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CERRATO INSOLITO

Desde la Atalaya (Barakaldo)

Amusquillo_Miguel_Mata_con_Marcelino_Camacho
Actualizado 31/10/2019 11:12:39
Fernando Pastor

Miguel Mata, del que hablábamos en la entrega anterior, tuvo que emigrar, como le ocurrió a muchos cerrateños. En 1960, con tan solo 13 años, se marchó a Barakaldo, a trabajar de aprendiz en una empresa metalúrgica.

Miguel Mata, del que hablábamos en la entrega anterior, tuvo que emigrar, como le ocurrió a muchos cerrateños. En 1960, con tan solo 13 años, se marchó a Barakaldo, a trabajar de aprendiz en una empresa metalúrgica. Cuando llevaba 5 meses quisieron darle de alta en la Seguridad Social, pero no tenía la edad suficiente para poder trabajar, por lo que falsificaron su fecha de nacimiento: la “adelantaron” al 2 de febrero de 1947. A la larga este episodio provocó dudas a la hora de jubilarse.

El alta en la Seguridad Social en calidad de aprendiz conllevaba la obligación de matricularse en Formación Profesional. Lo hizo en la modalidad de “dibujo geométrico y de piezas de maquinaria”. La nota de su primer examen fue mala, y él lo justificó en la empresa argumentando que en la escuela en Amusquillo lo que le habían enseñado a dibujar era imágenes de santos y el yugo y las flechas, provocando las risas de los presentes.

Tuvo que soportar las bromas de sus compañeros de la empresa, tales como pedirle que fuese a buscar objetos inexistentes, como un compás de bolas, o una llave de puntas. Y una vez que le pidieron en serio que fuese a por una piedra (una piedra de esmeril, el típico rotaflex), salió al patio y cogió el pedrusco más grande que encontró. Todo ello provocaba la hilaridad entre sus compañeros.

Tuvo que acompañar a su jefe a Sopuerta a colocar la barandilla del coro de una iglesia, pero se le olvidaron los guantes y cada vez que tenía que sujetar la pieza soldada le quemaba las manos y la soltaba, lo que provocaba juramentos de su jefe. Miguel le miraba asustado, hasta que el jefe le tranquilizó: “no te preocupes, que esta iglesia todavía no ha sido inaugurada y no está Dios”.

En el trabajo se implicó en la defensa de las condiciones laborales, viviendo las vicisitudes de la clandestinidad sindical y política, hasta llegar a ser Secretario General de CC. OO. de Bizkaia. Siempre iba acompañado de un megáfono, y recordada es su presencia en una manifestación con ataúdes y coches fúnebres para protestar contra la siniestralidad laboral.

También se dedicó al deporte. Se federó en ciclismo y jugó al frontón y al fútbol. Junto a su hermano Ismael creó un equipo de fútbol, el Santa Costa; cuando fueron a adquirir la equipación no encontraron los colores inicialmente pensados y como alternativa solicitaron morado y blanco, como el Real Valladolid.

Conoció a una chica, María Jesús, con la que planeó casarse el mismo día que lo hacía su hermana Marina, que vivía en París pero quería casarse en una ermita de Barakaldo. Así que Miguel fue a hablar con el cura, pero no se expresó bien: le dijo “padre, me quiero casar con mi hermana”, y el cura, escandalizado, respondió “uy, por Dios, hijo, no puedes hacer eso”. Aclarada la situación, se celebraron las dos bodas juntas, y las dos parejas se fueron de luna de miel en un coche con matrícula francesa propiedad del marido de Marina, Mario, que es italiano. Al pasar por Madrid cometieron una infracción de tráfico, pero simularon no entender lo que les decía el policía municipal, y éste al ver que tenían matrícula francesa desistió de seguir intentándolo.

Miguel revive con regocijo los despistes que jalonaron su estancia en Bizkaia. En una ocasión tras jugar al frontón fue a por el coche mientras sus amigos le esperaban en la puerta del frontón a que les recogiera, pero solo cuando llegó a casa se acordó de que le estaban esperando para llevarlos a casa.

En otra ocasión su suegra le encargó recoger una enciclopedia que le había tocado en un concurso y ya de paso comprar algunas cosas en el supermercado. Recogió la enciclopedia y después fue al supermercado, y para colocar en el coche las cosas compradas sacó la enciclopedia y la dejó en la acera. Y allí se quedó.

Trabajando en Petronor, solía ir a la factoría en el autobús de la empresa. Pero un día perdió el autobús y tuvo que ir en su coche. Al salir del trabajo no se acordó y montó en el autobús para volver. Cuando se dio cuenta pidió al conductor que parara, para volver a por su coche, pues era viernes y le necesitaba el fin de semana.

También con otro coche, esta vez el de su suegro, tuvo un gran despiste. Tenía una clavija que hacía de interruptor del circuito eléctrico, para evitar que se le robasen. Su suegro le prestó el coche a Miguel y tras usarlo, cuando volvió a por él donde le había aparcado, no le arrancaba, así que llamó a un mecánico. Era simplemente que se había olvidado de poner la clavija.

Cuando disminuyó el trabajo en Bizkaia, se marchó a trabajar a Rotterdam, a aumentar la potencia de las grúas de un barco dedicado a montar plataformas petrolíferas en el Mar del Norte. Era un barco enorme (era como una ciudad, con sus calles, cine, bares, salas de recreo, etc.) y tenían que soportar contrastes de temperaturas brutales, de 40º, que provocaban las resistencias eléctricas con las que trabajaban, a -20º en el exterior.

Tras jubilarse, Miguel Mata escribió un libro narrando sus experiencias vitales. Lo tituló “Desde la atalaya”, que es una encina centenaria situada en un alto desde el que se divisan los pueblos de alrededor de Amusquillo y que es donde Miguel, mirando y recordando lo vivido en ellos, comenzó a escribir su libro.