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OPINIóN

Palencia antigua

Actualizado 03/05/2019 18:09:23
Redacción

Si en la ciudad se utiliza como punto geográfico Los Cuatro Cantones, bien podría decirse que aquel establecimiento, cuya existencia pudo constatarse todavía a finales de la década de los sesenta, se hallaba enclavado en un lugar indeterminado de la zona norteña de la capital, más cerca de Correos y calle Mayor que de La Balastera.

Antonio Álamo

Hubo una vez en Palencia una taberna donde servían un vino muy barato, utilizaba bancos corridos en vez de sillas o taburetes y los porrones constituían el elemento central de su vajilla. Beber en vaso en aquel lugar era lo más parecido a un sacrilegio laico del que afortunadamente se salía indemne porque los clientes habituales, si veían a alguien con el vaso en la mano, se limitaban a mirar horrorizados al sacrílego en señal de desaprobación y luego seguían a lo suyo. Por eso había pocos. Si en la ciudad se utiliza como punto geográfico Los Cuatro Cantones, bien podría decirse que aquel establecimiento, cuya existencia pudo constatarse todavía a finales de la década de los sesenta, se hallaba enclavado en un lugar indeterminado de la zona norteña de la capital, más cerca de Correos y calle Mayor que de La Balastera. Quizá algunos de los más mayores recuerden su nombre porque era concurrido, tenía lustre, clientela tranquila y un vino ligero que no cargaba la cabeza.

Que era ligero el vino que despachaban lo sabían todos en la ciudad. O al menos quienes lo probaron. Lo que nunca pudo aclararse es si los enólogos de la época habían logrado elaborar un producto singular cuyos derechos de venta en exclusiva fueron adquiridos por los propietarios de aquella taberna o si, por el contrario, su singularidad era debida a unos manitas (o manazas, según quien lo interprete) que lo aguaban a conciencia para mejorar discretamente los beneficios y, de paso, evitar disgustos al consumidor porque era poco menos que imposible entonarse con aquel brebaje. Todos salían cuerdos, pero como el tugurio cerró hace mucho difícilmente podrá desvelarse el misterio que encerraba.

El mobiliario también tenía un encanto difícil de describir. Las sillas, y había pocas, allí tenían la misma utilidad que los vasos, aunque, a diferencia de éstos, que aparecían colocados en una balda como los santos en sus peanas, estaban aparcadas en las esquinas dejando el protagonismo a unos bancos corridos que escoltaban a unas enormes mesas. De madera, robustas y un tanto toscas, su tamaño pedía a gritos un local así, grande como los vestuarios del viejo campo de fútbol de La Balastera pero más acogedor. En otro lugar quizá no hubieran encajado por mil razones diferentes pero parecían, aunque no lo fuera, estar hechas a la medida del local gracias a su estado de conservación, color desvaído, mugre y algunas melladuras manufacturadas a navaja cabritera. A aquella maravillosa conjunción también contribuía una iluminación tenue, de manera que cuando se accedía al establecimiento la sensación que invadía al cliente era placentera y muy parecida a la de quien va conduciendo de día por una autovía y, tras adentrarse en un túnel, debe acomodar la vista para acostumbrarse a una penumbra que apenas rompen unas luces de exigua potencia que contribuyen a reducir la tensión del tráfico.

La vajilla, sin embargo, era el signo distintivo. La pieza más estilosa y casi única era el porrón, recipiente de construcción y función similares a la del botijo aunque con ciertas diferencias ya que, si bien ambos cuentan con dos orificios, uno y otro habitualmente albergan líquidos de distinta graduación. Que nadie esperara encontrarse allí otras vasijas, salvo unos platos con cacahuetes, porque a simple vista carecía de sentido adornar de forma superflua un lugar que posiblemente no necesitaba mayor ornamentación. Y así fue. Ahora se denominaría frugalidad.

Quienes frecuentaban aquel tugurio –calificación otorgada por quienes no se atrevían a entrar ni siquiera disfrazados con harapos– eran gentes sencillas, de mediana edad, discretas, calladas y con vestimentas gastadas. Y educadas: jamás hubo una pelea. Con su porrón, juntos o separados, bebían, charlaban, pasaban el rato y se iban –eso se supone– a sus casas. Gastaban su tiempo como lo gastan ahora otros, de forma pacífica, pero no –como se ha visto en esta campaña electoral a unos pocos (en concreto a cuatro)– dando un par de espectáculos bochornosos en sendos debates televisivos… ¿y uno de ellos va a presidir el gobierno?

Raúl del Pozo resumía en un titular de la última página de “El Mundo” (24 de abril) su opinión sobre los dos lances: “4 macarras en un bar”. Que juzgue el lector si estuvo acertado o no. Desde luego en aquella taberna palentina no hubieran podido entrar. Junto a la puerta, visible pese a la penumbra, había un pequeño cartel mugriento con una breve leyenda: “Reservado el derecho de admisión.”