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MONTAñA PALENTINA

Capitán don Felipe Matanza Vázquez, efeméride aguilarense

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Actualizado 07/07/2019 09:24:41
Redacción

El 4 de julio se han cumplido 92 años del hecho de armas que costó la vida al palentino don Felipe Matanza Vázquez, volando sobre el Yebel Hezzana, último reducto de resistencia de las kábilas rebeldes tras la rendición de Abd El Krim.

Artículo escrito por Juan José Mangas Sánchez

El 4 de julio se han cumplido 92 años del hecho de armas que costó la vida al palentino don Felipe Matanza Vázquez, volando sobre el Yebel Hezzana, último reducto de resistencia de las kábilas rebeldes tras la rendición de Abd El Krim. Era capitán de infantería, piloto militar de 1ª categoría, observador aeronaútico militar y jefe del aeródromo de Auámara (Larache). Seis días más tarde se daba por finalizada la Guerra de Marruecos, el día 10 el General en Jefe de las fuerzas de África, José Sanjurjo, firmaba en la Orden General del día, dirigida al Ejército y a las Fuerzas Navales de Marruecos: “… FIN a la Guerra y con ello a un problema, quizás el más grave que ha conmovido la vida de la Nación en estos años”. Corría el año 1927.

El capitán don Felipe Matanza había nacido en el actual nº 13 de la entonces conocida como plaza Mayor de Aguilar de Campóo, el 19 de abril de 1886. Su padre Domiciano Matanza Lalinde (Aguilar de Campóo, 1849), doctor en Medicina, se había casado en la misma villa en 1882 con Adela Vázquez Raíces (Santiago, 1860) de cuyo matrimonio tuvieron seis hijos. Su abuelo paterno Felipe Matanza Ruíz (Aguilar de Campóo, 1815), Notario, y su esposa Inocencia Lalinde Velo (Arminón, 1830) tuvieron siete hijos. De ambos matrimonios tan fecundos no se tiene conocimiento de descendencia que mantenga el apellido en la comarca norteña.

El joven Felipe, tras cursar el bachillerato en Santander, donde el padre ejercía su profesión, había sentado plaza en 1907 como soldado de Caballería, ingresa como cadete un año después en la Academia de Infantería (Toledo) y el 23 de junio de 1912 recibe su despacho de segundo teniente. El 1 de septiembre del año siguiente inicia su instrucción de piloto de aeroplano en la base aérea de Cuatro Vientos, el 23 de junio de 1914 asciende a Primer Teniente de Infantería y poco después recibe su brevet (título y distintivo) nº 62 de los pilotos militares españoles.

Así da comienzo su brillante carrera forjando la historia de los inicios de nuestra aeronáutica militar, recibiendo su primera Cruz de 1ª clase del Mérito Militar (roja). Aquel mismo 1915 ingresa como piloto en la escuadrilla del arma de Aviación destacada en Melilla y participa en numerosísimas acciones en apoyo de nuestras fuerzas terrestres mereciendo en 1917 una nueva Cruz de 1ª clase del Mérito Militar. El 31 de julio de 1918 asciende al empleo de capitán de Infantería y tras varios destinos peninsulares regresa al norte de África en febrero de 1921 como jefe de la escuadrilla de Larache y de su aeródromo, Auámara, donde su extraordinaria actividad es reconocida por el Alto Estado Mayor.

Tras el curso de Jefes de Grupo en Cuatro Vientos en 1924 y un breve destino en Getafe retorna a zona de guerra en 1926 como Jefe de Grupo de Marruecos Occidental, en octubre asume el mando del aeródromo de Larache y del Grupo de Breguet XIX, interviniendo nuevamente en numerosas misiones militares. 1927 es un año de actividad frenética realizando numerosos bombardeos de posiciones enemigas y frecuentes reconocimientos fotográficos, en marzo vuela a Sevilla para recoger los nuevos aviones Havilland Rolls que traslada a Larache para sustituir a los agotados Fiat.

