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CERRATO INSOLITO

Mister Martín

Valbuena_de_Duero_Juanjo
Actualizado 16/05/2019 18:36:36
Fernando Pastor

Pero la experiencia que no olvidará es la vivida en 2009 en Dublín, donde fue a aprender inglés. Era una estancia de 21 días, y Juanjo se alojó con una familia, por ser lo que más podía favorecer el aprendizaje del idioma, al propiciar contacto y conversación con nativos.

Juan José Martín González, de Valbuena de Duero, es un hombre muy polifacético. Cuando tenía solamente dos años su padre le ponía canciones de Pedrito Fernández y le enseñó a cantar rancheras. De esa forma le entró la afición por este tipo de música y durante un tiempo se dedicó a cantar en concursos, pueblos y otros escenarios canciones mexicanas y por extensión todo tipo de canciones románticas.

Se sacó el carnet de piloto, en Villa Marco (León). Tras sacar el título, junto con un amigo compró una avioneta y pensó que eso era lo suyo, que había descubierto su gran pasión, pero no le dieron todo el uso esperado y acabaron vendiéndola, pues no les compensaba tener que pagar el alquiler del hangar en la base de La Matilla.

Su afán de innovar y de experimentar le ha llevado a tener una fotocopiadora tridimensional, un dron, un karaoke, etc.

Pero la experiencia que no olvidará es la vivida en 2009 en Dublín, donde fue a aprender inglés. Era una estancia de 21 días, y Juanjo se alojó con una familia, por ser lo que más podía favorecer el aprendizaje del idioma, al propiciar contacto y conversación con nativos.

La experiencia la cuenta él mismo:

Me tocó una pareja de jubilados que fueron a buscarme a la estación con un cartel para identificarse en el que ponía “mister Martín”, similar a como se ve en las películas, y me sentí importante. Me hablaban en inglés e instintivamente pensé “jó, ¡cuánto inglés saben!”, hasta que caí en la cuenta de que, claro, si es que son de aquí.

Al llegar a casa se limitaron a enseñarme el baño, de un metro cuadrado como mucho, y mi habitación, en la que había un camastro con más muelles que un bolígrafo.

Me explicaron las normas, entre las que figuraba que el desayuno me lo dejarían encima de la mesa ya que ellos al ser jubilados no se levantaban a la misma hora que yo, que me tenía que ir a clases de inglés a las 8 de la mañana. Pensaba que sería el típico desayuno inglés, con el plato de fríjoles, los huevos fritos con beicon, etc., pero me encontré con un tazón vacío. Y es que la leche estaba en el frigorífico, pero yo no me atrevía a mirar en el frigorífico de una casa ajena. Había también un nescafé descafeinado, un bote de mermelada y un paquete de cereales.

También estaba fijado el horario de la comida y de la cena. Los primeros días llegué a la cena, a pesar de que era a las 5:30 ó 6 de la tarde. Primero cenaban ellos y luego yo; llamaban a la puerta de mi habitación y me decían que ya tenía puesta la cena. Cuando iba me encontraba dos alubias verdes y una patatita pequeña cocidas, y algo parecido a un filete de pollo pero sin saber bien qué era. Pese a tener mucho mar, el pescado no lo caté ni un solo día. Mientras yo cenaba ellos estaban viendo la tele, así que lo de hablar y practicar el idioma nada de nada.

No paraban de fumar y pegar gritos viendo los concursos de la tele hasta muy tarde, y no me dejaban dormir.

Al principio regresaba a casa en autobús, pero en las paradas solo paran si alguien levanta la mano indicando que quiere montar, y entre la velocidad y que yo no leía bien el letrero luminoso que llevan indicando qué autobús es, cuando quería levantar la mano ya era tarde y no paraba. Salvo en una ocasión, que el conductor me conocía de verme más veces y paró sin que llegara a levantar la mano, me tocaba esperar otra media hora, por lo que al final opté por volver a casa en tranvía. Pero el primer día me bajé en una estación que no era, y me perdí por Dublín. Comencé a dar vueltas pensando que encontraría el camino, pero todas las casas eran iguales, bajitas, con su garaje y su jardín, y no había forma de saber dónde estaba, y menos aún cuando se hizo de noche y comenzó a llover y hacer frío. Tuve que enviar un mensaje a una amiga de Valladolid pidiéndole que buscara en Internet un plano de Dublín y me dijera dónde estaba y hacia donde tenía que ir para llegar a casa. Total que llegé a las 11 de la noche, cuando la hora de la cena era como máximo a las 6. Me echaron una gran bronca (en inglés, eso sí) diciéndome que para otra vez si no voy a ir a cenar debo avisar. Yo les dije, “vamos a hacerlo al revés: si vengo aviso”, porque me daba la impresión de que no iba a volver a cenar nunca allí, y así fue. Pasé a alimentarme de hamburguesas y cerveza y de lo que compraba en el supermercado. Comencé a comprar patatas fritas, sándwiches, etc. y lo escondía en el armario. En una ocasión vi en el supermercado una bolsa envasada al vacío en la que ponía “jamón serrano”, pero era un trozo de carne cruda, hasta el punto que pensé que se habrían equivocado en la etiqueta, pero no: pregunté y me dijeron que era eso.

Las duchas eran con agua fría. Me quejaba pero me decían (en un inglés raro que me hacía pensar que cada vez sabía menos, y es que era un dialecto que usan allí, mezclado con el gaélico) que se les había estropeado.

Un día me desperté con dolor de garganta y fiebre y puse una nota diciendo que estaba enfermo y no iba a ir a la escuela de idioma, pero a las 8 de la mañana la señora me llamó dando voces para que fuera al médico y me llevó con su coche a los grandes almacenes, que es donde están las consultas de los médicos. Tras hora y media de espera, me dijo el médico que tenía que pagar 50 euros por la consulta. Le enseñé la tarjeta sanitaria europea en regla, pero nada; así que le dije en inglés y afónico como estaba (habré inventado el “afonic inglis”), y también por señas, que de ninguna manera le iba a pagar eso. Luego me dijeron que al parecer los de la casa de acogida se llevaban una comisión de lo que cobraban los médicos por las consultas, por eso la señora me había despertado dando voces para llevarme pese a que yo no quería ir a ningún médico.

Cuando finalizaron los 21 días, llamé a mi madre desde el aeropuerto y le dije que ya volvía, que me preparara un cocido de tamaño como para una boda.