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MIRADAS LITERARIAS

Faber y la profundidad

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Actualizado 02/12/2019 10:22:46
Alfredo Baranda

Hay novelas que uno lee y novelas en las que uno se sumerge. Para que tal cosa sea posible se necesita profundidad. “Pétalo carmesí, flor blanca” tiene un calado de mil cuarenta páginas y una hondura narrativa que anonada.

Hay novelas que uno lee y novelas en las que uno se sumerge. Para que tal cosa sea posible se necesita profundidad. “Pétalo carmesí, flor blanca” tiene un calado de mil cuarenta páginas y una hondura narrativa que anonada. Una vez dentro hay que dejarse llevar por las corrientes internas y recrearse en la fauna y la flora de ese abismo en el que se mueven unos especímenes lejanamente familiares, pero que, a la luz tornasolada de los fondos marinos, se nos revelan mucho más complejos e interesantes de lo que siempre habíamos supuesto.

Estamos en el epicentro temporal y geográfico de la Inglaterra victoriana: Londres, 1875. Peces espada con las agallas poderosas de la burguesía triunfante, medusas lánguidas vendiendo sus encantos a dos chelines la hora, cangrejos negros cerrando las pinzas en las simas más fangosas, pececillos fosforescentes engullidos por tiburones impávidos. Nada escapa a la inspección biológica e histórica de un analista tan sutil y minucioso como Michel Faber, nuestro guía en esta apasionante inmersión.

“Pétalo carmesí, flor blanca” es una de esas novelas construidas al clásico modo, ortodoxa en su linealidad e irreprochable en su intrincado planteamiento, que tiene mucho de folletín decimonónico, aunque, eso sí, depurado del maniqueísmo facilón y tramposo que divide el mundo en buenos y malos, en santos impolutos y bellacos infames. El dibujo psicológico de los personajes es demasiado sutil como para caer en simplicidades de ese jaez. Faber puede ser Dickens en muchos momentos, pero un Dickens pasado por el tamiz de, pongamos por caso, Martin Amis. Por eso Sugar, la prostituta de lujo que vertebra el relato, está tan lejos de ser un ángel como de ser un demonio, de la misma forma que William, su próspero y enriquecido amante, escapa al tajo de esas definiciones sencillitas tan del gusto de los sencillos. Sugar, William, Agnes, Henry, Caroline… Personajes tan complejos y contradictorios como cualquier ser humano que merezca tal definición; personajes conmovedores en su fatuidad o arrebatadores en su particular demencia, perversos y misericordiosos, virtuosos y malignos. Ese es el paisanaje de “Pétalo carmesí”. ¿Y el paisaje? Barrios enfangados en la miseria frente a distritos opulentos. Hambre y pestilencia frente al derroche y a la ostentación más obscenos.

Faber conecta los dos mundos y los enhebra a través de sus personajes en una urdimbre que parece estar tejiéndose sola, por su cuenta, como si el tapiz tuviera una existencia orgánica y creciera de acuerdo a criterios vegetales. Las ramas surgen de aquí y de allá para ir entrelazándose en la copa de un árbol denso y vigoroso, de esos que dan sombra, de esos en cuyo tronco apoyamos la espalda para sentarnos y ponernos a, por ejemplo, leer un libro como éste.