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A PIE DE ARBOL

La naturaleza responde siempre

flavifoto_578
Actualizado 31/01/2020 12:06:29
Flaviano Casas Martínez

Los incendios intencionados que arrasan el pulmón del planeta: la Amazonía, los devastadores frentes de llamas que asolan Australia, la pérdida de farmacopea imprescindible para la salud y la vida, la tala indiscriminada de árboles y arbustos, las represas que obstaculizan el curso de los ríos, la minería extractora, la contaminación de las aguas, del aire y de la Tierra…, claman a la Naturaleza y ésta responde oportunamente.

El sistema capitalista es intrínsecamente malo y a pesar de ello sobrevive. La brutal actitud globalizante del sistema productivo y consumista demuestra que el régimen de explotación no se siente parte de la Naturaleza, sino enemigo declarado, dispuesto a dominarla y estrujar al máximo sus recursos vitales. En el salvaje desafío contra el medio natural, no quiere ver que en esa dura e injusta batalla, el sistema y la propia Humanidad caerán en el abismo autodestructivo como bando perdedor. Por ello, pese a los adelantos del progreso, la Humanidad desconfía y adquiere conciencia con respecto a la continuidad de su propia existencia.

El capitalismo suicida no “percibe” que el capital extraído de la Naturaleza es superior incluso, al aportado por la “explotación del hombre por el hombre”. Dicha extracción o saqueo de recursos se lleva a cabo sistemáticamente y de forma alarmante, agotando bienes básicos para la vida, irrenunciables, que constituyen el valiosísimo “capital natural”. Los irracionales métodos de producción y los agresivos esquemas de consumo, son enemigos declarados de los principios de sostenibilidad y permanencia. Cada vez más, el sistema capitalista depredador se aparta de la agricultura biológica y campesina, para acaparar recursos y mercados, superar los límites de la racionalidad productiva y estrujar la Tierra esquilmada mediante sucesivos procesos químicos de mineralización y desnaturalización.

Paralelamente los bancos, la industria y el comercio ocultan el “rostro humano”, mientras su verdadera catadura moral se desvanece en la cúspide del capitalismo salvaje, insaciable, acaparador de todos los medios y recursos, incluso de aquellos que amenazan con su propia destrucción. Este sistema perverso se asienta y afianza en fuerzas exteriores (imperialismo), cuya expansión ilimitada e irrefrenable constituye la antítesis de la armonía natural, del equilibrio social, del respeto a los pueblos, de la libertad y de la paz justa, firme y duradera.

La deriva de este sistema se proyecta en el gigantismo de las megalópolis, que obliga al abandono masivo de pueblos, comarcas y regiones, impulsando un crecimiento desorbitado de las ciudades; fenómeno social que favorece el latifundio, el monocultivo, la mecanización a gran escala y la agricultura química. Si no se invierten las tendencias destructivas, la Naturaleza responderá como ya lo está haciendo, pese a la argumentación engañosa de los “negacionistas” y de los medios ce comunicación afines a sus órbitas de influencia.

Los incendios intencionados que arrasan el pulmón del planeta: la Amazonía, los devastadores frentes de llamas que asolan Australia, la pérdida de farmacopea imprescindible para la salud y la vida, la tala indiscriminada de árboles y arbustos, las represas que obstaculizan el curso de los ríos, la minería extractora, la contaminación de las aguas, del aire y de la Tierra…, claman a la Naturaleza y ésta responde oportunamente.

Lo que se entiende hoy por crecimiento ilimitado, se puede interpretar como crecimiento patológico. Las grandes corporaciones denominan “la ciencia de la vida”, a la manipulación genética de la diversidad en los seres vivos. Patentizan la esencia de la vida para enriquecerse con la comercialización de las llamadas “semillas de la muerte”, de los alimentos y los medicamentos.

En definitiva, los astronómicos cálculos económicos de la planificación capitalista, rompe sus propios esquemas programados con el sucio negocio de las armas, la industria militar y el costoso mantenimientos de los ejércitos, el neocolonialismo, las pestes pos-bíblicas de la avaricia y la ganancia sin límites, como son el hambre y las guerras. Sepan los llamados “amos del mundo”, que en cualquier tiempo y lugar, la Naturaleza responde siempre.