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CERRATO INSOLITO

El cólera en el Valle del Esgueva

esguevillas_fuente
Actualizado 04/05/2020 12:09:35
Fernando Pastor

En 1885 el cólera asoló las localidades del valle del Esgueva. Al parecer la trajo el barco mercante Buenaventura, que atracó en Alicante a finales de 1884 y la propagó por toda la península, causando unos 120.000 fallecimientos. El Valle del Esgueva reunía condiciones propicias para la propagación.

Esperando sea el último capítulo en el que haya que hablar de epidemias, conviene recordar la que afectó a parte del Cerrato (concretamente su parte vallisoletana) a finales del siglo XIX.

En 1885 el cólera asoló las localidades del valle del Esgueva. Al parecer la trajo el barco mercante Buenaventura, que atracó en Alicante a finales de 1884 y la propagó por toda la península, causando unos 120.000 fallecimientos.

El Valle del Esgueva reunía condiciones propicias para la propagación. Los problemas de encauzamiento de este río provocaban inundaciones y proliferación de insectos, lo que junto a que los vecinos lo usaban como lavadero e incluso como vertedero, lo convertía en una auténtica cloaca. Su discurrir por un valle a cielo abierto hizo que la epidemia encontrara vía libre para su expansión por todas las localidades cerrateñas que componen el valle.

A ello contribuyó también que al ser pueblos agrícolas y ganaderos proliferaban restos y heces de animales, e incluso humanos ya que faltaba el saneamiento y el agua corriente. Y más al ser época de cosecha, con los agosteros diseminados por el campo y conviviendo con el ganado equino y los insectos.

Con todo ello, la propagación de la epidemia fue meteórica, registrándose cientos de contagios. De hecho, Esguevillas de Esgueva, donde se dio el primer caso el día 1 de agosto, fue la localidad más castigada de la provincia de Valladolid, viéndose afectada más del 60 % de una población de poco más de 1000 habitantes y registrándose decenas de fallecimientos, entre ellos tanto el médico, Alberto Valverde, como su sustituto, Gencio Santillana, por lo que tuvieron que contratar un tercer galeno.

Como todas las catástrofes naturales, también esta epidemia fue clasista: afectó en menor medida a los más adinerados, debido a que disponían de más medios de higiene.

Con una canícula de más de 43º de temperatura, Esguevillas se convirtió en un pueblo abrasado por el calor, impregnado del olor del azufre y del ácido fénico utilizados como desinfectantes en las hogueras con las que se pretendía destruir las ropas usadas por los enfermos. El silencio roto por una triste sinfonía compuesta por el tañido a muerto de las campanas, los misereres de las comitivas fúnebres, las campanillas de los monaguillos acompañando al cura a dar la extremaunción a los enfermos (pero no la comunión, por miedo al contagio), el llanto de las familias y el siniestro rodar de las carretas que trasladaban los cadáveres al cementerio, que se saturó, teniendo que ser clausurado, construyéndose una nuevo.

LOS BARRUNTAS, VENTURA Y EL CHIRIGATO

La gravedad de esta epidemia en Esguevillas hizo que se designara a varias personas, denominados barruntas, asignándoles una labor muy ingrata: recorrer el pueblo para detectar las casas en las que se escuchara llorar, símbolo inequívoco de que allí había algún miembro afectado. Los barruntas tenían derecho a entrar y llevarse a los enfermos inmediatamente, para que no contagiaran. Los llevaban a un lazareto, una especie de hospital de coléricos que se levantó también en otras localidades cerrateñas, como Renedo, y que en realidad era una especie de depósito de agonizantes en espera de la muerte o de una poco probable curación. Por tanto allí se agolpaban moribundos junto a cadáveres de personas que habían dado ya su último estertor.

Los vecinos conocían la existencia y la labor de los barruntas, por lo que los familiares de los enfermos hacían verdaderos esfuerzos por no llorar para no ser oídos, para que los barruntas no entraran y arrancaran del hogar a sus familiares enfermos para llevarlos al lazareto.

En una ocasión los barruntas entraron en casa de Ventura, un afilador, al que estimando que su estado era terminal llevaron al depósito. Horas después, siendo ya media noche, su madre, Felipa, oye que llaman a la puerta, gritando “abre, soy Ventura”. Indignada, pensó que sería algún gamberro, precisamente la primera noche después de haberse llevado a su hijo, al que ya daba por fallecido. Sin embargo sí se trataba del propio Ventura, que había mejorado y al despertar del estado semiinconsciente en que se encontraba se vio rodeado de otros moribundos y de cadáveres, por lo que se levantó y escapó de allí despavorido.

En Castrillo Tejeriego, localidad cercana, eran tantos los fallecidos que las campanas ya no tocaban a muerto, pues ya no constituía noticia de la que dar aviso. Esta localidad se había visto afectada antes por dos episodios de fiebre amarilla (en 1800 y 1804), otros dos de cólera (1855 y 1856) y se vería afectada también después por la pandemia denominada gripe española de 1918, sufriendo decenas de fallecimientos en cada uno de ellos.

En esta gravísima epidemia, que se dio por finalizada el 12 de septiembre, hubo un héroe: Nicasio Pérez, conocido como El Chirigato. Era el dueño de la fábrica de harinas de Piña, localidad contigua a Esguevillas, y ayudó a mucha gente. En Valladolid le nombraron alcalde del barrio de San Juan, donde tiene una calle dedicada, y allí creó un pequeño teatro, una asociación infantil, y puso una tienda de comestibles.

Estos datos han sido obtenidos de conversaciones con vecinos de los pueblos afectados, de lo recogido por Alberto Llorente de la Fuente en el nº 96 de la Revista de folklore, de lo aportado por el investigador Alfonso de la Fuente y del blog de Mariano Diez Loisele, quien añade una historia entrañable: el caso de la Tía Cirila, una mujer que no era de Esguevillas sino que llegó al pueblo junto a su padre y a su marido al ser este contratado como pastor y solo estuvieron un año, pero se ganó encariño de los vecinos por su contribución en atender a los enfermos, hasta el punto de que al camino que iba hacia el lazareto, y que ella tantas veces recorrió, se le denominó Camino de la Tía Cirila.