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ENOLOGíA

Las D.O. pequeñas, recientes e ignoradas

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Actualizado 30/08/2019 15:56:10
Fernando Franco Jubete

Sólo los buenos establecimientos de hostelería, que busca el turismo de interior que prioriza la cultura gastronómica, cuidan la oferta de vinos en barra y carta y ofertan vinos singulares y de calidad que representen prioritariamente el territorio.

En Castilla y León existen dos Denominaciones de Origen de vinos que recibieron todos los sacramentos administrativos, políticos y sociales por ser las que primero se crearon, producir unos vinos excelentes y cuya cuota de mercado sigue creciendo: Rueda y Ribera del Duero. Después llegaron Bierzo, Toro y Cigales que, a pesar de aportar diversidad, singularidad y no menos excelencia tienen que vender fuera de España para ver reconocidas las cualidades excepcionales de sus vinos. En España y en Castilla y León se impone la riojitis y riberitis endémicas en tintos y la rueditis en blancos y la ausencia de los vinos del Bierzo, de Toro y de Cigales es casi generalizada en bares y restaurantes, incluso en sus propias provincias de origen. Es cierto que, en los últimos diez o quince años algunas de sus bodegas, de sus vinos y de los enólogos que los elaboran han alcanzado éxitos muy relevantes (Raúl Pérez en Bierzo, los Eguren con Thermantia y Teso La Monja en Toro) pero se quedan en el mundillo especializado y no llegan al gran público. Busque usted un godello del Bierzo, una malvasía de Toro o un tinto crianza de Cigales en los bares y restaurantes de Castilla y León y comprobará que casi nadie se lo puede ofrecer.

En 1991, cuando la Junta de Castilla y León aprobó la última de las cinco D.O. pioneras y bendecidas por ayudas y subvenciones, Cigales, hacía ya cinco años que Arribes del Duero estaba solicitando la D.O. respaldada por la existencia de cinco cooperativas, una viticultura heroica admirable y unas variedades exclusivas excepcionales que comenzaron a valorarse quince años después, cuando buena parte de sus viticultores habían abandonado o muerto. Por fin, en 2007, la Consejería de Agricultura concedió la D.O. a Arribes del Duero, Ribera del Arlanza, Vinos de la Tierra de León y Tierra del Vino de Zamora. Demasiado tarde, dieciséis años en barbecho, sin conceder una sola D.O. Varias comunidades autónomas se nos habían adelantado con numerosas D.O. con menos superficie de viñedo, sin variedades singulares y propias y vinos de peor calidad.

Las nuevas D.O. fueron recibidas con el egoísmo prepotente del Consejo Regulador de Ribera del Duero, dirigido por un funcionario de la Junta, que decidió por vía judicial arrebatarle la Ribera al Arlanza y el Duero a los Arribes. Consecuentemente debería haber seguido el mismo camino con las D.O. Ribera del Júcar, Ribera del Guadiana y Ribeira Sacra. Por la experiencia de la D.O. Vinos de Castilla ya sabían que contra otras comunidades autónomas no tenían nada que hacer. Pero sí contra las dos D.O. hermanas, pobres, pequeñas, recientes e ignoradas.

A partir de 2004, cuando menos, la Junta ya había decidido denegar cualquier ayuda para construcción de bodegas “porque ya existían demasiadas en Castilla y León”. Es la respuesta que recibieron los Grupos de Acción Local cada vez que tramitaron ayudas para la creación de una bodega. Las nuevas D.O. nacían ya con dificultades adicionales para los emprendedores propios o foráneos que quisieran invertir en la mejora y creación de viñedos y bodegas.

Es lamentable, e incluso doloroso, observar actualmente las laderas aterrazadas de Fermoselle o Villarino de los Aires de viñedos abandonados durante los veinte años de -ignorancia administrativa, particularmente si observamos las espectaculares laderas portuguesas de la orilla opuesta del río Duero ocupadas en toda su extensión por plantaciones de viñedos modernas con riego por goteo. Porque regar y navegar el Duero es muy fácil en la orilla portuguesa, con agua procedente de Castilla y León, y no en nuestra orilla.

Pero todos estos retrasos y desidia administrativa (que no existieron en otras comunidades autónomas) no sólo favorecieron a las primeras cinco D.O., y en particular a Rueda y Ribera del Duero, en crecimiento e inversiones, sino lo que es mucho más grave, en la ocupación del mercado y en la creación de una demanda casi insalvable en hostelería. Cuando a partir de la década de los años 90, los vinos a granel fueron desplazados y prohibidos en hostelería, Rioja ya tenía su nicho de mercado y Ribera del Duero y Rueda se lo fueron haciendo, de forma que, cuando llegaron las nuevas D.O. pequeñas, recientes e ignoradas se encontraron con todas las dificultades para penetrar en la hostelería y el consumo doméstico, incluso en las propias provincias que las acogían. Hoy un salmantino pide antes un Ribera del Duero o un Rueda que un Arribes o un Sierra de Salamanca. Un burgalés o un palentino piden Riojas y Riberas e ignoran los Arlanza. Y lo peor es, cuando el cliente se empeña en pedir un tinto de Arlanza o Cigales, y el camarero o el propietario del establecimiento le contesta que no los tienen porque son malos y por esta razón sólo tienen tintos de Rioja y Ribera.

Sólo los buenos establecimientos de hostelería, que busca el turismo de interior que prioriza la cultura gastronómica, cuidan la oferta de vinos en barra y carta y ofertan vinos singulares y de calidad que representen prioritariamente el territorio y la provincia, vinos de proximidad acompañando alimentos de proximidad, porque saben que es lo que quieren conocer los turistas y lugareños razonables y formados.

Pero en la hostelería mediocre, la oferta de vinos es un páramo de vulgaridades repetitivas de vinos baratos, industriales, de supermercado, de Riojas, Riberas y Ruedas, en la que no tienen cabida las D.O. recientes y pequeñas, “porque los clientes no los piden”, aunque todos sabemos que un buen hostelero debe aconsejar con criterio y puede vender lo que quiera.