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POR CAUCES Y LADERAS

¡Añorando aquellos años...!

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Actualizado 01/10/2019 10:36:11
Por cauces y laderas

Las eras de un pueblo agrícola en agosto constituían un hermoso espectáculo. Las mieses esperaban amontonadas, mientras el trillo arrastrado por un apareja de bueyes con andar cansino, daba vueltas alrededor de la parva como un rústico tiovivo. El trillo lo guiaba una persona mayor, con frecuencia una mujer, cubierta su cabeza y parte del rostro con un pañuelo grande para evitar los estragos del sol inclemente del mediodía,. A menudo, se subían en la pesada tabla con pedernales, los chavales más pequeños.

TELLO ANTOLÍN

Las eras de un pueblo agrícola en agosto constituían un hermoso espectáculo. Las mieses esperaban amontonadas, mientras el trillo arrastrado por un apareja de bueyes con andar cansino, daba vueltas alrededor de la parva como un rústico tiovivo. El trillo lo guiaba una persona mayor, con frecuencia una mujer, cubierta su cabeza y parte del rostro con un pañuelo grande para evitar los estragos del sol inclemente del mediodía,. A menudo, se subían en la pesada tabla con pedernales, los chavales más pequeños. La beldadora esperaba la colaboración del viento para separar el trigo de la paja. Además, y a la sombra, el agua fresca del botijo. Segar y acarrear en esos tiempos eran labores duras, la siega se realizaba en las horas centrales del día, cuando apretaba el valor y el acarreo entre la noche y la amanecida cuando apretaba el sueño. Antes, el verano como solía llamarse al tiempo de la cosecha, duraba cerca de dos meses y ahora apenas dos semanas. La mecanización, el motor, acabó con aquellas hermosas tareas, terminó con aquella forma de cultivar y, de paso, influyó negativamente en el desarrollo de las especies de caza menor. El automóvil ha puesto al alcance de todos, los lugares más apartados, los roncones de la geografía “provinciana” donde hace unas décadas apenas cazaban dos lugareños que salían a por unos conejos cuando se lo permitían las entonces, duras y prolongadas tareas agrícolas y, de forma circunstancial, algún penitente aficionado de la capital que se valía de los escasos medios de transporte de la época. Recuerdo la apertura de la media veda de un año a finales de los sesenta, cuando ejercía de “morralero” porque aún no tenía escopeta. Fui con mi vecino y amigo, el entrañable Sr. Félix, ya fallecido, en tren a Cubillas de Sta. Marta, y luego andando hasta el cazadero, un “pago” a unos km de las vías, donde íbamos a inaugurar la temporada.

Aquella mañana estuvimos cazando solos y, cerca del mediodía, vimos a un cazador del pueblo que buscaba codornices por los viñedos. Con el “Ney y la Tula”, perros de oficio, hicimos una percha muy nutrida a pesar del fuerte viento, que las hizo volar como auténticas “avecillas africanas”. Unos años después volví a aquellos pagos y lo encontré acotado. Los coches habían llegado y los tiempos de los términos municipales, habían terminado. Sin embargo, no ha sido el motor de los coches el que más ha perjudicado la caza, sino los potentes motores de los tractores que permiten cultivar donde antes no se hacía, habiéndose roturado zonas “vírgenes”, refugio de la fauna y de la flora. Las fincas, las tierras se han concentrado para rentabilizar y hacer más cómodo el empleo de máquinas y han desaparecido lindes, arroyos y ribazos y no queda un trozo de tierra capaz de producir que no haya sido hallado por el arado. Estos hechos han influido decisivamente en la caza. La perdiz es ave de “campo abierto” poco desarrollado y necesita zonas sin cultivar para resguardarse de sus enemigos naturales y de los fenómenos meteorológicos adversos, además de precisar de insectos que en sus primeras etapas de desarrollo son imprescindibles para el crecimiento de los pollos, y esos insectos se encuentran en la flora que crece en los terrenos baldíos, donde no llegan los productos químicos que tan generosamente se extiende por las cosechas. Las inversiones tan costosas en maquinaria, obligan a aumentar los rendimientos, utilizando abonos, semillas y productos químicos como herbicidas y pesticidas, desconocidos antes, —cuando el “barbecho” era práctica habitual para dejar descansar la tierra— y que son nocivos para los animales y plantas que no sean los distintos tipos de cereal.

Se ha llegado a una agricultura enormemente competitiva donde el cereal y las siembras, no permiten nada que les haga competencia, sea flora o fauna.

Evidentemente, los tiempos demandan una nueva forma de cultivar, pero no hablamos de la modernización del campo, obligada por otra parte, sino por la influencia que estos cambios han tenido en la forma cinegética y protegida. El panorama no es halagüeño. La falta de espacios libres de cultivos donde protegerse los animales, la moderna maquinaria, los productos químicos, las empacadoras que lo empacan todo, incluidas piezas de caza, especialmente cuando se recoge la paja por la noche, y los caminos agrícolas utilizados por la gente “sin buenas intenciones”, son circunstancias que hacen difícil la supervivencia de las especies.

Toda la fauna, en su permanentemente adaptación al medio, está evolucionando y la perdiz se ha hecho resabiada y nerviosa, muy diferente, como escribiría don Miguel Delibes, lo cual es lógico porque desde que nace es acosada por todo tipo de depredadores, que tienen ahora más éxito en sus ataques debido al deterioro del hábitat. No obstante, el incremento de corzos y jabalíes también se ha notado en la caza menor. Por un lado, la proliferación de jabalíes es negativa para las piezas pequeñas, porque ejercen una predación sobre nidos y gazapos,. No es extraño que la abundancia de piezas grandes haya hecho cambiar la escopeta por el rifle a no pocos cazadores que dedicaban sus afanes a perdices, liebres y conejos, dando de esta forma un respiro a la caza menuda. En fin, cuando el equilibrio natural de la flora y de la fauna se ve roto por las necesidades humanas, el hombre debe restablecerlo interviniendo para disminuir los negativos efectos del progreso y su técnica, porque de lo contrario, la brava perdiz, la rústica rabona o el alegre gazapo pueden ser, en extensas zonas y en un plazo no muy largo, tan solo un doloroso recuerdo.