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OPINIóN

Consejos vendo

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Actualizado 16/05/2019 19:22:25
Redacción

Cada vez que decimos: “Si yo fuera tú” o “A mí me pasó lo mismo y entonces hice…”, ciertamente se genera una cálida burbuja de empatía muy reconfortante al principio, pero volvemos a ignorar la especificad de cada situación y sus protagonistas.

Artículo firmado por Soledad Caballero

Podría decirse que aconsejar para algunas personas es algo inevitable, casi como un tic, una forma de reafirmarse, de sentirse más sabiondos (los verdaderos sabios hacen otras cosas). Lo cierto es que cuesta reconocerlo pero lo que aparentemente disfrazamos de altruismo es sólo una forma más de acariciar nuestro ego, de tomar el control, de estar en primera fila, de ser un poco protagonistas aunque sea de las vidas ajenas. Examinemos nuestro mejor repertorio de consejos y descubriremos una palabrería prefabricada, repleta de clichés y frases tan sobadas como: “Piensa positivo”, “Cree en ti”, “Querer es poder”, “Tiempo al tiempo”… Y no es que estas frases no sean válidas, sino que el análisis de la situación concreta del otro es muy superficial, por no decir inexistente.

Cada vez que decimos: “Si yo fuera tú” o “A mí me pasó lo mismo y entonces hice…”, ciertamente se genera una cálida burbuja de empatía muy reconfortante al principio, pero volvemos a ignorar la especificad de cada situación y sus protagonistas. Peor aún, aconsejar debería ser un acto de motivar, de iluminar y hacer ver las capacidades que tiene la otra persona para resolver o superar algo y, sin embargo, muchas veces al aconsejar proyectamos nuestros propios miedos, reproducimos nuestros límites, creyendo que protegemos al otro frente a un imaginario y potencial peligro. Aconsejar puede ser sinónimo de frenar, de castrar, eso sí, desde el cariño.

Por supuesto que aconsejar a veces es “Hacer reflexionar” o “Hacer ver la realidad” pero no debemos olvidar que la realidad es una construcción única, personal e intransferible como el DNI y quizás esa venda que te empeñas en quitar de los ojos del otro la tienes tú tapando los tuyos. Gracias a la avalancha de información que nos absorbe a diario, nos hemos convertido en expertos en todo… Ese superávit de conocimientos parece darnos alas para opinar en cualquier situación, parecemos una legión de cuñados en la cena de Nochevieja. Sin embargo, moralmente jamás debieras pedir o recomendar a otras personas que hagan algo que no eres capaz de hacer tú mismo, perteneces a la peor clase de ignorantes que existe, los que sabiendo algo no lo ponen en práctica. Así que abre los ojos no sea que tengas una viga y estés viendo pajas en ojos ajenos o peor aún tirando piedras a otros cuando tú estás a rebosar de pecados.

Y es que el acto de aconsejar está peligrosamente cercano al de juzgar o etiquetar, desprende un cierto tufillo paternalista y condescendiente, yo estoy en modo experto y tú en modo aprendiz, soy una especie de Mesías, de iluminado, siento que otros me necesitan para que les abra los ojos aunque sea con un cuchillo.