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MIRADAS LITERARIAS

Cartarescu y la Poesía

miradasLiterarias
Actualizado 16/01/2020 09:50:24
Alfredo Baranda

“Solenoide” es sin lugar a dudas una de las obras cumbre de la literatura europea de la última década. Léase con cuidado y, por qué no decirlo, con la devoción de un neófito; dejando espacios, huecos de silencio reflexivo antes de volver a abrir sus páginas para asistir al destello de una prosa que envuelve y maravilla.

De entrada, una declaración sumaria que, por lo demás, no sorprenderá a los iniciados: “Solenoide” es sin lugar a dudas una de las obras cumbre de la literatura europea de la última década. Los críticos, como era de prever, no se ponen de acuerdo a la hora de asignarle una estantería literaria. Ecos de Kafka, de Borges, de Pynchon, de Foster Wallace, de Kundera. Como suele suceder en estos casos, todos aciertan y todos fallan.

«Si no existieran los sueños, jamás habríamos sabido que teníamos alma», nos dice el protagonista de la novela, un oscuro profesor de instituto en un barrio de la Bucarest de Ceausescu que no solo sueña, sino que desmonta y reconstruye sus experiencias oníricas para insertarlas en una amalgama tan densa y delirante como cautivadora.

Con “Solenoide”, Cartarescu culmina y redondea el ambicioso proyecto iniciado en “Cegador” y lo lleva a sus últimas consecuencias. Partiendo de un planteamiento de base realista con el escenario perfectamente reconocible de una Bucarest tiñosa, turbia y melancólica, la obra se estira, se dobla, se enreda sobre sí misma en contorsiones inesperadas para ofrecernos no ya una novela-río, sino una novela torrencial e inabarcable. Por eso es tan difícil de catalogar, porque reúne en sus páginas los registros más dispares sin que el conjunto chirríe. Novela romántica con toques góticos, novela surrealista, novela de denuncia, novela metafísica, novela costumbrista, y, por encima de todo, novela poética, porque Cartarescu es y ha sido siempre un poeta, un grandísimo poeta y “Solenoide” es una deslumbrante fruta nacida del árbol de la Poesía. Leerla es una inmersión en la belleza muchas veces heladora, escalofriante de las palabras. Y de las ideas. Es adentrarse en las disquisiciones del matemático Charles Hinton, creador del hipercubo y estudioso de la cuarta dimensión; es darse de bruces con el misterio insondable de la muerte al que se enfrentan los “piquetistas”, una especie de secta delirante que, por las noches, recorre los cementerios y las morgues protestando contra el dolor y contra la gélida arbitrariedad de la Dama Negra; es sondear en los subterráneos del inconsciente para extraer de entre la ganga las pepitas deslumbrantes de un conocimiento más profundo; es investigar sobre los resortes ocultos de eso que por comodidad llamamos “amor”. Es eso y mucho más. Por eso “Solenoide” puede llegar a abrumar; porque es crónica descarnada y a la vez laboratorio literario, tratado de física y libro de oraciones, naturalismo y cábala, novela de terror y canción lírica; porque no se deja abarcar en una definición unívoca ni tiene miedo a la hora de golpear en las partes más blandas de la conciencia, allí donde las verdades duelen e iluminan.

Léase con cuidado y, por qué no decirlo, con la devoción de un neófito; dejando espacios, huecos de silencio reflexivo antes de volver a abrir sus páginas para asistir al destello de una prosa que envuelve y maravilla.