desintegración. El caso catalán es otra consecuencia más de una parálisis política. O de mirar hacia otro lado.

La generación que llega ahora puede que tenga una cierta experiencia política, y basta con seguir las trayectorias de Sánchez, Casado, Rivera e Iglesias para comprobar su soltura, pero se enfrenta a una serie de problemas de envergadura de los cuales el primero es el modelo territorial, el segundo el mantenimiento del estado de bienestar, el tercero su capacidad de diálogo, el cuarto la educación y el quinto el futuro de los ciudadanos a los que gobernarán en las próximas décadas… que es la gente de su edad y los más jóvenes. Y hay otros.

El modelo territorial y sus imperfecciones no resueltas –un legado mal gestionado por desidia y cobardía, a partes iguales– deberán afrontarlo sentándose a negociar aunque no les guste salvo que crean que aplicando la misma estrategia de quienes les antecedieron en el gobierno de España pueden también pasar de puntillas para que la generación siguiente lo arregle. El segundo problema al que se enfrentan tiene que ver con una elección tajante: estado de bienestar o privatización de servicios públicos elementales. El tercero, su capacidad de diálogo, lo tendrán que aprender primero y ponerlo en práctica después. Y una buena ocasión se halla en el cuarto: la educación. No es racional que un país cambie la ley cada vez que llega un gobierno de diferente color. El quinto problema, aunque a simple vista no parece serlo, es grave: el futuro de la juventud. En un país donde una alumna de periodismo le dice a su viejo profesor, en una conversación informal, que ya sabe que por mucho que trabaje –ella y su generación– no va a tener una pensión algo se está haciendo mal. Los nuevos dirigentes deberían enmendar el desaguisado realizado por sus antecesores y tener en cuenta opiniones así. No por estrategia política, sino por decencia moral.