Disponible en
Ir a la versión móvil App para iOS App para Android en Google Play
Síguenos en twitter Estamos en Facebook YouTube
Compartir:

A PIE DE ARBOL

El fantasma de la despoblación

foto_flaviano_571
Actualizado 01/10/2019 10:40:00
Flaviano Casas Martínez

La gente del Campo en nuestras latitudes huye a la desesperada y no le faltan razones. Ha visto arrebatar el modelo de “empresa familiar agraria”, el pastoreo tradicional, las prácticas de laboreo mediante alternativas y rotación de cultivos, con la obligación de aferrarse al imperio de las multinacionales y al dictamen de organismos oficiales tan caducos como innecesarios. Con precarias atenciones sanitarias, con la ausencia o desmantelamiento del ferrocarril, con la destrucción del hábitat de los pueblos, con la burocracia y la incompetencia de los Ayuntamientos, Juntas y Diputaciones, allí no queda prácticamente nadie.

Nos encontramos en el tramo final de la demografía rural. Desaparecido el modelo social y campesino de laboreo de la tierra, y atenazados los labradores por las garras del individualismo, el proyecto europeo se centra ahora en configurar una agricultura sin agricultores basada en el latifundio, la especulación y la máxima rentabilidad a corto plazo. Está claro que el mundo rural, agotado en sí mismo, es incapaz de anticiparse a la hecatombe, excluido a priori de la imprescindible participación ante las amenazas que se ciernen.

Las ficticias medidas adoptadas contra la despoblación, son nulas por necesidad. El largo plazo ha sido soslayado y el cortoplacismo se ajusta a la financiación clientelar. La planificación capitalista y el soporte de gestión a cargo de los organismos oficiales y de las Diputaciones, se enmarcan en proyectos insostenibles como la implantación de latifundios, la imparable extensión de los regadíos, los monocultivos (desiertos verdes), como el maíz, las macrogranjas, culminando con los llamados “procesos de integración” en la cadena alimentaria, cuyos ejemplos más evidentes los encontramos en la marca “Tierra de Sabor” y en los grandes mataderos industriales, en manos ya de las multinacionales.

La actual dinámica agro-ganadera ha despojado al Campo de un arma valiosísima como es el Cooperativismo, tan ligado al binomio económico-social. Por ello la FAO afirma que los pequeños y medianos agricultores alimentan al mundo, produciendo el 76% de los alimentos a escala mundial. Este modelo protege al medio ambiente, preserva la biodiversidad, el agua, la Tierra, respeta los ciclos naturales, utiliza fuentes de energía renovables y mitiga, gracias a la buena administración de los recursos, los efectos adversos del cambio climático.

Las Naciones Unidas han declarado el período de los próximos diez años, como la Década de la Agricultura Familiar, con el fin de exigir a todos los gobiernos del mundo, la preservación de este modelo de producción que alimenta prácticamente a toda la Humanidad. Sin embargo el poder político-financiero desprecia la Ecología y rechaza la conciencia cívica y social. No admite consideraciones con respecto a conservar el precioso legado que constituye el Patrimonio Natural; y hasta el propio sistema manipula descaradamente a través de los medios, la historia natural, la ética de la Tierra y las correspondientes reflexiones filosóficas.

La gente del Campo en nuestras latitudes huye a la desesperada y no le faltan razones. Ha visto arrebatar el modelo de “empresa familiar agraria”, el pastoreo tradicional, las prácticas de laboreo mediante alternativas y rotación de cultivos, con la obligación de aferrarse al imperio de las multinacionales y al dictamen de organismos oficiales tan caducos como innecesarios. Con precarias atenciones sanitarias, con la ausencia o desmantelamiento del ferrocarril, con la destrucción del hábitat de los pueblos, (cuadras, naves y almacenes en el casco urbano), con la burocracia y la incompetencia de los Ayuntamientos, Juntas y Diputaciones, allí no queda prácticamente nadie.

Ha llegado la hora de los “liquidadores”: terratenientes, absentistas, acaparadores de lo ajeno, incluidos los recursos públicos, los Bienes Comunales, cuyo reparto clientelar constituye la mayoría de la veces, un atentado contra el Derecho Consuetudinario y una apropiación indebida en toda regla.

Éste no es el lamento personal de un expropiado, expedientado, incluso exonerado. Es el grito unánime de la España vaciada, de la Castilla aniquilada, cuyos habitantes sucumben bajo la bota del nuevo caciquismo, de las concentraciones parcelarias forzosas, de las arcaicas Diputaciones y de los trasnochados organismos oficiales.