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OPINIóN

Letras de luto

Letras_de_luto
Actualizado 16/05/2019 18:53:31
Redacción

Tiempo después esta fórmula comercial fue reemplazada por los obituarios o necrológicas, un género periodístico de gran tradición en el mundo anglosajón que fue importado con cierto retraso en nuestro país y que parece tener en la plegaria ceremonial uno de sus más claros antecedentes.

Artículo escrito por Antonio Álamo

Hace muchos años hubo una costumbre en la prensa local que se respetaba en todo el país. Perdón, en toda España. Tenía que ver con la muerte y resultaba curiosa porque en el fondo, además de recordar la existencia de una indisimulada jerarquía social, encerraba un cierto reconocimiento a la figura de la persona que había fallecido. Eso sí, los familiares tenían que sufragar una esquela mortuoria en el periódico porque de no ser así la costumbre era eliminada directamente, en aplicación explícita de un principio comercial que se mantiene a través de los tiempos. Si no hay esquela, no hay comentario. Y si hay esquela, todo depende de lo que importante que haya sido. Era lo más parecido a un gesto de cortesía con algunas personas de cierta relevancia social.

Aquella costumbre, visible en la España de las décadas previas a la Transición, consistía en la aparición en el periódico de un texto laudatorio sobre la figura de la persona desaparecida. Era breve y, a menudo pero no siempre, rezumaba un lirismo innecesario que servía para que la opinión pública y los allegados tuvieran constancia del interés mostrado por la empresa periodística. Al igual que las noticias sobre natalicios, bodas y estancias en campamentos de la OJE, que también fueron inmejorables ejemplos de convencionalismo superfluo, aquella costumbre desapareció más tarde, quizá porque los hábitos sociales fueron transformándose o, tal vez, porque daba lugar en más de una ocasión a interpretaciones equívocas o a comentarios privados e inapropiados.

“Letras de luto” fue uno de tantos encabezados de esta sección fúnebre donde aparecían estos textos atípicos de despedida y en los que, después de citar el nombre del fallecido, podían leerse cosas como esta: "Perdura el recuerdo del finado en la memoria de quienes le conocieron y supieron de su proverbial simpatía que tantos afectos le granjeó". La expresión, todo un deleite si la pretensión es ahondar un poco en la idiosincrasia lisonjera de los humanos, pertenecía al elenco de gentilezas que se publicaban y servía como un colofón que, por regla general, satisfacía a los más cercanos. Si tenía una “proverbial simpatía” o era antipático era lo de menos. Y si no se granjeó afecto alguno, excepto el de sus allegados, tampoco importaba… había que despedirlo con unos honores que, casualmente, guardaban una proporción equilibrada con el tamaño de su esquela, algo que no se le escapaba a nadie.

Tiempo después esta fórmula comercial fue reemplazada por los obituarios o necrológicas, un género periodístico de gran tradición en el mundo anglosajón que fue importado con cierto retraso en nuestro país y que parece tener en la plegaria ceremonial uno de sus más claros antecedentes. Quien fuera director de “El Mundo”, Pedro G. Cuartango, contó hace dos años por estas mismas fechas (20 de mayo de 2017. Pág. 2) que su periódico fue el pionero en introducirlo en España, sumándose después otros, y añadía a continuación que habían publicado obituarios “desde una modesta media columna a una doble página”, añadiendo que “Frank Sinatra, Juan Pablo II, Santiago Carrillo, Manuel Fraga y Adolfo Suárez recibieron el honor de esa máxima valoración”.

Con la muerte de Alfredo Pérez Rubalcaba se vuelve a registrar idéntica circunstancia aunque esta vez no ha sido la sección de obituarios sino la de nacional la que ha recogido tanto la noticia como las valoraciones sobre su quehacer político y las opiniones de diferentes personalidades de la vida pública. Quien fuera uno de los mejores velocistas juveniles que tuvo España en aquella época de “Letras de luto” ha recibido el reconocimiento que no tuvo cuando ocupó puestos de enormes responsabilidad en la vida pública española. El espacio periodístico dedicado a su figura lo certifica.

Al margen de esta cuestión, también es verdad que hay costumbres hispanas que permanecen inmutables, como comprobaron, por ejemplo, los allegados de Ortega y Gasset, Julián Marías o Adolfo Suárez…no hay nada mejor que morirse para que le reconozcan a uno los méritos que le negaron en vida. El último caso que perpetúa la tradición lo demuestran los textos sobre quien en su día fuera “el malvado Rubalcaba” (para unos) o Alfredo (para otros). Que Mariano Rajoy, en un artículo de despedida, haya recordado lo que con frecuencia se comentaba en su partido cuando se hallaban en dificultades, vuelve a poner ciertas cosas en su sitio. “A nosotros lo que nos falta es un Rubalcaba”, se decía. Tiene razón.