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MIRADAS LITERARIAS

Vuillard y la historia

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Actualizado 18/11/2019 11:57:49
Alfredo Baranda

En “La batalla de Occidente”, Eric Vuillard nos lleva a las calles de Sarajevo, a las pestilentes trincheras de Verdun y a los despachos perfumados donde políticos y militares urden los hilos del desquicie y la demencia.

En “La batalla de Occidente”, Eric Vuillard nos lleva a las calles de Sarajevo, a las pestilentes trincheras de Verdun y a los despachos perfumados donde políticos y militares urden los hilos del desquicie y la demencia. La I Guerra Mundial está ya muy alejada, muy oscurecida por tanto. Vuillard enciende una vela para iluminar la gruta. Habrá que acercar la palmatoria para vislumbrar las oquedades, para discernir relieves engañosos, trampantojos, espejismos, mentiras.

Y eso sólo puede hacerse prescindiendo de la frialdad halógena de la Historia —esa matrona enlutada, impávida y feroz—, y colándose en sus intersticios, los huecos donde anidan no los grandes mandatarios con sus opacas estrategias geopolíticas ni los generales con sus gloriosas epopeyas de sangre, sino los individuos reducidos a su versión más prosaica, que quizá, aunque muy a su pesar, sea la más grandiosa. El archiduque Francisco Fernando no es un muñecote palaciego construido de una sola pieza; es un individuo tan ambiguo y contradictorio como el último de sus súbditos, y así de inocente a la hora de morir.

Lo ejecutan unos adolescentes semianalfabetos abducidos, como tantos otros a lo largo de la Historia, por la gran falacia del patriotismo —plaga ubicua e inmemorial—. Morirán en la horca con la misma perplejidad asombrada de su víctima. ¿Por qué me matan si soy un héroe? ¿O es que me matan porque lo soy?

Es igual. Nadie responde a las preguntas fundamentales, y mucho menos a la última. La Historia es una apisonadora, no una dulce profesora de instituto. No le pidas sutilezas. De lo único que sabe es de batallas, de victorias, de poder. Tienes que bajar unos peldaños para encontrarte con su hermana bastarda y olvidada, la Historia; pero esa chiquilla despeinada nunca ha interesado a casi nadie porque habla de cosas que nada tienen que ver con las espadas y los cañones. Lumbagos y patatas, leña seca y sábanas al sol, berrinches y vasos de clarete, celos del vecino y precio de un chambergo.

El káiser Guillermo II, epítome del poder y la gloria, de la gallardía y la masculinidad, escondía a un hombre muy diferente por debajo del mostacho y la correosa armadura facial. La Historia quizá te hable de ese ser sensible y etéreo que latía por debajo; pero no le pidas a la Historia que se detenga en semejantes minucias cuando está hablando de un Imperio. No le pidas que te hable de la persona cuando está dibujando a un personaje. No le pidas que te hable de un muchacho (Jacques o Heydrich o Miklos) que agoniza en algún agujero merdoso de las Ardenas, cuando está manejando cifras de bajas en los campos del honor.

Eric Vuillard escarba en la epidermis, saja, disecciona y nos muestra el subsuelo de los Grandes Acontecimientos. Y lo hace con una prosa que deslumbra y anonada. La poesía de la historia contra el cacareo grandilocuente de la Historia.

Entren en “La batalla de Occidente” y apaguen la vela al salir.