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MIRADAS LITERARIAS

Cioran y el aullido

MiradasLiterarias_1
Actualizado 02/03/2020 09:02:29
Alfredo Baranda

La editorial Tusquets inicia con “Cuadernos. 1957-1972” la Biblioteca Emil Cioran con la que pretende —loado sea el Cielo— editar o reeditar en castellano toda la obra del fascinante pensador rumano.

La editorial Tusquets inicia con “Cuadernos. 1957-1972” la Biblioteca Emil Cioran con la que pretende —loado sea el Cielo— editar o reeditar en castellano toda la obra del fascinante pensador rumano.

No es mala la idea de enfrentarse a estos “Cuadernos” simultaneando su lectura con extractos de, por ejemplo, “Breviario de podredumbre”. ¿Por qué? Porque el ejercicio tiene mucho de esclarecedor. Los “Cuadernos” no fueron escritos para ser publicados. Eran apuntes, esbozos, notas sin conexión o reflexiones inacabadas; una miscelánea en la que cabe el chascarrillo irónico, la descripción de un paseo con Becket a orillas del Sena o un comentario banal sobre la pintura abstracta o las medias de lycra.

Sumergiéndose en los “Cuadernos” uno se da cuenta de que toda esa parafernalia del sufriente vocacional que Cioran despliega en sus libros “serios” está inficionada de estilo; es decir, que se desarrolla y prospera en la suntuosidad de una prosa incomparable que para su desarrollo cabal exige cotas de dolor, amargura y devastación que, como aquí se deja entrever, quizá no sean tan intensas. El Cioran de los “Cuadernos” es un hombre en cierta medida desnudado, despojado de sus galas retóricas más celebradas. Es cierto que sigue oficiando de Desesperado Primordial; pero lo que aquí encontramos es una desolación mucho más matizada, un abismo bastante mejor ventilado que la sima asfixiante del “Breviario” o de cualquiera de sus obras corregidas y publicadas.

Pasar de un libro a otro es sentir en toda su pureza la transmigración anímica de quien se esfuerza —por mucho que lo niegue con reiteración: prueba evidente de que lo sabe muy bien— en ser brillante. Y es esa brillantez, en verdad inigualable, la que estira y tensa sus reflexiones y la que en definitiva les da vida. El nihilismo como ejercicio estilístico de altura, la amargura existencial subida a lomos de un alazán de belleza incomparable, porque cierto es que, como señalaba Fernando Savater, su introductor en España, «Cioran es uno de los mejores prosistas europeos del siglo XX». Por eso se puede decir de él lo mismo que Thomas Mann decía de Nietzsche: «Hay que leerlo al margen de que nos guste o no su propuesta filosófica», que en el caso de Cioran ni siquiera puede calificarse de propuesta en sentido estricto en la medida en que su obra es más un torrente que un río, una sucesión de cascadas más que un manso fluir. Cioran es el nihilismo en estado puro, es decir, cristalizado, brillante, muchas veces cegador, pero expresado sin método, guion ni sistema, a golpe de clarividencia y lucidez. Y de humor, no lo olvidemos, ese humor afilado en el esmeril de Diógenes y que a decir de sus conocidos nunca lo abandonó: «Vago a través de los días como una puta en una ciudad sin aceras».