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OPINIóN

Errores

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Actualizado 18/06/2019 10:10:11
Redacción

“Hola, Antonio, soy el Banco de España y te llamo para reconocer un error”, dijo la voz. Tenía un tono marmóreo, era impersonal y no parecía ni de un hombre ni de una mujer.

Artículo escrito por Antonio Álamo

Anoche me llamó por teléfono el Banco de España. Era de noche y la manzanilla empezaba a aplacar las molestias causadas por la ingestión no de una cena sino de la contemplación de programas televisivos de entretenimiento –de tortura, según algunos– cuando de repente un pitido ligero y un zumbido a la altura del bolsillo izquierdo del pantalón me sobresaltaron, devolviéndome a la realidad. Sonaba el móvil. Que se acuerden de uno a horas intempestivas es infrecuente y se da la circunstancia además de que, cuando se acuerdan, la llamada de marras suele ser el prólogo de una noticia desagradable anunciada por una voz conocida. En definitiva, una llamada nocturna puede causar cierta desazón, pero por una elemental pauta de cortesía (hay que responder siempre) decidí atender a mi interlocutor.

Lo primero que hice fue sacar del bolsillo el aparatito y mirar la pantalla para saber quién era. Pude comprobar entonces que allí no se veía nada interesante, con lo cual me invadió una tranquilidad placentera ya que descarté en un santiamén a familiares y amistades puesto que sus nombres están grabados. A continuación, tranquilizado el ánimo, deslicé el dedo sobre la dichosa pantallita y por otra elemental pauta de cortesía inicié la conversación con una escueta fórmula coloquial: “¿Diga?”

“Hola, Antonio, soy el Banco de España y te llamo para reconocer un error”, dijo la voz. Tenía un tono marmóreo, era impersonal y no parecía ni de un hombre ni de una mujer. Eso sí, estaba apesadumbrada. “Te llamo –añadió– porque una secretaria de Estado me ha instado el pasado 4 de junio a que lo haga, ya que nuestros malos augurios sobre el efecto en el empleo de la subida del salario mínimo interprofesional a 900 euros produjeron una alarma inconsistente y no se corresponden con la realidad. Te indico además que la representanta del Gobierno, y no digo representante porque me libro así de una segunda bronca, añadió que lo menos que podía hacer yo es reconocer mi error porque los datos de creación de empleo son mostrencos”.

Al observar que yo seguía en silencio, prosiguió. “Verás, no me corresponde a mí, como banco, llamar a todos los españoles, pero alguien debe hacerlo y es lo que estoy haciendo, así que te ruego me disculpes por el error. Buenas noches”. “Gracias pero no hace falta, buenas noches”, respondí. Y así acabó todo. Acto seguido colgó y seguramente continuó con su ronda de llamadas a los más de 47 millones de ciudadanos de este país.

Tras el soponcio me armé de valor y comencé a buscar explicaciones. Y aparecieron en la hemeroteca. De todas ellas, la mejor era una noticia de la agencia EFE del 4 de junio cuyo titular era rotundo: Empleo pide al Banco de España que reconozca su error en el impacto del SMI. Resumía las explicaciones que la secretaria de Estado de Empleo ofreció ese día a los periodistas, en la rueda de prensa sobre los datos de ocupación y paro de mayo, y aclaraba todo. Una vez atendidos los periodistas, simplemente añadió su opinión acerca de la expresada por el Banco de España y –en lo que parece ser ya una costumbre de la clase política de ahora– la rebatió sugiriendo que “lo menos que debería hacer es reconocer su error”.

El origen de esta discrepancia entre el Gobierno y el Banco de España es reciente y tiene como punto de arranque el mes de noviembre del año pasado, cuando el gobernador de la institución financiera señaló que la subida del SMI podría suponer la pérdida de alrededor de 125.000 empleos. Hernández de Cos indicó ante el Congreso que el incremento del salario mínimo en cuantías reducidas tenía poco efecto, pero que ignoraba la repercusión de una subida alta y menos de una de un 22%, expresando en consecuencia su temor a que se lograra lo contrario de lo que pretendían y se redujera el empleo de aquellos a los que se quería ayudar, los jóvenes.

La pugna, que tiene como elemento de discrepancia un estudio realizado con una metodología difundida en la web y publicada además en una revista académica, que la refrendó, carece de importancia pero refleja una vez más una costumbre muy extendida entre la clase política, consistente en apropiarse de una suerte de autoridad moral según la cual la opinión propia es la única acertada. La de los demás, claro está, es equivocada y además deben reconocer su error o pedir perdón. O ambas cosas. En definitiva, puede estar tranquilo el Gobierno: se ha perdido perdón. Queda por ver cuándo se decide él a hacer lo mismo. Por razones parecidas, es obvio.