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MIRADAS LITERARIAS

Levi y el Holocausto

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Actualizado 31/01/2020 11:22:04
Alfredo Baranda

Solo hombres con la altura ética e intelectual de Primo Levi logran tamaña proeza, una hazaña que no está ni estará nunca al alcance de ninguna división acorazada.

Primo Levi se suicidó en el 11 de abril de 1987 lanzándose por el hueco de la escalera de su casa en Turín. Tenía sesenta y siete años y había sobrevivido al exterminio nazi; pero no a la insidiosa sombra de su recuerdo.

En febrero de 1944, y tras ser detenido por las milicias fascistas italianas, había sido deportado al campo de Monowitz —subsidiario de Auschwitz— en el que pasó diez meses antes de ser liberado. Dos años más tarde, en 1947, saldría a la luz “Si esto es un hombre”, el estremecedor relato de su experiencia en aquel lodazal de miseria y degradación humanas. El manuscrito, rechazado en primera instancia por todas las grandes editoriales italianas, se publicó casi clandestinamente con una tirada minúscula y sin apenas distribución. No es de extrañar, por tanto, que la obra pasara prácticamente desapercibida hasta que, once años más tarde, el siempre perspicaz Einaudi detectara el inmenso potencial de una obra que si en un primer momento le había parecido indigesta por lo inverosímil, ahora, en medio de una Europa que despertaba de su letargia y comenzaba a comprender la magnitud de la barbarie, se le antojaba sumamente atractiva.

Desde entonces “Si esto es un hombre” se reedita sin cesar en todo el mundo y no deja de confirmarse como lo que siempre fue, un documento insustituible dentro de la numerosa bibliografía sobre el escalofriante y siempre delicado tema del Holocausto. Leída a día hoy, y a pesar de toda la información que hemos ido acumulando acerca de la masacre, sigue produciendo la misma conmoción que les produjera a Arthur Koestler o a Albert Camus cuando la leyeron. Porque como decía este último, «lo que ha escrito Levi no es solo la experiencia del horror; es algo mucho más difícil y heroico: su análisis». Y eso, es en efecto, Sí esto es un hombre, una disección en vivo que trasciende lo meramente descriptivo para mostrarnos no sólo los intestinos de la crueldad, sino sus procesos digestivos. Y todo ello desde una mirada que a veces puede parecernos milagrosamente distante, la de un científico social que, desde la inmunidad de su posición, nos muestra el cableado de la máquina aniquiladora y los efectos que produce sobre aquellos a los que golpea. ¿Cómo es posible —se dice el lector admirado y estupefacto— que alguien que ha vivido y sufrido en sus carnes tanta abyección y tanto sufrimiento haya podido alzarse sobre toda esa miseria moral para regalarnos una narración que, sin eludir los aspectos más tenebrosos, se mantenga tan ajustada a los límites del razonamiento ponderado?

Porque esta obra es recuerdo filtrado por la reflexión, experiencia purgada de los detritos que ensucian y sesgan inevitablemente su relato posterior. Solo hombres con la altura ética e intelectual de Primo Levi logran tamaña proeza, una hazaña que no está ni estará nunca al alcance de ninguna división acorazada.