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OPINIóN

Azúa y la solidez

miradasliterarias
Actualizado 16/10/2019 12:17:04
Alfredo Baranda

En su último libro, “Volver la mirada. Ensayos sobre arte”, Félix de Azúa nos lleva a visitar museos. Un guía de lujo, desde luego, y un guía que en todo momento evita tratar a sus lectores como si fueran cándidos parvulitos a los que hay que llevar de la mano para que no se pierdan en los intrincados laberintos de la Belleza.

En su último libro, “Volver la mirada. Ensayos sobre arte”, Félix de Azúa nos lleva a visitar museos. Un guía de lujo, desde luego, y un guía que en todo momento evita tratar a sus lectores como si fueran cándidos parvulitos a los que hay que llevar de la mano para que no se pierdan en los intrincados laberintos de la Belleza. Azúa no pretende hacer pedagogía porque presupone un lector medianamente informado y hasta cierto punto familiarizado con las obras que nos muestra a lo largo de veinticinco artículos y ensayos breves que, sin pretensiones de exhaustividad ni de linealidad cronológica, recorren un arco que va desde Altamira hasta Andy Warhol.

No es éste el Azúa desenfadado, satírico y verbalmente arrollador de “El invento de Caín” o “Venecia de Casanova”, ni tampoco el circunspecto y casi adusto profesor de “Cortocircuitos”. En “Volver la mirada”, Félix de Azúa mantiene ese tonillo irreverente y zumbón marca de la casa pero sin dejar de mostrar su vertiente más académica.

Es innegable que al Azúa ensayista siempre le ha gustado epatar, ser el niño díscolo e iconoclasta que hace astillas las mistificaciones de uso común, para ofrecernos una interpretación alternativa que pretende situarnos un poco más allá o más acá de la opinión mayoritaria que los pastores culturales imponen al sumiso y satisfecho rebaño de los biempensantes.

No sé por qué, pero siempre he sospechado que en sus sueños de juventud, Félix de Azúa se veía siendo el Thomas Bernhard hispánico, una mosca cojonera, ácida e indecorosa llamada a perturbar la siesta perpetua de un país en estado de coma; una ilusión que probablemente empezó a desvanecerse en las relajadas y amenas tertulias que la “gauche divine” realizaba en los reservados de alguna de las coctelerías más “chics” del paseo de Gracia, y que se esfumó por completo al tomar posesión de la cátedra de Estética en la UPC. Bernhard era hijo de una criada y un carpintero, Azúa ciertamente no.

Sea de esto lo que fuere, y al margen de sus avatares biográficos, está claro que Félix de Azúa sabe de lo que habla cuando diserta sobre arte. Su competencia en este área es incuestionable y sus conocimientos llegan a ser en algunos casos concretos (la pintura neoclásica o la de las vanguardias, por poner dos ejemplos) verdaderamente portentosos. Si a eso le sumamos la perspicacia interpretativa, la originalidad y robustez de muchas de sus ideas y la vivacidad y el refinamiento de una prosa con vocación de estilo, “Volver la mirada” se me antoja unos de los libros más lúcidos e interesantes de los que últimamente se han publicado en España sobre la materia.

En una obra miscelánea como ésta, es lógico, y hasta necesario, encontrar irregularidades y ciertas bajadas de tensión que, por lo demás, nunca llegan a convertirse en apagones. Especialmente recomendables me parecen los artículos “El sacrificio de Isaac”, “Degas y Picasso coinciden en el burdel” y, fundamentalmente, y sobre todo, el brillantísimo y esclarecedor “El arte después de la muerte del arte”.