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CERRATO INSOLITO

Desde la Atalaya (Amusquillo)

Amusquillo_Miguel_Mata_con_amigos
Actualizado 16/10/2019 12:03:46
Fernando Pastor

La emigración por motivos laborales ha sido una constante en El Cerrato. Puede tomarse como muestra el caso de Miguel Mata González, cuya vida se ha repartido entre Amusquillo y el País Vasco. Pero como su caso, miles.

La emigración por motivos laborales ha sido una constante en El Cerrato. Puede tomarse como muestra el caso de Miguel Mata González, cuya vida se ha repartido entre Amusquillo y el País Vasco. Pero como su caso, miles.

Miguel nació en Amusquillo el 23 de mayo de 1947. Su padre, Maurino, escuchaba La Pirenaica, Radio París y la BBC, emisoras todas ellas prohibidas, por lo que cuando las ponía salía a la calle para asegurarse de que desde fuera no se oía nada. Y cuando nació María, hermana de Miguel, el 18 de diciembre de 1950, mantuvo una discusión con el cura a cuenta del nombre elegido para la niña.

Maurino quería ponerle únicamente María, pero el cura insistía en que debía añadir un segundo nombre (incluso le propuso María de la O, por ser el santoral del día) ya que era obligatorio que todas las mujeres se llamaran María de primero, por lo que debía añadirle un segundo nombre. Pero Maurino se plantó gritando “¡¡he dicho que María a secas!!”.

La situación económica de la familia provocó que a Miguel los Reyes Magos le trajeran como regalo naranjas, castañas, higos secos…: cosas de comer.

Para ir por primera vez a la escuela, a Miguel le compró su padre un abrigo rojo con botones dorados que tuvo que pagar en especie: se lo compró a la señora Domiciana dándole a cambio una carga de leña, de las que se llevaban encima de un burro.

A la escuela llevaba una cartera hecha por su padre con tablas de cajas de fruta y cartón duro de embalar, a lo que añadió un asa y un pestillo. Cuando se le desgastó la suela de las botas, su padre le hizo un remiendo con la goma de una rueda de camión cosida con alambre. Al no quedar bien rematado, los otros niños no querían jugar con él al fútbol porque el alambre les hacía arañazos si les rozaba, por lo que la solución fue que jugara de portero.

Sus “desencuentros” con el maestro, don Gabriel, fueron muchos. Un día que había nevado, se entretuvo en el recreo con varios compañeros patinando por las roderas que el coche de línea había provocado en la nieve. Cuando regresaron las puertas de la escuela ya estaban cerradas, por lo que se fueron a la iglesia (al finalizar la jornada escolar era obligatorio acudir a la iglesia) y esperar allí.

Mientras esperaban hicieron una bola de nieve enorme y cuando llegaron los compañeros la empujaron escaleras abajo, con gran susto para los niños. Este hecho les costó buenos palos del maestro.

Cuando la adolescencia llamó a su puerta, un día, estando con Epi de la Cal, se les ocurrió levantar la falda a unas chicas. Los bofetones de don Félix, el cura, le retumban todavía.

Miguel fue monaguillo. En una misa se le cayeron las vinagreras y el cura exclamó instintivamente “adiós, Madrid, que nos quedamos sin vino”, pese a que la gente apenas se dio cuenta ya que en aquellos años la misa se oficiaba de espaldas al público.

Llegó un fraile con hábito marrón con capucha y los monaguillos tuvieron que acompañarle por las casas pidiendo limosna “para los hermanos enfermos del convento”. Poco a poco el número de efectivos fue disminuyendo, porque les daba vergüenza ir pidiendo, hasta que solamente quedó Miguel, a quien el fraile le dio tan solo 10 céntimos (de peseta) por haberle acompañado.

Su hermana Sagrario vivía en Barakaldo. En 1958 regresó a Amusquillo unos días a pasar las fiestas. Fue con una amiga, Olga, y a ésta le entró una enorme colitis, cuyo problema se acrecentaba debido a que en los pueblos no había servicio WC en todas las casas, tenían que hacer sus necesidades en el corral, con las gallinas picoteando. Así que sus padres conminaron a Miguel a ir a por limones y medicinas a Villafuerte, en burro. Al volver, el burro tropezó y Miguel dio con sus huesos en el suelo… y los limones rodaron carretera abajo (Villafuerte está en un alto).

Gran aficionado al ciclismo, Miguel también subió a Villafuerte en burro a ver una carrera que pasaba por allí. Con él iban dos amigos, Manolo y Epi, pero éstos en bicicleta. Al bajar una cuesta se cayeron y se tuvieron que montar en el burro con Miguel.

No fue la única vez que iba a Villafuerte a ver una carrera ciclista. En otra ocasión tras llegar a esta localidad, se subió a la muralla para ver bien, y vio que primero pasaron dos escapados y un minuto después el pelotón, pero en éste destacaba un ciclista vestido de paisano. La sorpresa de Miguel fue enorme cuando pudo apreciar que se trataba de su hermano Ismael, también muy aficionado al ciclismo, que se había colado entre el pelotón.