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OPINIóN

Mesura

Actualizado 15/04/2019 11:19:07
administrador

Si hay un periodo propicio para decir barbaridades ese es el que discurre desde el primer día de una campaña electoral hasta el de cierre. Eso en teoría porque la realidad es que las barbaridades también suelen escucharse durante la jornada de reflexión, en una demostración evidente de que las costumbres y las tradiciones están en constante transformación.

*Artículo escrito por Ántonio Álamo

Si hay un periodo propicio para decir barbaridades ese es el que discurre desde el primer día de una campaña electoral hasta el de cierre. Eso en teoría porque la realidad es que las barbaridades también suelen escucharse durante la jornada de reflexión, en una demostración evidente de que las costumbres y las tradiciones están en constante transformación. La jornada de reflexión, al menos desde que en España se celebraron las primeras elecciones libres, era lo más parecido a un Sábado Santo o Año Nuevo que pueda imaginarse… la prensa estaba tranquila y los ciudadanos disfrutaban de una jornada apacible después de escuchar a los candidatos durante dos semanas prometiendo todo tipo de venturas a quienes les votaran.

El Sábado Santo es una fecha de carácter religioso y suele transcurrir con una placidez inusitada, mientras que Año Nuevo, jornada de carácter un tanto atípico, se distingue especialmente por ser esa la fecha única (“mágica”, dirían en los telediarios) en la que la amnesia invade los hogares, induciendo a que todas las promesas anunciadas durante la Nochevieja sean discretamente arrojadas a la basura, con nocturnidad y alevosía. Una y otra son fechas tranquilas, en definitiva.

La jornada de reflexión también lo fue. En pretérito. Fue y no es. Y quien se haya fijado en los detalles puede comprobarlo si atesora recuerdos de las diferentes campañas electorales celebradas en España desde la década de los años setenta. Todo comenzaba con la pegada de carteles, una operación habitualmente nocturna donde los principales candidatos demostraban un notable desconocimiento sobre la utilidad de la cola y los calderos y –lo que es peor– el manejo del cepillo, más que nada porque esta herramienta es prima carnal de la escoba y su escasa destreza evidenciaba que para ellos eso de las labores del hogar era más terrorífico y agobiante que una avería del vehículo oficial.

Transcurridos los quince días acababa y llegaba la jornada de reflexión. Era el día en el que cualquier ciudadano podía ver imágenes insólitas de los candidatos porque durante 24 horas parecían seres tan normales como aquellos a quienes acababan de pedir el voto. El día, además, estaba marcado por una regla no escrita, pero respetada, según la cual la política desaparecía de la escena porque no se podía hacer propaganda electoral ni pedir el voto, tal como estableció una Ley de 1985. Si esta norma debe ser actualizada –por anacrónica, pretenciosa o irreal, según algunos expertos en comunicación política– es ya otra cuestión diferente que corresponde a la clase política tener en cuenta.

Dentro de unos días podrá comprobarse si hay un solo partido político que todavía respeta tal tregua y se atiene a lo establecido. De momento, cualquier vaticinio es arriesgado pero, a tenor de las últimas barbaridades registradas justo antes de que comenzara la campaña, todo indica que ocurrirá como con el cumplimiento de las promesas fugaces del día de Año Nuevo, que nadie se acordará de que en algún momento hubo en este país cierto aprecio por la mesura, la educación y el respeto a las leyes. Por lo pronto, los improperios han sobrepasado ciertos límites al usar como arma política un referente dramático que, como es el caso del terrorismo de ETA, debería evitarse.

Así lo ha reconocido hace unos días el líder popular de Guipúzcoa, Íñigo Arcauz, quien, al valorar las declaraciones de su compañero Pablo Casado sobre las preferencias de Pedro Sánchez a la hora de buscar el apoyo de EH Bildu, señaló que “a veces las palabras pueden ser un poco desafortunadas”. Casado acababa de anunciar en público que su oponente ideológico prefería “las manos manchadas de sangre que las manos pintadas de blanco” y Arcauz disculpó a su jefe añadiendo que a veces en campaña “pasan estas cosas cuando uno quiere, quizás, ser contundente en un mensaje”.

Tiene razón el político vasco del PP… El 7 de noviembre de 1998 el periodista José Antonio Vera publicó un artículo en “La Razón” titulado “Zarzalejos, el tercer hombre”. El texto figura en el libro “El corrillo” (Pinsapo. 2000) y alude a la negociación de Aznar con (así está escrito) eta. Los últimos párrafos (pág. 24) dicen así: “La negociación va bien. El presidente lo está haciendo bien. Zarzalejos es un descubrimiento. Muchos españoles estamos esperanzados porque no soportamos más este negro Vietnam de bombas y metralla. Si la negociación sirve para enterrar las armas, bienvenida sea la negociación. Démosle una oportunidad. Digo”.