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MIRADAS LITERARIAS

Styron y la melancolía

MiradasLiterarias
Actualizado 17/02/2020 10:06:37
Alfredo Baranda

“Esa visible oscuridad. Memoria de la locura”, de William Styron, es uno de esos libros que abordan el tema de la depresión, y sin duda uno de los más densos, honestos y rigurosos.

Son muchos, innumerables, los libros que abordan el inagotable tema de la depresión; muchos menos los que están escritos en primera persona, y muy, muy escasos los que lo abordan huyendo del infantilismo rosa y el estereotipo superficial. “Esa visible oscuridad. Memoria de la locura”, de William Styron, es uno de ellos, y sin duda uno de los más densos, honestos y rigurosos. No hay aquí cancioncitas confortadoras al estilo de los manuales de auto-ayuda, ni soluciones mágicas, ni respuestas diáfanas a lo que por su propia naturaleza es insondable. Hay, eso sí, una decidida inmersión en el abismo, un buceo ciego entre la enredada maraña de la “desesperación más allá de la desesperación”.

“Fue en París, en un frío anochecer de fines de octubre de 1985, cuando por primera vez tuve conciencia plena de que la lucha contra el desorden de mi mente —lucha en la que llevaba ya empleado varios meses— podía tener un desenlace fatal”.

Así comienza Styron la narración pormenorizada de su caída en el pozo de la melancolía, un término de raigambre clásica que prefiere al bastardo y economicista “depresión”. Tenía por entonces sesenta años y una obra literaria sólida que le había valido, entre otras distinciones, el Pulitzer en 1967 por “Las confesiones de Nat Turner” y el National Book Award de 1979 por “La decisión de Sophie”, una de las escasísimas novelas de altura que han tenido la suerte de inspirar una versión cinematográfica tan redonda e inolvidable como la obra de la que partía.

“Esa visible oscuridad” es la crónica descarnada de lo que acontece a partir de aquella especie de epifanía puesta del revés: el marasmo psíquico, el “ruido” mental que distorsiona la realidad hasta hacerla inaccesible y hostil, la incomprensión de los que te rodean y, sobre todo, la de uno mismo, “la sensación de estar acompañado por un segundo yo, un observador fantasmagórico que, al no compartir la demencia de su doble, es capaz de contemplar con gélida curiosidad cómo éste combate contra el desastre sin poder enfrentarse a él”.

No hay florituras estilísticas en la narración de la penosa odisea, no hay entonaciones líricas ni frases rutilantes para encuadrar en un marco dorado; la prosa de Styron, siempre tan sutil y elegante, se despoja aquí del oropel literario para, con un lenguaje aséptico y una precisión quirúrgica, mostrarnos la verdad desnuda de un viaje a los sótanos de uno mismo, esa zona de oscuridad que normalmente mantenemos cerrada a cal y canto con la puerta blindada de lo que se ha dado en llamar cordura, pero que a veces, de manera inesperada y sin previo aviso, se abre ante nosotros para deslizar el hálito frío y negro de lo que Styron muy acertadamente se empeña en llamar melancolía.