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OPINIóN

¡Noche de sueños!...

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Actualizado 31/10/2019 11:10:18
Por cauces y laderas

No conozco ningún cazador que en la noche anterior al primer día de su temporada no dé, por lo menos, dos o tres vueltas más de lo normal en la cama. Incluso los veteranos, con esa desazón cuando se apaga la luz de la mesilla después de comprobar una y otra vez el despertador.

TELLO ANTOLÍN

Los cazadores, a diferencia del resto de los mortales, gozamos del privilegio de disfrutar de una adolescencia recurrente. Me explico: todos los años, cuando el otoño principia la labor de sus ocres, cuando las horas de luz encogen, se rebusca en los armarios el verde de las rebecas, y los cazadores van sintiendo una suerte de complicidad atávica que les llena el pecho como de un picazón de impaciencia. Afortunadamente, no hay simetría en las treguas que median entre la media veda y la general y solo un mes separa el “palpola” de las codornices y el “jesjes” de los petirrojos.

Pero como todo el mundo sabe, los relojes son veleidosos y agrandan o achican el espacio invisible del tiempo según pinte la ocasión, y así, aunque a finales de septiembre todavía anda fresco el olor a la pólvora de los cartuchos de “mostacilla”, ya andamos mirando de reojo el calendario para la nueva y esperada desveda. Con la media veda despertamos de un letargo. El primer día, en los rastrojos, nos envuelve una ansiedad primeriza, como cuando aquella vez que con quince años nos atrevimos a sacar a bailar con sudor en las manos y el corazón acelerado a aquella muchacha, aquella “ninfa” de ojos azules que era nueva en el pueblo, y sentimos por primera vez, esa emoción, ese escalofrío que hizo temblar todo nuestro cuerpo. En agosto, vamos a cazar sabiendo que estábamos en los arrabales del pastel, que las codornices son besos primerizos, son besos de nata que anuncian glorias mayores para después; que ajenas en un mes, la chica de los ojos azules volverá al pueblo para darnos el fruto carnal que maduró con las cartas de amor que le escribimos en su ausencia.

Por eso, alguna noche, soñamos que, a principios de octubre, una perdiz arranca su vuelo sonoro de debajo de las sábanas, y nos despertamos, entre avergonzados y victoriosos, con un humedal de plumas que nos susurra al oído que sí, que fue verdad la presencia noctámbula de aquellos ojos azules y venideros. Los cazadores somos unos adolescentes, amantes noveles que ven llegar su cita a plazo fijo con el eterno remusgo de que algo nuevo va a suceder. Preparamos la canana y la escopeta con el mismo cuidado con que pasamos la mano por las sabanas limpias de una cama amante, y al cerrar los ojos, se nos llenan los sueños de ilusión que no nos deja dormir porque al bajar los párpados siempre se levanta alguna liebre de los pies o la perra guía un rastro con la nariz alta y el cuerpo tenso. La chica de los ojos azules vendrá al amanecer para hacer verdad el sueño prometedor de un manojo de besos que nos colgaremos en la memoria, como si fueran perdices. No conozco ningún cazador que en la noche anterior al primer día de su temporada no dé, por lo menos, dos o tres vueltas más de lo normal en la cama. Incluso los veteranos, con esa desazón cuando se apaga la luz de la mesilla después de comprobar una y otra vez el despertador.

Llegan las horas de una noche, de una noche de sueños, para saborear insomnios que saben a besos de estreno, a lances imaginarios con perdices volando y a conejos a tenazón…! En fin; estas vigilias ventean el sótano de nuestra ilusión con el aire limpio de una adolescencia que, año tras año, para el Pilar o los Santos, vuelve para hacernos el regalo impagable de unos días inolvidables en pleno otoño…! ¡Suerte a todos…!