El fatídico 4 de julio ya no quedaba más kabila rebelde que la de El Ajmás, en el sistema orográfico que forman los macizos de Hezzana, Tamgaia y Taria. En la primavera habían sido rendidas las kábilas de Beni Arós, Sumata y Beni Isef logrando que la bandera de España hondeara en las cimas del Buhaxén y el Yebel Alam, en cuya cumbre se halla la tumba de Sidi Muley Abselam Ben Mechix, “el santo más santo del Mogreb”, lo que elevaba a la categoría de mítico dicho enclave y de encarnizada a la resistencia que opuso el enemigo.

Pese a la valerosa defensa que ofreció igualmente la última kábila rebelde, El Ajmás, no logró evitar que las vanguardias españolas pusieran el pie en el Yebel Hezzana, en la última operación cruenta de la guerra de África como había sucedido poco antes. Avanzada la mañana, combate tras combate, los aviadores, que habían visto transcurrir con normalidad su ir y venir del aeródromo a las cumbres para descargar sus bombas, observaron que mientras grupos de moros agitaban trapos blancos en señal de rendición, desde algunos barrancos se seguía haciendo fuego sobre los aviones.

Informado de ello el capitán Matanza y para conocer exactamente lo que ocurría, quiso salir él mismo como observador de un solitario sesquiplano Breguet XIX de su Grupo, pilotado por el jefe de escuadrilla, capitán Gallego. Localizado el grupo enemigo, no quiso perder tiempo regresando al aeródromo y encargando la misión a una de sus escuadrillas, por lo que decidió Matanza dar pasadas bajas sobre ellos, bombardeando y ametrallando, con un efecto demoledor. Pero fueron recibidos con gran cantidad de disparos de fusilería al sobrevolar el Yebel Hezzana y una de las andanadas alcanzó de lleno el aeroplano recibiendo una gravísima herida en el pecho el capitán Matanza, por lo que Gallego viró para regresar al aeródromo de inmediato. Su superior se lo impidió con un enérgico gesto de la mano, indicándole que continuara el ataque hasta soltar la última bomba y solo después de una larga pasada en la que terminó de arrojar aquéllas indicó al piloto que podía regresar. Treinta minutos después tomaba tierra en Auámara el sesquiplano, llevando a bordo el glorioso cadáver del jefe del Grupo cuya crispada mano aún aferraba el trinquete del lanzabombas.

Fue el capitán Matanza el último aviador muerto en la campaña, y una de las últimas bajas del ejército de Marruecos, ya que seis días después de la muerte de aquél, el 10 de julio de 1927, se daba por terminada, oficialmente, la guerra. El 18 de septiembre del año siguiente a su heroica muerte, en la página 8 del diario La Nación (Madrid), se da noticia del brillante homenaje celebrado en su localidad natal, Aguilar de Campóo, con la participación de una escuadrilla de ocho aviones del aeródromo militar de Burgos, en el que don José María Alfaro pronunció un sentido discurso.

Inmediatamente se abrió el expediente para la concesión de la Cruz laureada de San Fernando, pero habrían de pasar siete años antes de que Felipe Matanza Vázquez ingresara en la Orden del Valor Heroico. Por Decreto de 6 de noviembre de 1934 rubricado por el presidente de la República española, se le concedía la Cruz Laureada de San Fernando -máxima distinción militar- que se añadía a otras condecoraciones, como las cinco medallas del Mérito Militar, que había merecido a lo largo de su carrera. Por los méritos que se citaban en dicha disposición: “Con ocasión de efectuar un reconocimiento y bombardeo como observador el día 4 de julio de 1927, el Capitán de Infantería Jefe del tercer Grupo de Escuadrillas de Aviación, D. Felipe Matanzas Vázquez, para proteger el avance de la harka a las órdenes del teniente coronel López Bravo, que tenía como objetivo la ocupación de Yebel Hessana (El Hajmas Larache), el capitán Matanzas efectuó un bombardeo sobre dicho macizo, donde numerosos grupos enemigos hacían fuerte resistencia al avance de la columna, con tan gran eficacia que consiguió con el fuego de su aparato desalojar de sus posiciones al enemigo, causándole numerosas bajas y facilitando el avance de las fuerzas de la referida columna.

Fue gravísimamente herido por descarga enemiga, continuando el bombardeo hasta terminar su cometido y falleciendo en el regreso al aeródromo a consecuencia de las heridas sufridas”.

Esta Laureada hacía la undécima conseguida por los pilotos de nuestra naciente Aviación.

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